Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 10

Desperté de golpe, como si cayera desde una altura imposible dentro de un sueño que no terminaba de desvanecerse. Mi pecho subía y bajaba con lentitud, mis latidos seguían un compás sereno, como si mi cuerpo agradeciera el descanso.

La tenue luz del amanecer se filtraba a través de los ventanales altos, proyectando sombras suaves sobre los muros pálidos de mi habitación. Todo parecía en calma... demasiado en calma.

¿Cómo había llegado hasta allí? Parpadeé, confundida. ¿Había sido un sueño?

Un dolor agudo respondió por mí, bajé la mirada, mis brazos estaban vendados, la piel irritada asomando entre los pliegues del lino. Las heridas comenzaban a cerrar, aunque aún ardían como brasas enterradas bajo la carne.

—No, no fue un sueño—pensé.

Con el hambre de quien necesita respuestas, me incorporé. Las sábanas resbalaron como agua por mi cuerpo. El calor del lecho me había dejado las mejillas sonrojadas, pero al posar los pies descalzos sobre el mármol helado, un estremecimiento recorrió mi espalda.

Dudé ante la puerta. La perilla dorada brillaba con la luz dorada del alba, y al alzar la mano, el recuerdo de la noche anterior me cruzó el pecho como un filo. Tragué saliva y, vencida por la urgencia, abrí la puerta con brusquedad.

Rowen estaba allí. Recargado contra el marco, como un centinela vencido por el cansancio. Al abrir la puerta, dio un respingo, incorporándose con un ademán torpe que, por extraño que parezca, me conmovió. Sus cabellos rubios estaban alborotados, y una sombra azulada bajo sus ojos olivos hablaba de una vigilia larga.

—Aurelisse... princesa. ¿Cómo te encuentras? —dijo pasándose una mano por el rostro hasta su cabello, intentando ordenarse a sí mismo.

—Bien... —murmuré, sabiendo que no era verdad— no recuerdo mucho de anoche.

Las palabras salieron lentas, temblorosas. Me di cuenta de que estaba sonriendo sin querer, como una grieta débil en el muro que me esforzaba en mantener erguido.

—¿Qué haces aquí?

Él inhaló hondo. Su mirada, que primero había buscado mis ojos, se desvió hacia el piso. Paseó la vista por las vetas del mármol como si buscara allí palabras que no sabía pronunciar y tragó saliva bruscamente lamiendo sus labios y exhalando.

—¿Rowen? —pregunté, y mi voz se volvió más baja. Había una sombra extraña en él.

Entonces alzó los ojos, y supe. Lo supe antes de que hablara.

—El rey está muy débil, princesa.

Mi respiración se detuvo apenas un instante y sentí como el color abandonaba mi rostro.

—¿Qué... qué quieres decir? —pregunté, aferrándome al tono ingenuo de quien aún espera una mentira piadosa. Busqué una chispa de consuelo en su rostro... pero no la encontré.

En menos tiempo del que los sanadores habían predicho, mi padre fue enterrado en los jardines reales, junto a mi madre.

La lluvia caía en silencio, pero lo cubría todo: mis hombros, mi cabello, el mármol de las lápidas, el mundo entero. El agua me recorría el rostro con tal constancia que ya no podía distinguir qué era llanto y qué era cielo. Me negué a aceptar la capa que Rowen me ofreció. Quería sentirlo todo. El frío, la humedad, el peso de su ausencia.

No dije una sola palabra durante la ceremonia. No podía. Tenía la lengua dormida por la pena, y la mirada perdida en algún punto entre la tierra abierta y el gris del cielo. Era como si el hueco en mi pecho hubiera adquirido vida propia, creciendo lento, insaciable, consumiéndome desde dentro.

Cuando todo acabó, me retiré a mi habitación sin hablar con nadie. Me encerré con mi dolor como única compañía. Grité. Maldije. Golpeé los muros con las manos abiertas hasta enrojecerlas. Lloré con una furia que no sabía que tenía. La soledad no me ofrecía consuelo, pero al menos me devolvía el eco.

Me senté frente a la ventana, con los brazos cruzados sobre el alféizar, y miré a la luna como si pudiera contestarme algo. Ella no dijo nada. Solo estuvo ahí. Y yo permanecí con ella, en silencio, hasta que el sol irrumpió en nuestra intimidad y me recordó que había un reino allá afuera que no podía detenerse.

—Aurelisse...—susurró la señora Elsbeth desde el umbral de la puerta, el chillido de la madera acompañó el eco de su voz —la coronación será en tres días, querida, llámame si necesitas algo.

Partió sin esperar respuesta. Lágrimas saladas empezaron a calentar mi rostro, cerré los ojos con cansancio y el corazón roto. mientras me sumía en una sombra de melancolía y culpa. Con la respiración entrecortada asimilé lo que me esperaba.

La coronación sería en tres días. Solo tres días de luto. Tres días para secar las lágrimas y calzar la corona. Tres días para transformarme en lo que jamás quise ser. Sin mi hermana o padre a mi lado. Me hervía la sangre. Pensar en los estúpidos protocolos reales, en sus plazos marcados por tinta y tradición, me llenaba de rabia. Y aún más pensar que, como la única Myren en el castillo, tenía que obedecerlos. Porque eso habría querido él. Porque eso habría esperado de mí.

Ser puntual, obedecer a la señora Elsbeth, sonreír, llevar la corona como si me quedara bien; mi mente no lo soportaba más. El castillo entero me parecía un mausoleo decorado. Cada pared me recordaba lo que se había perdido. Cada escalón, cada sala, cada columna de mármol parecía querer devorarme poco a poco. Quizá terminaría convertida en estatua. O peor... en parte de ese maldito suelo que siempre odié.

Tres golpes secos interrumpieron mi silencio. Golpes delicados, pero decididos, que se clavaron en el aire inmóvil como una campanada lejana. Abrí los ojos con lentitud. Mi mirada, aún desenfocada, se desvió hacia la puerta blanca, aquella frontera entre el mundo exterior y este santuario adormecido donde llevaba —¿Cuánto tiempo?— aferrada a las sábanas, hecha ovillo, abrazando mis piernas como si pudiera sostenerme con ellas.

El calor del lecho era lo único que aún me pertenecía. Mi única defensa contra la realidad. Pero incluso eso comenzó a desvanecerse.




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