El carruaje se balanceaba sobre la piedra húmeda del camino como un barco viejo enfrentándose a mareas invisibles. El olor a madera podrida y cuero sudado impregnaba el aire, mezclado con la fragancia dulzona del incienso que ardía en un pebetero de la esquina. Las ruedas se quejaban, crujían, y cada bache me sacudía los huesos como si quisiera recordarme que aún podía quebrarme.
Frente a mí, Seraphine Noctier no se inmutaba. Sus rizos oscuros caían como un río sin cauce hasta sus caderas, brillando con destellos verdosos cada vez que la luz de las linternas se filtraba por la ventana del carruaje. Sus ojos esmeralda parecían emitir luz propia como brasas ocultas bajo el agua. Su fina boca, rematada con ese hoyuelo juguetón en la mejilla izquierda, se abría y cerraba en sonrisas que eran tanto caricias como cuchillas. Los brazaletes de cadenas doradas tintineaban con cada gesto exagerado de sus manos; ella hablaba con el cuerpo entero, como una actriz demasiado consciente de su escenario.
—Querida mía —dijo, inclinándose hacia mí, tan cerca que pude oler en su piel el perfume de violetas marchitas mezclado con hierro— has descubierto lo que muchos sabios y reyes no pudieron siquiera imaginar.
—¿De qué hablas? —murmuré, rígida, con el mentón elevado, intentando no ceder al temblor que me atravesaba el vientre.
Ella rió, un estallido que llenó el carruaje. Sus cadenas tintinearon como campanas de burla.
—La entrada a la Lágrima del Alba —sus pupilas se dilataron hasta tragarse casi todo el verde de sus ojos— rosales, sangre real. ¡Ah, la poesía de la crueldad divina! El secreto que tu pobre hermana confesó en carne propia y el cuál aseguraste con esa ilusión tan bien ejecutada en el baile de la boda real.
—No fue nada —respondí, apretando las manos contra mis rodillas, maldiciendo en mi interior a Aurelisse por ser tan ingenua.
—¡Exacto! —Seraphine golpeó la palma de su mano contra el asiento, y el carruaje crujió como si protestara— ¿Ves por qué me fascinas, Altheria? Eres más que una princesa decorada con títulos y vestidos.
El miedo que me había hecho encogerme en un rincón comenzó a disiparse. Mis hombros se erguieron involuntariamente con naturalidad ensayada.
—Mi don solo nos ayudó a saber dónde está—repliqué— no confunda mi capacidad de ilusión con la de entrar al castillo real sin ser vistas.
Seraphine ladeó la cabeza y sus rizos se deslizaron como un telón de terciopelo negro.
—Oh, querida mía, pero ya abriste la puerta, aunque no lo admitas. Una mente que imagina el camino es una mente que ya ha dado el primer paso.
Guardé silencio, sosteniendo su mirada. Ella sonrió con triunfo, como si el silencio fuera la respuesta que esperaba. El carruaje se detuvo con un chirrido. Afuera, un soplo de aire húmedo cargado de moho y especias se coló en el interior. El cochero golpeó dos veces el costado.
—El largo viaje ha acabado, hemos llegado —entonó Seraphine con dramatismo, sus cadenas repicaron mientras abría la portezuela.
Al bajar nos recibieron las Profundidades del Ocaso, a las afueras del Reino de Elaria ahí estaban tan hostiles como siempre las imaginé, catacumbas antiguas convertidas en un mercado clandestino. El aire era denso, cargado de humo y del olor acre del metal trabajado en fraguas ocultas. Vendedores pregonaban con voces roncas, ofreciendo desde dagas envenenadas hasta collares de hueso, pasando por pócimas que brillaban como líquidos robados a las estrellas. La piedra rezumaba humedad; charcos reflejaban telas coloridas colgadas entre arcos derruidos. Exiliados, mercenarios y traidores caminaban hombro con hombro, envueltos en harapos de lujo y máscaras improvisadas. El bullicio era constante, un zumbido febril.
—Bienvenida al lugar donde la verdad no usa coronas —dijo Seraphine, abriendo los brazos como una anfitriona teatral.
Seguimos avanzando más allá del mercado. Las voces se fueron apagando hasta convertirse en murmullos. En donde las antorchas escaseaban, el aire se volvió más frío, más pesado, con un tufo a tierra mojada y hollín antiguo.
—Aquí comienza lo prohibido —susurró Seraphine con deleite.
Mis pasos vacilaron. Había leído sobre esa sección, pero nada me preparó para verla. Arcos más bajos, muros grabados con símbolos paganos borrados por el tiempo, un silencio expectante como si las piedras contuvieran la respiración.
De pronto, un estallido de risas. Tres figuras surgieron de la penumbra, casi saltando sobre nosotras.
—¡Mira, mira, mira lo que trajo la reina de la noche! —graznó el primero, Darek, alto y huesudo, con una sonrisa torcida que parecía grabada por violencia en la piel.
—¿Es de verdad? ¿Es la princesa? —balbuceó Milo, pequeño, nervioso, con los ojos desorbitados y un mechón blanco en medio del cabello oscuro.
—Oh, es de verdad, y es nuestra —rió Selene, la muchacha de labios rojos y ojos delineados como fuego. Me rodeó en círculos, olfateando como un animal curioso— Huele a poder y a miedo, una mezcla deliciosa.
—Atrás, ratas —ordenó Seraphine, y sus cadenas tintinearon como látigos invisibles. Los tres retrocedieron, aunque sin perder la risa desquiciada.
—Ellos serán tuyos, princesa —anunció con voz solemne— tus dientes y tus sombras en este lugar.
La nariz se me arrugó involuntariamente en un gesto de desapruebo pero rápidamente el camino recuperó mi atención. El pasadizo se abrió hacia una sala inmensa, un anfiteatro subterráneo iluminado por hogueras que chisporroteaban sin consumir la madera. Los seguidores de Seraphine Noctier ya nos esperaban: La Corte del Eclipse.
Así se hacían llamar, un grupo de casi cincuenta hombres y mujeres, ataviados en ropajes negros y carmesí, con rostros pintados en trazos negros de carbón alrededor de los ojos. Algunos llevaban máscaras rotas, otros collares con medias lunas. Se arrodillaron al unísono al vernos entrar y el aire se llenó de murmullos: diosa, reina, sangre del alba. Yo sentí sus miradas atravesarme: algunas cargadas de deseo, otras de veneración ciega y otras de respeto silencioso.
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Editado: 29.01.2026