Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 12

Mis zapatillas resonaban contra el mármol como un tambor impaciente. Iban y venían en una danza inútil de un extremo al otro de la habitación real. El frío del suelo se filtraba a través de la suela, pero lo que realmente me helaba era la espera. Afuera, la noche había invadido el castillo con su manto azul y silencioso, como si incluso las estrellas se hubieran replegado para no presenciar mi desvelo.

El cuarto que ahora debía llamarse mío se alzaba solemne. Tapices bordados con hilos dorados relataban cacerías antiguas; las cortinas de terciopelo caían como sombras pesadas enmarcando un ventanal desde el que se divisaban las montañas dormidas. El lecho real, vasto como un altar, se erguía cubierto de lino y brocado, demasiado solemne para albergar descanso. Todo en esa estancia imponía un destino que me resultaba ajeno, casi hostil.

La puerta se abrió con un crujido que desgarró el silencio. Rowen apareció en el umbral con su capa aún impregnada de humedad nocturna.

—¿Y bien? —mi voz se quebró antes de lo que planeaba.

Él avanzó con paso firme, aunque la rigidez de su mandíbula lo traicionaba.

—No hay muchas noticias. Los rastros se enfrían —se detuvo, sus ojos repasaron mi rostro con una cautela casi dolorosa—los susurradores afirman que Altheria dejó la casa de campo hace dos amaneceres. El mismo amanecer de la coronación, nadie sabe por qué y no hay señales claras. Es como si hubiese desaparecido en la niebla.

El corazón se me desbordó de un salto.

—¿Cómo es posible? ¿Por qué nadie lo informó antes?

Rowen dejó caer, apenas un instante, la máscara diplomática. Un destello de frustración cruzó su mirada.

—La casera era fiel al castillo y el soldado que la acompañó no reportó nada fuera de lo normal —su voz cargaba un eco de incertidumbre que me reveló lo que él no diría: tampoco tenía respuestas.

—¿Y si alguien la secuestró? —avancé hacia él; el aire entre ambos se tensó como una cuerda a punto de romperse— tenemos que encontrarla antes de que sea demasiado tarde.

Sus labios se endurecieron.

—Ese no es mi mayor temor. Esa casa de campo está protegida con magia de luz: aparece y desaparece para ocultar a quienes la habitan. Si alguien logró salir... o entrar... es porque tenía un deseo que la casa aceptó, o la forzaron. Hallamos rastros de sangre, tal vez usaron magia de sangre para burlar su seguridad —empezaba a hablar más consigo mismo que conmigo, como si desmenuzara un acertijo imposible.

Me invadió un escalofrío.

—Altheria nunca escaparía —dije, firme, aunque mi rostro revelaba la confusión.

Rowen alzó la vista hacia mí.

—No entiendes la situación, Aurelisse.

—Entonces explícamela —mi desafío brilló como una llama.

Él respiró hondo, como si las palabras pesaran más que el hierro.

—Allá afuera hay gente dispuesta a todo por arrancar el poder que tu familia custodia desde generaciones. El poder que descansa bajo este castillo no es un mito... es real. Y tu hermana... podría ser la llave que los guíe.

Me faltó el aire.

—¿La llave? ¿Qué insinúas?

—Si mis sospechas sobre magia de sangre son correctas, el reino entero está en peligro —su voz bajó, grave— y Altheria podría no tener las mejores intenciones contigo... o con cualquiera en el castillo.

Mi indignación me ardió en la garganta.

—¿De verdad piensas que Altheria me haría daño?

Rowen sostuvo mi mirada con severidad.

—Creo que tiene sus propios motivos para estar enfadada con la corona y tú lo sabes mejor que nadie.

—Entonces la ves como una amenaza —mi voz se quebró en rabia— ¡Es mi hermana!

Su fachada se resquebrajó. Los músculos de su rostro se suavizaron, como si hubiera soltado un peso que ya no podía cargar.

—Tu padre me pidió que te protegiera a toda costa y no hizo excepciones —las palabras se escaparon de él como un disparo involuntario.

Me quedé helada.

—¿Qué... dijiste?

—Que juré protegerte —su voz descendió, cargada de algo que no era solo deber.

Lo miré, buscando al rey impenetrable, pero lo que encontré fue un hombre. Un hombre con miedo, con ternura y con una vulnerabilidad que jamás habría imaginado.

—¿Y si no quiero tu protección? —susurré, mi voz temblaba entre la rebeldía y algo más.

—La tendrás igual —se acercó un paso, y el aire se llenó de electricidad.

El silencio que siguió fue insoportable, cargado de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir. Mis labios temblaron entre la furia y el deseo. Él contuvo la respiración, como si el más mínimo gesto pudiera cambiarlo todo. Nos quedamos allí, demasiado cerca, demasiado conscientes de que la discusión había desnudado algo más que secretos. El aire entre nosotros ardía. Su proximidad era una amenaza y una promesa al mismo tiempo. Podía escuchar su respiración, sentir el calor que desprendía a pesar de la humedad de la noche que aún impregnaba su capa.

No sé quién de los dos cedió primero. Tal vez fue mi mano, que se aferró a mi falda con tanta fuerza que tembló, y entonces sus dedos rozaron los míos, deteniéndolos como si quisiera anclarme. Fue apenas un contacto, un roce de piel contra piel, pero bastó para incendiarme.

Rowen no retiró la mano. La sostuvo un instante, demasiado largo para ser un accidente, demasiado breve para ser un atrevimiento completo. Sus ojos se clavaron en los míos, y ya no había el rey diplomático, ni el soldado impenetrable: solo un joven, cansado y humano, que me miraba como si yo fuera lo único cierto en medio de la tormenta.

Sentí que mi pecho se alzaba con un latido más fuerte de lo que podía contener.

—No tienes que cargar con todo —susurré, aunque ni yo misma supe si hablaba de la búsqueda, del reino, o de mí.

Él esbozó una sonrisa apenas perceptible, amarga y cálida a la vez.

—Y, sin embargo, decido hacerlo —su voz era un murmullo, como si temiera que las paredes pudieran delatarlo.




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