Cuando el primer rayo de sol atravesó el gran ventanal salí apresurada con los ojos pesados, despeinada y en camisón a buscar a Altheria. Con pasos rápidos llegué a la puerta de su habitación, pero está vez la puerta estaba entreabierta y dos soldados custodiaban la entrada. Paré en seco e inhalé hondo antes de entrar por la pesada puerta.
Ella estaba sentada en la silla acolchada de su tocador con detalles dorados y pastel, su figura elegante estaba intacta, pero su rostro, parecía más viejo que ayer, círculos oscuros contornean sus delicados ojos, sus labios curvados en una mueca de tristeza y su cabello negro descuidado caía por sus hombros en mechones revueltos. A pesar de eso, sus manos estaban en perfecta posición sobre su regazo, su espalda recta y tobillos cruzados con las piernas juntas inclinadas hacía un lado.
Entré en silencio a la habitación, los rayos matutinos bañaban su rostro fijo en la ventana por la que Elric trepaba la noche anterior.
—Altheria...—intenté decir algo pero su mirada me detuvo en seco.
—Elric... lo ejecutarán...—sentenció.
Me paralice.
—Fue acusado por intento de secuestro y por envenenar al rey—continuó, las lágrimas se desbordaron recorriendo sus mejillas.
Me acerqué temblando. Me arrodillé frente a ella y tomé su mano.
—Entró a los juegos porqué... pensó que ganando el premio podríamos fugarnos—confesó desviando la mirada hacia el ventanal con ojos vidriosos.
—¿Fugarse? —susurré, como si la palabra doliera al pronunciarla.
Altheria asintió, con los labios apretados. Las lágrimas corrían en silencio, pero no se derrumbaba. A diferencia de mí, ella no se permitía el lujo de colapsar.
—Íbamos a escapar al norte... donde nadie nos conociera. Solo Elric y yo —tragó saliva— pero ahora todo eso... todo eso se acabó.
Apreté su mano entre las mías, pero sentí que la suya no me correspondía. Era como sostener un recuerdo, algo frágil, lejano. La vi levantar lentamente la mirada, sus ojos brillando con una mezcla de súplica y determinación.
—Aurelisse... tienes que hablar con padre. Tienes que decirle que Elric no haría algo así, que no es un traidor, no lo es, tú lo viste...—su voz tembló, su respiración se volvió irregular, la convicción la empujaba—tú sabes que no lo es.
Me incorporé parpadeando incrédula, sentí cómo mi cuerpo se tensaba como si acabara de chocar contra un muro invisible.
—Altheria, ¿Me estás pidiendo que enfrente al rey por un crimen de traición? ¿Qué me ponga en medio de un juicio por... amor?
Ella se puso de pie con tal fuerza que la silla cayó hacia atrás.
—Sí. Porque esto no es solo amor, Aurelisse. Es verdad y él va a morir si nadie hace algo, si tú no haces algo. Tú tienes el favor de padre. ¡Tú podrías hacer que escuche!
Di un paso atrás, tambaleante. Me envolví los brazos alrededor del cuerpo, como si así pudiera protegerme de todo lo que sus palabras implicaban.
—No lo entiendes... No sé si pueda hacer eso. No sé si deba.
Altheria entrecerró los ojos, como si mis palabras le provocaran náuseas.
—¿No debes? ¿Qué significa eso? ¿Desde cuándo dudas de mí?
—¡Desde que lo trajiste al castillo con una soga! —estallé— desde que convertiste tu habitación en un escondite. Desde que hiciste todo esto sin pensar en nadie más que en ustedes dos.
Su rostro se contrajo.
—¡No hice nada para herirte!
—¡Pero lo hiciste! —grité sin poder detenerme— ¿Crees que fue fácil ver cómo se lo llevaban? ¿Cómo gritabas su nombre? ¿Cómo te rompías frente a mí? ¡Yo también estaba ahí, Altheria! Y no supe si debía ayudarte... o gritar yo también.
Se hizo un silencio. Un silencio espeso, como barro en la garganta.
—Eres mi hermana —dijo al fin, con la voz rota— creí que estarías de mi lado.
—Y yo creí que me confiarías algo tan importante antes de que se desmoronara todo —respondí, apenas en un susurro—¿Qué esperas que haga ahora? ¿Mentir? ¿Interceder por alguien que podría...?
—¡No lo hizo! —me interrumpió, con los ojos encendidos y los puños cerrados—¡Elric no envenenó a nadie! ¡Jamás tocaría a padre!
—¿Y si sí? —le escupí la duda como un látigo. El silencio que siguió me hizo odiarme por haberlo dicho... pero ya era demasiado tarde.
La expresión de Altheria se apagó por completo. Las lágrimas se detuvieron, como si hubiera decidido dejar de sentir.
—No esperaba esto de ti, Aurelisse —dijo con un hilo de voz, helado y distante.
—Y yo no esperaba esto de ti —repliqué, aunque el corazón me dolía como si hubiera sangrado por dentro.
Altheria se giró hacia la ventana y no volvió a mirarme. Yo permanecí allí un segundo más, esperando que dijera algo, cualquier cosa. Pero el silencio me echó de la habitación como una sentencia.
Cerré la puerta tras de mí con las manos temblorosas. Ya no sabía qué dolía más: la imagen de Elric siendo arrastrado o la de mi hermana dándome la espalda.
Los soldados comenzaban a agruparse en el patio de ejecuciones del castillo, donde Elric era azotado sin tregua desde que se dictó su condena. La mañana era cruelmente fría; el viento cortaba la piel con la misma precisión que el látigo del verdugo y los lamentos del joven pelirrojo se estrellaban contra los muros de piedra como un rezo deshecho.
Desde el tercer piso, en un pasillo apartado del corazón del castillo, observaba la horrorosa escena. Su cabello caía en mechones sobre sus hombros, y su pálida piel era ahora un lienzo manchado de sangre, carne viva y moretones oscuros. Su cuerpo colgaba apenas, suspendido por las muñecas atadas sobre su cabeza. Los hombros, visiblemente dislocados, y los pies, apenas rozando el suelo encharcado de su propia sangre, daban la impresión de que ya no quedaba vida en él.
El comandante superior apareció flanqueado por dos soldados. Llevaba en la mano un pergamino con tinta aún húmeda.
—Por traición a la corona, intento de homicidio y secuestro, Elric Harth es condenado a muerte por sus crímenes —proclamó con voz inflexible.
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Editado: 29.01.2026