Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 09

La catedral era un templo de mármol y eco. Las columnas se alzaban como custodios eternos del cielo, y los vitrales incendiaban el aire con luz de colores tenues. Los frescos en el techo narraban historias de ascensos divinos, pero yo me sentía lejos de cualquier gloria.

El corazón me golpeaba el pecho con fuerza mientras caminaba por el angosto pasillo central, y cada paso retumbaba en mis oídos como un tambor de guerra. Las miradas de los presentes —desconocidas e inquisitivas— se posaban sobre mí como un peso invisible.

El velo cubría mi rostro, lo que le daba al mundo un contorno difuso, casi onírico, como si caminara dentro de una pintura húmeda aún sin secar y aun así, podía sentirlo todo.

Busqué entre la multitud un rostro conocido, una cabellera oscura, una tez pálida... Algo de ella. Algo de Altheria, aunque fuese una sombra. Quería aferrarme a su recuerdo como una niña aferrada al borde de un acantilado. Pero entre nobles y cortesanos, no encontré a nadie. Solo ojos ajenos, solo rostros sin nombre.

Avancé sola, aferrándome al ramo de orquídeas y rosas blancas que caían en una hermosa cascada, mis uñas se enterraron por instinto en los tallos haciendo que el olor vegetal opacara el dulzor de las flores.

La opulencia del recinto —los vitrales, los candelabros de oro, los tapices bordados con hilo de plata— me robaban la atención, como si el alma buscara una distracción frente al peso del destino que se avecinaba. Al llegar al altar, un par de ojos verdes se encontraron con los míos.

Rowen.

Su sonrisa era amable, casi tímida, pero mis fuerzas eran escasas. No la devolví. Me limité a desviar la mirada hacia los frescos que colgaban tras él, fingiendo interés en las alas de un ángel mientras en mi interior solo había un murmullo constante: esto no fue lo que soñé.

Los votos pasaron como una bruma espesa, las palabras eran ajenas, dictadas por la señora Elsbeth, y repetidas de memoria como quien recita un conjuro sin creer en su poder. El sacerdote nos unió con un tono solemne, y los aplausos de la sala sellaron el ritual como una campana que da fin a una ejecución.

Salimos de la catedral como lo dicta el protocolo: firmes, separados, saludando con la mano abierta a los asistentes. Ningún roce, ninguna caricia. Solo dos estatuas doradas desfilando ante una corte satisfecha.

Mi pecho se sentía hueco. Mi mente, un espacio en blanco. Subí al carruaje en silencio, sin mirar a Rowen. Él pareció querer decir algo —lo noté por cómo entreabrió los labios y me miró con una leve inclinación de cabeza— pero mi mirada ausente lo desarmó antes de hablar. Y así, regresamos al castillo envueltos en un silencio tenso. No incómodo, sino demasiado cargado para romperlo con palabras inútiles. El carruaje se movía con lentitud, traqueteando sobre las piedras del camino. Yo me mecí con el vaivén como si no estuviera allí. Como si ya no fuera Aurelisse, sino un reflejo atrapado en un carruaje sin rumbo.

Al llegar, la señora Elsbeth nos esperaba al pie de las escalinatas. Sonreía como si esta boda le perteneciera a ella, como si la felicidad que yo no sentía pudiera representarse en la perfección de un protocolo cumplido.

Rowen bajó primero, con la compostura de un lord bien entrenado. Luego extendió su mano hacia mí. Miré su palma abierta durante tres segundos. Exactamente tres.

Era una mano limpia, sin imposición, pero también sin elección. La tomé apenas, por compromiso, y la solté en cuanto mis pies tocaron el suelo.

No hubo palabras entre nosotros. Solo caminamos al interior del castillo, juntos y distantes. Sentí sus ojos sobre mí un par de veces, curiosos, tal vez desconcertados por la frialdad de mi rostro. Pero yo no tenía energía para más. Ni para fingir, ni para sentir.

—Felicidades a ambos —dijo la señora Elsbeth con una sonrisa maternal mientras cruzábamos el umbral— ahora deben prepararse para el baile de celebración. Ven conmigo, Aurelisse. Tenemos mucho que hacer.

—Nos vemos en el baile —dijo Rowen, haciendo una leve reverencia cortés.

Respondí con otra igual de medida, pesada como una armadura. No por desdén. Sino porque incluso en ese gesto me costaba existir.

Recuperé el aliento en el instante en que soltaron el corsé del vestido de novia. El aire llenó mis pulmones con tal urgencia que me mareé por un momento. Inhalé profundamente mientras las doncellas me despojaban de mis ropas nupciales con una facilidad que me erizó la piel. Me sentí como una muñeca reemplazada, vestida sin voluntad alguna. Esta vez, me colocaron un vestido blanco más liviano, bordado con hilos de plata y perlas diminutas que caían en cascada sobre mi figura, abrazándola con un diseño recatado, sencillo, casi virginal.

El nuevo corsé, menos apretado, me permitía respirar sin pelear por cada bocanada. Mi cabello fue recogido en un moño bajo, con mechones sueltos que enmarcaban mi rostro como trazos suaves de una pintura que aún no estaba terminada.

A esas alturas del día, mi estómago rugía con desparpajo. Lo hizo dos veces mientras las doncellas trabajaban, sin importarle el decoro ni la ocasión. Sentí el ardor súbito de la vergüenza colorearme las mejillas. Pensé entonces, para distraerme, en las delicias del banquete: panes tibios con mantequilla de flores, carne al vino oscuro, frutas escarchadas. Dejé que la imaginación suavizara el camino mientras avanzábamos hacia el ala norte del castillo, donde se alzaba el salón de baile más grande de todos. El salón separado con ventanales y vitrales colindaba con los jardines iluminados por faroles flotantes y linternas colgadas de los árboles como luciérnagas atrapadas en cristal.

La señora Elsbeth me condujo con la eficiencia de una mujer que ha dirigido cientos de eventos sin mostrar jamás una emoción fuera de lugar. Me llevó al recibidor del salón, donde debía presentarme para el anuncio real. Al llegar, distinguí de inmediato a mi padre y a Rowen conversando en voz baja.




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