Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 08

Tras el incidente en el comedor, a Altheria se le prohibió salir de su habitación. Desde el pasillo contiguo, escuché a padre hablar en voz baja con el consejero real. Mencionaban su estado, las consecuencias del escándalo, y la posibilidad de enviarla lejos, como medida preventiva para proteger la estabilidad del trono... y evitar posibles revueltas tras la ejecución de Elric.

La boda y la coronación fueron anunciadas sin demora. En menos de dos amaneceres, estaría casada con Lord Rowen Auren. Los preparativos se activaron como un enjambre de abejas y con ellos, fui arrastrada al salón de costura, al vestido que —según lo planeado— debía haber sido de Altheria.

Mientras ajustaban el corsé y recogían el exceso de tela en la falda, no pude evitar imaginar cómo se habría visto mi hermana con esa misma prenda: la espalda erguida, la frente alta, los ojos como antorchas encendidas. Ese vestido fue hecho para ella, no para mí. Yo solo era el remiendo de un plan fracturado.

Siempre creí que, al ser la segunda hija, podría elegir a quién amar.

—Qué idiota... —musité sin darme cuenta.

—¿Disculpe, alteza? —preguntó Meredith, la doncella que cosía a mis pies, alzando la vista con sorpresa.

—No fue nada —respondí con premura, tratando de borrar el rastro de mis pensamientos— solo... solo estoy un poco nerviosa.

—Tal vez sería prudente tomar un descanso —añadí, y todas se retiraron con obediencia, dejándome el paso libre.

Caminé hasta la ventana más cercana del salón. Afuera, la luz pálida del amanecer se deslizaba sobre el empedrado. Vi un carruaje en movimiento, flanqueado por soldados. Cargaban baúles, marchaban en silencio y detrás de todos, caminaba ella. Altheria.

—Dicen que la llevarán a una casa de campo alejada durante la boda —susurró una doncella al pasar, sin saber que la había oído.

Sin pensarlo, recogí la falda con brusquedad, me deshice de las zapatillas y salí corriendo del salón. Mi corazón golpeaba con furia contra mi pecho. Corrí por los pasillos, bajé los escalones de mármol, atravesé las puertas abiertas del castillo. Al fondo, el carruaje esperaba. Los soldados me miraron confundidos, sin saber si debían detenerme.

—¡Altheria! —grité desde lo más hondo de mí.

Ella se giró con el ceño fruncido y esa expresión endurecida por los días recientes. Pero antes de que pudiera hablar, la abracé. La envolví como si abrazarla pudiera impedir su partida, como si pudiera volver el tiempo atrás.

No esperaba que me correspondiera. No lo hizo. Pero debía hacerlo, aunque fuera solo yo quien sostuviera ese abrazo.

—Lo siento... —susurré entre sollozos, elevándome en puntillas para aferrarme a ella— tal vez nunca me perdones, pero tengo que intentarlo.

Mi voz temblaba, pero el mensaje era claro. Me incliné hacia su oído.

—Encontré la lágrima. Está en la parte de los jardines olvidados...

No pude decir más. Dos soldados me separaron de golpe, como si el contacto entre hermanas fuese una amenaza.

—Tienes que cuidarte, Altheria. ¡Suéltenme! ¡Por favor!

Ella subió al carruaje con los ojos aún abiertos por la sorpresa. No dijo una palabra. Solo me miró... como si mis palabras la hubieran alcanzado más que mi abrazo.

Fui arrastrada de vuelta al interior del castillo, entre gritos de la señora Elsbeth y las manos severas de las doncellas, que volvían a ajustar el vestido, como si nada hubiese ocurrido. Como si el mundo no acabara de romperse, otra vez, bajo mis pies...

El frío me corta la piel, sudor caliente recorre mi frente y en un espasmo despierto en mi habitación, la luz de la madrugada se filtra por la ventana, las sábanas que cubrían mi cuerpo ahora calientan el frío y tácito piso que odio. Inspiré hondo, con la respiración entrecortada, como si mi pecho luchara contra un peso invisible. Me puse de pie, temblorosa pero decidida, y dejé que el frío se deslizara sin resistencia por cada rincón de mi cuerpo.

Hoy era el día...

El pensamiento se deslizó como un susurro afilado, y mis ojos se posaron en el suelo, incapaces de alzarse ante la certeza. Al amanecer, estaría casada. No con un hombre elegido por mi corazón, sino con el heredero designado por la corona.

Encendí un candelabro y avancé descalza, permitiendo que la llama proyectara sombras temblorosas en los muros del castillo. Los pasillos, en penumbra, sólo recibían la caricia tenue de la luna que se colaba entre los vitrales y el silencio era tan profundo que podía escuchar mis pisadas sudorosas contra el tácito piso.

Me detuve frente a la puerta del rey. Con sumo cuidado, giré el picaporte y entré. Padre dormía, su pecho subía y bajaba con lentitud, en un vaivén cansado. Tenía el rostro pálido, frágil. El tono mortecino de su piel me obligó a tragar saliva. Por un instante temí que abrir los labios para hablar fuese suficiente para quebrarlo.

Dejé el candelabro sobre la mesa de bronce dorado, haciendo parpadear la luz sobre los frascos de medicinas y las infusiones que aún olían a manzanilla y hierbabuena. Tomé un pergamino, la pluma más fina y con manos temblorosas, escribí:

"Querido padre,
En vísperas de mi repentino e inminente casamiento,
es mi último deseo solicitarle que permitas a mi hermana Altheria acompañarme en la ceremonia.

Aurelisse."

Dejé la nota entre sus medicinas, asegurándome de que no pasara desapercibida. El amanecer me encontró abrazada a mis rodillas en el balcón de mi habitación. El cielo comenzaba a teñirse de oro pálido, y con él, el mundo despertaba sin saber que yo sentía que estaba muriendo por dentro. Una lágrima silenciosa se deslizó por mi mejilla, luego otra, pensé en Altheria. En cómo desearía tenerla a mi lado, en el modo cruel en que el destino nos había separado y otra vez, la culpa me mordió como una fiera que no suelta.

Mi soledad se quebró con el crujido apresurado de puertas al abrirse.




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