—Vaya, vaya. Pero qué tenemos aquí... parece que Seraphine decía la verdad —una voz masculina irrumpió en la tranquilidad de mi camerino, como un trueno contenido.
Terminé de ajustar el listón de mi vestido de terciopelo rojo, observando la caída de la tela como un río oscuro. En el reflejo del espejo, vi al dueño de la voz recargado con insolencia en el umbral, girando un cuchillo sobre la palma de su mano. El filo atrapaba la luz de las lámparas y la devolvía como un relámpago breve.
—¿Y tú eres...? —pregunté, seca, fría, indiferente, impenetrable. O al menos, eso quería creer.
—Le ofrezco una disculpa, su majestad —interrumpió el juego con el cuchillo y lo sostuvo frente a su pecho, como si fuera un estandarte. Hizo una reverencia contenida, burlona en su sobriedad— mi nombre es Rhaziel Veynar. Fui asignado por mí mismo para ser su guardaespaldas personal.
Sonrió, con una sonrisa amplia, peligrosa, como una herida recién abierta que se empeña en mostrar sus bordes.
—No solicité ningún guardaespaldas —contesté, girando apenas el rostro, como si con el gesto pudiera expulsarlo.
El joven avanzó con pasos tranquilos, cada uno calculado. Era considerablemente más alto, de físico musculoso, y al acercarse hasta quedar a mis espaldas sentí que su sombra ocupaba todo el camerino.
—En estos rumbos le sugeriría que reconsiderara esa afirmación, princesa —su voz me rozó el oído, áspera, casi íntima. Lo miré en el espejo, sus ojos negros como la medianoche se clavaban en los míos, indescifrables, como un lago sin fondo.
—Si así lo recomiendas, supongo que servirás —respondí, girándome con calma hasta quedar frente a frente. Lo recorrí con la mirada de pies a cabeza, lenta y calculadora. El gesto pareció fascinarlo y sus labios se curvaron en un destello de triunfo.
—Es usted una princesa muy inteligente —se inclinó con un ademán teatral, apartándose hacia un lado y extendiendo el brazo musculoso para guiarme hacia la puerta— si me permite, seré su escolta por la Corte del Eclipse.
Recorrimos los pasillos húmedos de las catacumbas. El aire estaba cargado de especias amargas y el olor mineral de la piedra viva. En las grietas de los muros crecían hongos azulados que brillaban como brasas apagadas, guiando el camino como estrellas caídas.
El bullicio de la Corte me envolvió con la fuerza de un coro. Hombres y mujeres se movían en un caos ordenado: algunos remendaban ropas oscuras con hilos metálicos, otros trabajaban pequeños huertos, niños jugaban entre antorchas con máscaras demasiado grandes para sus rostros. Había música áspera de cuerdas improvisadas y cantos que parecían surgir de todas partes a la vez, un murmullo constante de voces que no querían ser olvidadas.
No era vulgaridad. Era un teatro perpetuo donde cada gesto estaba cargado de exceso, risas demasiado altas, reverencias demasiado profundas, miradas que ardían con fe desmedida.
—Todos ellos... —murmuré, observando cómo la vida latía en la penumbra— ¿fueron acogidos por Seraphine?
Rhaziel asintió, cruzando los brazos.
—La mayoría. Otros vinieron solos, expulsados, traicionados, olvidados. Gente que el Reino no quiso nombrar. Aquí encontraron escenario y causa.
—Entiendo. ¿Cuál de esas descripciones te pertenece, Rhaziel? —pregunté, y logré notar la sorpresa en su mirada.
Él ladeó la cabeza, como un animal que escucha un sonido nuevo. El cuchillo giró de nuevo entre sus dedos con destreza casi distraída.
—Todas, supongo —su voz se volvió más baja, menos teatral, más áspera— fui expulsado por mi propio padre, traicionado por mi madre que me vendió a cambio de un lugar en la corte del reino, y olvidado por los soldados que me arrastraron hasta la frontera.
Me crucé de brazos, evaluándolo con la calma de quien observa un tablero.
—Eso suena a una tragedia de mercado. Falta el desenlace.
Sonrió, un destello de dientes blancos en la penumbra.
—El desenlace fue que no morí —se inclinó un poco hacia mí, sus ojos negros centelleando con una intensidad peligrosa— los lobos me encontraron antes que la guardia y yo los encontré a ellos.
—¿Y sobreviviste a mordiscos? —alcé una ceja, incrédula pero curiosa.
—No —sacudió la cabeza— sobreviví porque algo despertó. Mi don.
Se quitó el guante de la mano derecha y me mostró la palma. Sobre la piel se dibujaban cicatrices viejas, entrecruzadas como un mapa. A simple vista eran marcas de cuchillo, pero al reflejo de la antorcha, parecían brillar, como si las líneas guardaran un pulso.
—¿Qué es? —pregunté, bajando apenas el tono.
—La carne de los animales, la sangre en sus venas... aprendí a sentir el latido. A detenerlo, a acelerarlo —cerró la mano lentamente, como atrapando un insecto invisible— los lobos cayeron uno a uno, con los ojos en blanco, como si hubieran corrido más allá de sus fuerzas.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, aunque mantuve el gesto sereno.
—Entonces puedes... controlar la vida.
—No —Sonrió de lado, casi divertido con mi conclusión— puedo manipular el ritmo. El corazón, la respiración, la tensión en los músculos. No es control... es música. Yo marco el compás, ellos bailan.
—Un don inquietante —me permití inclinar apenas la cabeza, observando cada centímetro de su rostro para descifrar si mentía.
—Lo suficiente como para que Seraphine me quisiera aquí —se volvió a colocar el guante y el cuchillo desapareció en su cinturón con un gesto fluido— dice que soy su "metrónomo de vidas". Yo prefiero pensarlo como un recordatorio, todos tienen un latido, y yo puedo recordárselo o arrebatárselo.
—¿Y qué te da eso, Rhaziel? ¿Placer, poder... o venganza?
Él soltó una risa baja, seca.
—Sobrevivencia, princesa. Solo eso.
Me sostuvo la mirada. Había algo en sus ojos que no era simple devoción ni simple arrogancia. Era la calma de alguien que ya había muerto una vez y regresado.
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Editado: 29.01.2026