El tiempo parecía escurrirse entre nuestras manos en esas semanas. El rey, que pocos días después de la boda apenas se dejaba ver en el palacio, se mantenía ahora recluido conmigo. Ni los consejeros ni los soldados podían comprenderlo; hasta los sirvientes murmuraban si acaso se hallaba enfermo o embrujado por su propia esposa. Lo cierto es que dentro de los aposentos reales no había más que risas, bandejas de comida que entraban y salían, y el rumor de dos corazones que, al fin, se habían reconocido.
Aquella tarde, recostada entre almohadones bordados en hilos de oro, dejaba que mi cabello mojado, aún perfumado de jazmines, se esparciera como un río sobre las sábanas. Rowen, con la camisa entreabierta y los ojos olivos iluminados por una ternura que ahora me pertenecía, jugaba con la yema de sus dedos a trazar líneas invisibles sobre mi brazo.
—¿Qué dibujas? —pregunté entre risas suaves.
—El mapa de mi reino —respondió él, con una sonrisa que me hizo rodar los ojos.
—¿El mapa de Elaria? —pregunté, fingiendo incredulidad.
—No —se inclinó sobre mí y besó la curva de mi hombro— el mapa de ti y confieso que me he perdido a propósito.
Reí con un temblor de alegría que me sorprendió a mí misma.
—Si sigues así, los consejeros dirán que has perdido la razón.
—La he perdido —replicó sin dudar— la dejé caer en ese lago cuando salté detrás de ti y ahora sólo me quedan estas horas robadas.
Me cubrí el rostro con las manos, entre rubor y risa. Él apartó mis dedos con suavidad y besó mis palmas, una y luego la otra, como si fueran reliquias sagradas.
—Rowen... —dije, mi voz enredada entre ternura y deseo— si los sirvientes sospechan que estás hechizado, temo que tengan razón.
Él fingió sorpresa, con gesto teatral.
—¿Hechizado? —apretó mi mano contra su pecho, justo donde el corazón latía con fuerza— sí, lo estoy. Pero no por tu magia, Aurelisse... sino por la mía, que sin querer te entregué.
Lo abracé entre risas llenando las paredes de la habitación como música.
—¿Y si mañana el mundo reclama a su rey? —pregunté, apenas en un susurro contra sus labios.
—Que espere. —su respuesta fue inmediata, arrebatada— que esperen todos los reinos, todos los dioses, todas las guerras. Porque ahora mismo, Aurelisse, mi mundo eres tú.
No pude evitar reír una y otra vez y al mismo tiempo sentir cómo un nudo ardía en mi pecho. Él me atrajo hacia sí, nuestras frentes juntas, nuestras sonrisas mezclándose en un beso que fue al mismo tiempo juego y juramento.
—Prométeme algo —dije entre caricias.
—Lo que quieras.
—Que nunca dejarás de reír conmigo, aunque el reino se derrumbe a nuestro alrededor.
Él me miró con esa intensidad suya, ese caos verdoso que aprendí a amar.
—Lo juro —sus labios rozaron los míos en un beso que se volvió más profundo, más urgente— y si el mundo arde, arderé contigo, riendo.
Sus labios bajaron hasta mi cuello, perdiéndose en la curva que lo unía a mis hombros. El roce ardía, tan suave y tan peligroso, que me hizo inclinar la cabeza para concederle más espacio. Mis dedos se aferraron a su cabello aún húmedo, enredándose como si temieran que se apartara.
—Rowen... —mi voz fue apenas un suspiro que se confundió con su respiración.
Él respondió con un beso más hondo, esta vez sobre mi clavícula, donde mi piel tembló bajo el calor de su boca. Cada caricia parecía deshacer los límites entre nosotros, cada risa contenida se transformaba en un gemido ahogado entre besos y roces.
Sus manos recorrieron mis brazos como quien descubre un territorio sagrado. Yo, perdida entre las sábanas y el aroma de jazmín que aún flotaba en el aire, sentí que todo el palacio podía derrumbarse y nada importaría.
Nuestros labios se encontraron de nuevo, más hambrientos, más ciertos. Había inocencia todavía, sí, pero también la urgencia de un deseo guardado durante demasiado tiempo, que al fin encontraba cauce. Mis risas se confundieron con las suyas, hasta que ya no supe si era amor, pasión o pura necesidad lo que nos envolvía.
Entonces, un golpe seco contra la puerta nos arrancó de ese instante suspendido.
—¡Mi rey! —la voz grave del general resonó al otro lado, ahogada por el peso de la madera.
Rowen se apartó apenas, su frente aún contra la mía, la respiración desordenada.
—Ignóralo —murmuró, con los labios aún rozando los míos, como si la súplica pudiera detener al mundo entero.
Pero otro golpe, más fuerte, retumbó en la estancia.
—¡Mi rey, es urgente!
La risa que me había nacido segundos antes se convirtió en un nudo. Rowen cerró los ojos un instante, frustrado, y dejó un último beso breve, desesperado, en mis labios antes de incorporarse.
—Si no vuelvo pronto... —me dijo con voz ronca, mientras se acomodaba la camisa a medias—prométeme que me esperarás.
Lo observé avanzar hacia la puerta hasta que se perdió por completo tras la madera y el acero, aún con el calor de sus manos en mi piel, aquella interrupción había dejado una promesa encendida imposible de apagar.
La noche descendía sobre el reino como un velo gris. El aire estaba impregnado de humedad, mis zapatillas resonaban sobre el mármol frío, ese frío que había olvidado, un escalofrío de piedra que subía por los tobillos y mordía la piel mientras bajaba las escaleras impaciente con la falda recogida en el hueco de mis dedos.
El eco de mis pasos acompañando la incertidumbre y la preocupación que escalaba mi cuerpo parecían sensaciones ajenas, un recordatorio de un mundo que había olvidado entre risas y caricias. Al llegar al umbral, tirité, abrazándome a mí misma, hasta que el estrépito de los cascos me arrancó de mis pensamientos. Las puertas principales de la explanada se abrieron con violencia, dejando entrar una ráfaga de viento y neblina. Los caballos irrumpieron en el patio, jadeantes, con espuma en sus bocas y barro en sus patas. Entre los soldados, rígidos y serios, reconocí de inmediato la silueta de Rowen. Me apresuré escaleras abajo, levantando la falda de mi vestido, y mi respiración se mezcló con el latido acelerado de mi pecho. Cuando llegó al umbral principal del castillo, yo ya lo esperaba, con las puertas abiertas como un abrazo. Corrí hacia él sin plan, y cuando lo vi dar órdenes, reorganizar guardias, mandar mensajeros, sentí el peso del deber caer sobre mis hombros como una sombra fría que me hizo desacelerar el paso.
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Editado: 14.02.2026