Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 13

—¿Aurelisse? Aurelisse... despierta, madre nos espera —una vocecilla rió, ligera e inocente.

—¿Altheria? —musité, entornando los ojos mientras me acostumbraba a la luz. Frente a mí apareció una versión más joven de mi hermana, con mejillas sonrojadas y una sonrisa infantil que hizo eco en mi pecho.

—Ven, Aurelisse. ¿Qué esperas? —rió de nuevo, y salió corriendo hacia una mujer de cabello negro como la medianoche y piel de porcelana. La reconocí de inmediato, como si hubiera salido del retrato que colgaba en los pasillos: mi madre.

—Aurelisse —me llamó con dulzura.

—No te quedes dormida querida, hay mucho por hacer —tomó la mano de Altheria, y juntas avanzaron hacia los jardines del palacio.

Me incorporé con torpeza, todavía confundida. Corrí tras ellas, mis pasos se aceleraban al compás de sus risas. Se abrazaban, conversaban, pero sus voces comenzaron a perderse en la distancia, como si fueran arrastradas por el viento.

—¡Espérenme! —grité, sujetando los pliegues de mi vestido para no tropezar.

Con la respiración entrecortada vi cómo atravesaban los jardines olvidados. Me detuve en seco, dudando. Nadie debía entrar allí.

—¿Aurelisse? Madre nos espera. —El frío me recorrió la nuca. Altheria ahora estaba a mi lado con la piel blanca como fantasma, su mano helada tomó la mía con cuidado.

—Altheria, no deberíamos entrar ahí... —supliqué, aferrándome con fuerza a sus fríos dedos .

Ella sonrió.

—Pero madre nos espera. Se enfadará si la dejamos esperando —se soltó y corrió entre los rosales, riendo con un júbilo extraño.

—¿Altheria? —jadeé, atravesando él mismo rosal, las espinas arañaron mis brazos y desgarron mi vestido de dormir mientras me esforzaba por llegar al otro lado. ¿Vestido de dormir? Un sobresalto me recorrió al reconocerlo, como si mi mente hubiera caído en un lugar equivocado.

Al otro lado, Altheria permanecía inmóvil, de espaldas. Su cabello enmarañado ocultaba parte de su rostro; el vestido morado profundo hacía que su piel pareciera azulada. Giró lentamente. De sus ojos caían lágrimas espesas, rojas, que teñían sus mejillas como veneno líquido. Su boca se contrajo en una mueca de dolor que heló mi sangre.

—¿Qué has hecho, Aurelisse? —preguntó, fría, seca, demasiado calmada.

Un escalofrío me atravesó hasta los huesos. Retrocedí un paso.

—¿Altheria? ¿Qué está pasando? —mi voz apenas fue un susurro.

Su rostro se torció en furia. Las lágrimas se multiplicaron, chorreando hasta cubrir sus manos en un río carmesí que enrojecía la hiedra.

—Mataste a madre, mataste a Elric, y ahora padre está muerto por tu culpa. ¿Quieres que yo también lo esté? —recitó como una muñeca maldita.

Detrás de ella, tres figuras surgieron torpemente, como títeres sin vida: madre, Elric, padre. Sus miradas vacías me quemaron la piel.

—Esto no es real... —murmuré, retrocediendo con torpeza.

—¡Esto no es real! —grité, lanzándome otra vez hacia el rosal. Pero las ramas me atraparon los tobillos, se enredaron en mis piernas, y sus espinas se hundieron hasta desgarrar mi piel. El dolor fue agudo, insoportable. Las rosas blancas se tiñeron de rojo, el aire se saturó con el dulce y asfixiante perfume de sangre fresca. Grité, sollozando, hasta que el mundo entero se derrumbó en un vacío y desperté jadeando.

Rowen irrumpió en la habitación con dos guardias alarmados, el acero de sus espadas brilló bajo la luz de las antorchas.

—¿Aurelisse? —preguntó con la voz agitada.

Me llevé las manos a las piernas. Estaban intactas, nada, ni un rasguño. Miré mis brazos: perfectos. Todo había sido un sueño, suspiré con alivio... hasta que toqué mi rostro.

Un líquido espeso y caliente se deslizó por mis dedos, bajando hasta mis muñecas. No eran lágrimas. Era sangre.

—Todos afuera —ordenó Rowen con un tono que no admitía réplica. Los soldados se retiraron de inmediato, cerrando la puerta tras de sí.

Él se acercó agachándose sobre una pierna quedando a mi altura con cautela y urgencia en la mirada.

—¿Aurelisse? ¿Qué pasó?

Las palabras se me atoraron en la garganta.

—Vi caras... tantas caras... —dije entre sollozos, y me aferré al abrazo que él me ofrecía enterrando mis uñas en la gruesa tela de su capa como si fuera lo único real en medio de aquella pesadilla.

El eco de mis propios sollozos aún llenaba la habitación. Las antorchas chisporroteaban contra las paredes de piedra, proyectando sombras alargadas sobre los tapices. Sentía la tela húmeda de mi camisón pegada a la piel, como si el sueño hubiese querido perseguirme más allá del despertar. Era un vestido de dormir sencillo, de lino blanco con bordados finos en el cuello; ahora estaba arrugado y manchado de lágrimas carmesíes.

Rowen, en cambio, seguía vestido con la ropa de campaña que aún olía a humedad nocturna. La capa oscura le caía pesada sobre los hombros, con los bordes manchados de barro seco y pequeños rastros de sangre seca, mi sangre; bajo ella, el jubón de cuero estaba abrochado con prisa, como si hubiera entrado corriendo desde la intemperie. La diferencia entre nosotros era brutal: yo, desarmada y temblorosa; él, firme, con el peso del acero en su cinto.

Me obligué a hablar.

—Rowen... en el sueño vi a la reina, vi a Altheria de niña... pero luego todo cambió —tragué saliva, la garganta me ardía— la vi llorar sangre. Me acusó de matar a todos, a la reina, a Elric, al rey y detrás de ella... estaban los tres, como sombras vacías.

Él frunció el ceño, la sombra de sus rubias pestañas marcaba su mirada como un tajo.

—¿Lloraba sangre? —repitió en un murmullo grave. Se apartó un instante, caminó hasta el ventanal como si necesitara aire. El azul de la noche lo envolvió— entonces mis sospechas no eran infundadas. Magia de sangre... alguien la está usando.

Un escalofrío me recorrió la piel.

—¿Quieres decir que mi sueño...?

—No era solo un sueño. —me miró de frente. El fuego de la chimenea bailó en sus ojos—fue una advertencia. Tal vez incluso un intento de alcanzarte.




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