El mundo giraba sin piedad a mi alrededor. Todo se sentía torcido, fuera de ritmo, como si el suelo respirara bajo mis pies. Rhaziel me condujo de regreso por los pasillos de las Profundidades del Ocaso, esquivando con una precisión casi sobrenatural a los seguidores y, sobre todo, a Seraphine. No hablamos en todo el trayecto. El silencio era un hilo tenso que nos unía y nos separaba a la vez.
Cuando por fin llegamos a mi camerino, cerré la puerta de golpe tras nosotros. El eco del maderazo retumbó en las paredes húmedas, espantando a las luciérnagas que dormían en las grietas del techo. Me quedé apoyada contra la madera, el aire cortándome el pecho. El corset del vestido se apretaba más con cada respiración, como si él también supiera lo que acababa de descubrir.
—Aurelisse... embarazada —las palabras me salieron en un hilo de voz, incrédulas y temblorosas. Pero al decirlo, algo dentro de mí se quebró. Cuanto más lo nombraba, más real se volvía.
Rhaziel permanecío junto a la chimenea apagada. La luz vacilante de las velas lo recortaba contra la pared: la mitad de su rostro oculta en sombra, la otra ardiendo en un resplandor ámbar. Su expresión era grave, demasiado.
—¿Cómo lo supiste? —pregunté, sin atreverme a mirarlo.
No respondió de inmediato. Su silencio fue una confesión más elocuente que cualquier palabra.
—Cuando la vimos —murmuró al fin, con voz baja, casi reverente— sentí algo. No era sólo ella... había otro ritmo, débil pero firme, una melodía dentro de otra. Dos pulsos, princesa. Dos vidas. —Hizo una pausa breve— no era mi intención causarle tal conmoción.
El aire se me escapó de los labios en un suspiro herido. Me dejé caer sobre el diván, y el crujido de la tela sonó como hojas secas bajo mis rodillas.
—Voy a ser tía —murmuré— ¿Cómo es posible? —el pensamiento me arañó por dentro, la incredulidad abriéndose paso como un frío antiguo— ella... mi hermana... una vida en su vientre, mientras yo me pudro aquí abajo, atrapada entre sombras.
Rhaziel dio un paso adelante. El suelo de piedra vibró bajo su bota.
—No creo que sea apropiado que le explique cómo su querida hermana llegó a ese estado—una sonrisa mínima, casi imperceptible, cruzó sus labios, pero su voz era insólitamente suave—aunque cueste creerlo, princesa, esto lo cambia todo. Un pulso nuevo no es condena. Es el primer respiro de algo distinto.
—No digas eso —mi tono fue cortante, pero la súplica se filtró entre las grietas de mi voz— no entiendes... no cambia nada y lo cambia todo. Si Seraphine llega a sospechar, si imagina que Aurelisse lleva algo dentro, lo usará. La buscará y tengo un mal presentimiento sobre sus verdaderas intenciones.
Él me observó sin decir palabra. Por un instante, los rasgos duros de su rostro se suavizaron, como si la compasión fuera una debilidad que intentaba disimular.
—Entonces nadie sabrá lo que vi —dijo con solemnidad— ni Seraphine, ni la Corte. Lo que pasó hoy, lo entierro aquí —se llevó una mano al pecho, justo sobre el corazón, como si sellara un pacto.
Su promesa me estremeció.
—Nadie puede enterarse —repetí, y mi voz sonó más firme de lo que pretendía.
—Como desees, princesa —su sonrisa apenas fue un movimiento en la penumbra, una línea ladeada y contenida. Pero en sus ojos, brilló algo parecido a lealtad.
Me giré hacia el espejo. La vela titiló y por un momento creí ver dos reflejos detrás de mí: el mío y el de otra mujer, pálida, con ojos llenos de miedo. Cerré los ojos para alejar la visión y respiré hondo. El silencio nos envolvió. A lo lejos, las risas de la Corte del Eclipse parecían burbujas de locura flotando en el aire pesado. Apoyé una mano sobre mi vientre, sin saber si buscaba consuelo o respuesta y supe, con un escalofrío, que lo que había empezado en ese mercado no era solo un encuentro entre hermanas, sino el inicio de algo que podía cambiar el destino del reino, de nuestro destino.
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Editado: 14.02.2026