Rowen partió al amanecer. El eco de los cascos sobre el puente de piedra fue lo último que escuché antes de que el silencio del castillo me cayera encima. Dos semanas. Dos semanas completas sin él. El tiempo, en su ausencia, parecía un espejo empañado: podía ver su reflejo, pero no tocarlo.
Pedí a la señora Elsbeth que me permitiera salir del palacio. Necesitaba respirar el aire del reino que, según los informes, empezaba a quebrarse.
—No es prudente, Aurelisse. Es muy peligroso ir con el rey ausente—me dijo, ajustando el corsé que se negaba a cerrar propiamente.
—Entonces iré sin corona —le respondí entre jadeos— solo como Aurelisse.
Nos cubrimos con capas sencillas, sin bordados ni insignias, y partimos en una carreta modesta hacia la ciudad principal. El aire olía a humo, pan recién horneado y a ese frío punzante que muerde los dedos aunque estén enguantados.
Desde lejos, la urbe parecía alegre: música de laúd, risas, el tintinear de los mercados. Pero al acercarnos y bajar de la carreta, vi las grietas bajo el barniz. Los puestos tenían frutas marchitas, el pan se racionaba en rebanadas delgadas y las madres se aferraban a los niños con una mirada que oscilaba entre la esperanza y la resignación.
—Este invierno fue cruel —susurró Elsbeth, mientras avanzábamos entre el gentío— los cultivos del valle murieron antes de florecer.
Asentí en silencio, con un nudo en el pecho. Sentía el peso de ser reina, pero también la impotencia de ser una sola persona ante tanto vacío. Entonces mi mirada captó a tres niños, descalzos, con las rodillas raspadas y las mejillas sucias. Uno de ellos sostenía una cajita de madera para limosnas.
—¿Podrían ayudar al orfanato, señora? —preguntó el mayor, con una voz más vieja que su edad.
Me incliné para mirarlos a la altura de los ojos.
—¿El orfanato? ¿Y esas heridas? —pregunté con suavidad.
—Ayudamos a los más pequeños, pero... algunos están enfermos. No tenemos medicinas ni comida, por eso pedimos para eso.
Le hice una seña discreta a Elsbeth, que comprendió al instante y se alejó con paso veloz para avisar al castillo. Luego tomé las manos del niño, estaban heladas, ásperas.
—Llévenme con ellos. —dije simplemente.
El orfanato era una casa vieja de piedra, con ventanas de vidrios turbios y un jardín cubierto de hierba seca. El aire olía a sopa aguada y madera húmeda, pero en el patio había risas, débiles pero sinceras. Niños de todas las edades jugaban entre hojas y raíces.
Me senté bajo un olmo inclinado, y pronto una docena de rostros curiosos me rodearon.
—¿Quieren escuchar una historia? —pregunté.
—¡Sí! —gritaron todos a la vez, un coro de voces pequeñas y alegres.
Sonreí. No tenía libro, pero sí una canción. Respiré hondo, y el viento pareció callar para escuchar.
—Había una vez —empecé, tarareando las notas suaves que recordaba—
un soldado, un poeta, y un rey sin corona, que alzó su espada, su pluma y su alma, no por gloria... sino por amor.
Las voces de los niños me siguieron en murmullos. Continué, dejando que las palabras fluyeran en una canción conocida de mi infancia.
Mi voz se quebró apenas al final, no por cansancio, sino por la ternura que me sobrepasaba. Los niños aplaudieron entre risas, con palmas pequeñas que sonaban como campanillas.
Y entonces ocurrió algo que ninguno de ellos notó: las heridas en sus rodillas empezaron a cerrarse. Las manchas de fiebre en sus mejillas se disiparon. Los ojos, antes apagados, se iluminaron con una chispa nueva.
Yo lo supe al instante, pero guardé el secreto: solo sonreí, me puse de pie y les revolví el cabello.
—Cuiden de los demás —les dije— un reino fuerte nace en los corazones pequeños.
Los niños rieron y corrieron tras una pelota vieja, su alegría llenó el patio como un canto.
Mientras me alejaba, la voz del más pequeño me alcanzó:
—¡Señorita! ¿Volverás a cantar mañana?
No supe qué responder. Quizás sí, quizás no. Solo levanté una mano y, antes de perderme entre las calles, el viento trajo de vuelta el eco de mi canción. Después de despedirme del orfanato, seguí caminando sin rumbo, todavía sintiendo en mi garganta el calor invisible que había dejado el canto. El bullicio del reino me devolvió poco a poco a la realidad. Las calles se ensanchaban, los puestos se multiplicaban, los olores se mezclaban en un caos dulce y familiar: pan recién horneado, vino especiado, cera, cuero, frutas confitadas.
El mercado principal era un hervidero de voces y colores. Los pregoneros gritaban sus precios, los niños corrían entre las piernas de los adultos, y los músicos callejeros llenaban el aire con melodías vibrantes. Todo era vida, aunque bajo la alegría se respiraba cansancio.
Me detuve frente a un puesto cubierto con un toldo color burdeos. Una anciana vendía fruta confitada, trozos brillantes cubiertos de azúcar que parecían gemas dulces. Después de pagar por el dulce tomé uno entre los dedos, observando cómo el sol lo atravesaba. Supe que era ridículo, pero por un instante deseé poder compartirlo con Rowen.
Llevé el trozo a mis labios, dispuesta a probarlo, cuando algo en la multitud me hizo detenerme y un escalofrío me recorrió la espalda. Entre el ir y venir de la gente, al otro lado del mercado, distinguí una silueta que no podía pertenecerle a nadie más. Una capa gris, un movimiento de manos que conocía desde la infancia y un cabello oscuro como la noche. Altheria.
Mi corazón se detuvo un instante, como si el tiempo mismo contuviera la respiración. Ella alzó la vista, y nuestros ojos se encontraron. Aún a la distancia, reconocí el brillo de su mirada, aunque ahora cargaba sombras que no recordaba. No supe cuánto duró ese instante. Pudo ser un segundo o una eternidad.
Su acompañante —una figura alta, de rostro oculto bajo una capucha oscura— se inclinó para susurrarle algo. Vi cómo Altheria giraba el rostro ligeramente hacia él, escuchaba, y luego, lentamente, volvía a mirarme. Su expresión cambió. El asombro se apoderó de su rostro y después algo más... miedo. Sus ojos bajaron, sin poder evitarlo, hacia mi vientre.
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Editado: 14.02.2026