Un día antes de la coronación...
El olor a hierba recién cortada me picoteó las fosas nasales como una bandada de insectos invisibles. El carruaje crujía, quejándose en cada piedra del camino, y yo me aferré al borde del asiento intentando ordenar mi respiración mientras por la ventana un pálido cielo se descascarillaba de nubes.
Después de un día de viaje, la modesta casa de campo emergió entre barbechos y sombras, una construcción baja, de muros encalados que el viento había desgastado como piel vieja; el techo, de tejas negruzcas, sostenía un manojo de nidos y el humo salía de una chimenea perezosa que olía a madera verde. Al bajar, mis zapatillas se hundieron en la hierba alta y pisoteada que formaba un surco que nos guiaba a la puerta. La humedad me besó los tobillos. Avancé sintiéndome observada por insectos, por la colina, por algo que el aire callaba.
Ya frente a la puerta los picaportes metálicos chillaron, una protesta oxidada, antes de que el soldado que me escoltaba anunciara mi llegada. La puerta se entreabrió y, detrás de la madera, apareció una mujer ligeramente mayor. Sus ojos avellana (grandes, limpios de cataratas, atentos como los de un ave que calcula la distancia exacta del vuelo) me midieron desde la trenza hasta el borde del vestido. Tenía las manos huesudas pero fuertes, con nudillos abultados de quien amasa pan o golpea carne; las uñas cortas, rematadas por una pátina oscura que no supe si era tinta, tierra o sangre. Un mechón cobrizo con destellos plateados se le escapaba del pañuelo que le cubría la cabeza, y un lunar pálido, como una gota de cera, le marcaba la comisura izquierda de la boca. Vestía una falda de lana gris, del tipo que se seca al fuego y huele a humo durante semanas. Había algo en su postura, en la manera en que inclinó apenas la cabeza, que mezclaba cortesía y cálculo.
—Princesa —dijo con una inclinación controlada— es un honor recibirla en mi humilde hogar. Adelante, por favor.
—Gracias —respondí. Seca y fría atravesando el umbral.
—Muchacho —se dirigió al soldado, con una familiaridad que nadie le había concedido— yo me encargo de las pertenencias de la princesa. Usted ya cumplió su deber.
Él asintió, complacido por la licencia, quizá incómodo por el olor del establo cercano, y se retiró sin más. El carruaje giró y empezó a alejarse, dejándome con la impresión de que se llevaba una parte de mi seguridad, como si un hilo invisible me corriera con él por el camino.
Entré por completo. La casa... La casa era un estómago. Las paredes encaladas se comían la luz y la devolvían tibia, lechosa; la madera del suelo crujía con un ritmo que habría podido ser mecedora; la cocina era una boca abierta, con un caldero dormido y una alacena de puertas que se cerraban solas. Olía a caldo de raíces y a cebolla sudada, a lana mojada. Sobre una mesa, un manojo de lavanda atada con hilo rojo destilaba en tenues notas de un perfume neblinoso, casi medicinal. El sonido del carruaje se fue volviendo pequeño, hasta ser un recuerdo. Me quedé sola con la mujer, con su mirada expectante. Me quité los guantes con una lentitud involuntaria, midiendo el territorio.
—¿Sabe por cuánto tiempo me quedaré con usted? —pregunté, intentando que mi voz sonara más firme de lo que en realidad sentía.
La mujer mostró los dientes. No fue una sonrisa; fue un espejo de lo que una sonrisa podría ser si se hubiera aprendido tarde. Se los limpió un instante con la lengua, como si se quitara pan o hueso.
—Querida princesa —dijo— me temo que no logré averiguar esos detalles.
Juntó las manos en un gesto que imitaba el pesar —las palmas tocándose con la delicadeza de una oración— y ladeó la cabeza. Sus ojos, sin embargo, se encendieron con una chispa pequeña, eléctrica.
—¿Disculpe? —sentí cómo el cuello de mi vestido rozaba, áspero, la piel de mi clavícula.
—Cuéntame... —sonrió — ¿Te gustaría recuperar a tu amado?
Se acercó lenta y peligrosa. El aire entre nosotras se volvió más frío, o quizá fui yo la que cambió de temperatura. Vi —no, sentí primero— el cambio, el cabello que antes era lacio y cobrizo se hinchó como si un viento lo peinara al revés y se ensortijó en rizos oscuros que cayeron hasta sus caderas, pesados, brillantes como un río en la noche. Los ojos avellana se tiznaron de esmeralda, un verde gema que parecía emitir luz en sí mismo. La piel le perdió las pecas, ganando un tono olivo profundo. La boca se afinó, y el lunar de cera se volvió un hoyuelo en su mejilla izquierda. Un chasquido seco, como de brazalete golpeando madera, reveló cadenas finas, doradas, alrededor de sus muñecas.
La piel se me erizó. Di un paso atrás, buscando el picaporte. Los ojos me lagrimeaban, no sé si por el humo o por el miedo, y el mundo se tornó borroso como cuando no se duerme bien durante días.
—Usted no es madame... —me detuve. Recordé el nombre que me habían dado— usted no es madame Ysela.
—Correcto —descargó la palabra con el placer de un cuchillo nuevo— pero eso no fue lo que pregunté, princesa.
Hizo sonar sus cadenas, un tintineo en el que se mezcló el oro con algo más grave, como si otra cadena invisible respondiera desde el suelo. Guiñó un ojo, y en esa chispa supe que le gustaba actuar.
—Soy alguien mucho más interesante.
—Tengo que salir de aquí —dije, y mi voz por fin encontró un lugar firme. Caminé con paso rápido hacia la puerta. Mi mano rozó el hierro helado del picaporte y...
La madera no cedió. No hubo cerrojo visible y la puerta pareció respirar. Sentí bajo los dedos un pulso y retiré la mano de la madera de inmediato como si me hubiera quemado.
—Las casas buenas son leales a sus huéspedes —comentó la mujer, con un humor que no me incluyó.
—¿Quién es usted? —pregunté. Era una pregunta vieja, gastada, pero en ese momento era lo único que la mente me permitía articular.
La mujer hizo una reverencia teatral, el cabello negro se movió esponjoso rozándole las caderas.
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Editado: 29.01.2026