Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 07

Después de hablar con el rey fui convocada al comedor. Supuse que vería a Altheria allí, aunque no estaba segura de qué decirle... ni de si podría sostenerle la mirada. Al llegar, mi padre ya ocupaba la cabecera de la mesa. Vestía ropa limpia y una capa pesada, su postura erguida desmentía, por un instante, la enfermedad que le robaba el color. Aun así, la palidez de su rostro y la fatiga en sus ojos lo delataban.

Me acerqué a mi asiento habitual, pero antes de sentarme, su voz me detuvo.

—Siéntate a mi derecha, Aurelisse —ordenó.

Titubeé. Mis ojos buscaron el lugar vacío de Altheria, pero obedecí de inmediato con el corazón apretado.

Pocos minutos después, las grandes puertas se abrieron con un chirrido solemne. Altheria entró. Su rostro se endureció por un instante al verme en su lugar. Pero no dijo nada. Caminó hasta la silla vacía y se sentó frente a mí, en silencio. Vestía un elegante vestido negro, de corte sobrio. Su cabello estaba recogido con perfección, pero su rostro... su rostro parecía hecho de ceniza. Bajo sus ojos se extendían sombras violáceas que ningún polvo podía disimular.

—El consejo y yo hemos decidido continuar con la boda —anunció el rey, su voz ronca cortando el aire como un cuchillo.

Altheria levantó la cabeza de golpe, confundida, sus ojos fijos en los de nuestro padre.

Yo mantuve la mirada clavada en el plato vacío frente a mí. Por su reacción, comprendí que aún no lo sabía.

—Quien se casará con Lord Rowen Auren y heredará el trono será... Aurelisse —concluyó con voz firme.

El silencio fue absoluto. Altheria le sostuvo la mirada unos segundos, luego giró apenas el rostro hacia mí. Su expresión era imposible de descifrar: una mezcla de melancolía, incredulidad... y algo parecido a compasión. Yo bajé ligeramente la barbilla, sin poder sostenerle los ojos por mucho tiempo.

—Si ya lo has decidido, padre, no tengo nada que aportar a este encuentro —dijo ella con frialdad, poniéndose de pie.

—Altheria... —intenté detenerla con la voz, pero ella ya se había levantado y girado hacia la puerta.

Me levanté de golpe, el mantel se arrugó bajo mis manos e intenté detenerla.

—Altheria, espera. Por favor.

Se detuvo frente a mi. Giró apenas la cabeza, sin dignarse a volver por completo. Su mirada era fuego contenido, una mezcla feroz de tristeza, rabia... y algo más oscuro. Un filo invisible se instaló entre nosotras.

—Yo... quería pedirte perdón —logré articular, jugando con mis dedos, apenas capaz de sostenerle la mirada.

—¿Perdón? —repitió con una mueca amarga— no me hagas reír.

Sus palabras me golpearon como una bofetada. Avanzó hacia mí, lenta, con los ojos brillando de ira.

—¿Crees que es tan fácil, Aurelisse? ¿Qué un 'perdón' lo borra todo? Por tu culpa, Elric está muerto. Y no hay nada, nada, que puedas hacer para cambiar eso.

—¡Pero yo...! —empecé a decir, sin saber adónde iba mi frase.

—¿Este fue tu plan desde el inicio? —me interrumpió, con la voz afilada como un vidrio roto—. Quitarme del medio y quedarte con el trono. Y lo peor de todo... con ese tal Rowen. No pensé que un simple baile lograra deslumbrarte tan fácil.

—¡Eso no es cierto! —protesté, pero ella ya no me oía.

—Me das lástima —escupió, con una sonrisa dolida— pero resultaste más lista de lo que pensé.

Dio un paso más y la habitación empezó a teñirse de rojo. Una bruma espesa se arrastró desde las paredes como humo de incendio. El aire se volvió denso, vibrante. Lo reconocí al instante, su don, lo estaba usando. Consciente o no, me estaba arrastrando con ella.

—Altheria... ¿Qué haces?—pregunté, alarmada.

Pero ella no se detuvo. La niebla se espesó y entonces, lo vi.

Elric. Ensangrentado, con el cuello abierto como una flor rota y una herida de la que aún brotaba sangre espesa. Caminaba hacia mí.

—¿Por qué lo hiciste, Aurelisse? —dijo con voz hueca, muerta— ¿Por qué me mataste?

Me llevé los brazos al rostro retrocediendo, con el alma hecha cenizas, volteando la silla a mi paso.

—¡Altheria, por favor! ¡Basta!

—¿Basta? —dijo, su voz descompuesta— es curioso, porque eso fue justo lo que Elric gritó cuando empezaron a azotarlo sin piedad y tampoco hiciste nada.

—¡Suficiente! —tronó la voz del rey.

Se puso de pie, con un esfuerzo brutal y tomó a Altheria por los hombros con fuerza. La niebla se desvaneció de golpe. Elric desapareció y la luz volvió.

Altheria, atónita, jadeaba. Nos miró a los dos... y salió corriendo sin decir una palabra.

El silencio cayó como un sudario.

—Ve a tu habitación, Aurelisse —ordenó mi padre, sin siquiera mirarme— no quiero que te acerques a tu hermana sin supervisión.

Asentí, muda. Mis piernas apenas respondían. Me retiré, cargando el peso de algo más que la culpa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.