Los meses pasaron como estaciones confundidas. Los días se arrastraban entre cartas selladas con cera y noches en las que el silencio del castillo parecía tener el peso del plomo. Afuera, el invierno cedía por completo, dejando tras de sí un cielo colorido y campos cubiertos por la promesa frágil de los primeros brotes.
La impaciencia se extendió hasta los cimientos del reino. Era como si todos contuvieran el aliento esperando un mismo milagro Y entonces, una madrugada, el llanto de un recién nacido estremeció la tierra. Fue un sonido limpio, claro, tan vivo que incluso los relojes de arena parecieron detener su caída por un instante. En las aldeas, los campesinos alzaron la vista, confundidos. En el castillo, las doncellas se alegraban sin comprender por qué sentían las lágrimas arderles en los ojos. El rumor viajó con la velocidad de un viento antiguo, y cuando llegó hasta la fortaleza militar, Rowen lo escuchó antes de que el mensajero pronunciara palabra.
No necesitó más, entregó los mapas al general de confianza que había sido su sombra durante meses.
—Continúa tú —ordenó, con una calma engañosa— el reino puede esperar, mi familia no.
La tinta fresca aún manchaba sus dedos de las últimas órdenes cuando montó su caballo. En su pecho, el corazón marcaba un compás distinto, uno que ya no pertenecía al campo de batalla, sino al hogar.
Las semanas anteriores habían sido un torbellino de emociones, de cartas escritas a la luz de las velas, con tinta borroneada por lágrimas y risas. Había escrito a Rowen cartas de amor y de enojo, de ternura y de furia, cartas en las que lo amaba, lo culpaba, lo perdonaba y lo necesitaba todo en una misma línea. Cartas que nunca supe si él recibiría a tiempo.
El dolor era un océano, y yo me hundía en él. El aire tenía el sabor metálico de la sangre y el incienso de las lámparas se mezclaba con el sudor agrio de los curanderos. La habitación entera respiraba conmigo, jadeante, expectante. Escuchaba sus voces entrecortadas, pero no las entendía; eran ecos lejanos, como si vinieran desde el fondo de un pozo. Quise incorporarme, pero mis brazos no respondieron. Vi la silueta de mi hija envuelta en un paño blanco, temblando apenas, diminuta como un soplo de vida. Cuando al fin el olor a sangre se disipó, intercambiado por aceites a lavanda y romero, pude relajarme sintiendo cómo el dolor se desvanecía y la multitud que me acompañaba se retiraba para dejarnos descansar a ambas.
Después del parto, en los aposentos reales, sostenía entre mis brazos la vida más pequeña y poderosa que había sentido jamás. La pequeña dormía, envuelta en un paño blanco que olía a flores secas y leche tibia. Su piel tenía la palidez del amanecer y, por un instante, creí ver en su diminuta expresión el eco de Rowen. Cuando el llanto de la niña se convirtió en respiración tranquila acompañada al ritmo de la mía tomé la pluma una vez más. Mis dedos temblaban, pero logré mantener un pulso firme.
"Nuestra hija ha nacido y tiene tus ojos."
Dejé secar la tinta y sellé la carta con el emblema real. Luego la sostuve un instante entre las manos, cerrando los ojos, y pensé que si el destino tuviera un rostro, en ese momento estaría sonriendo.
No recuerdo cuándo se abrieron las puertas, sólo recuerdo la ráfaga de aire frío que anunció su llegada. Rowen irrumpió en la habitación con la desesperación hecha carne. Llevaba el uniforme manchado de tierra, la mirada de un hombre que había cruzado demasiado rápido del campo.
—Aurelisse... —su voz se quebró al pronunciar mi nombre.
Intenté sonreír, pero el gesto se perdió en el temblor de mis labios. Se arrodilló a mi lado, tomándome la mano y su calor me devolvió la forma.
—Llegaste... —susurré.
—No volveré a irme —dijo, y me lo creí, aunque los dos sabíamos que los reyes nunca cumplen promesas tan humanas.
Rápidamente los curanderos entraron a la habitación sin dejar espacio para que la pareja disfrutará de los primeros momentos como padres, empezaron a murmurar entre sí. Pude oír fragmentos de sus advertencias: "la reina no sobrevivirá la noche... la criatura tampoco... los latidos son débiles..."
Rowen los miró con los ojos de quien no acepta destino alguno y entonces comprendí. Vi el cambio en su expresión, esa decisión imposible que sólo los que aman de verdad pueden tomar. Su mandíbula se tensó y con semblante serio pidió que todos salieran. El sonido de las puertas cerrándose fue como el sello de una plegaria prohibida. Se tomó un tiempo para observar a su hija, el rostro se le iluminó y por un momento la preocupación se desvaneció.
Rowen nos contempló durante un largo instante, mis ojos pesaban a pesar de la lucha constante por mantenerlos abiertos y no perderme este momento. La piel de nuestra hija parecía hecha de porcelana bajo la luz de las velas, frágil y perfecta como si el menor aliento pudiera romperla. La pequeña dormía, envuelta con ropajes limpios, tan diminuta que su respiración apenas levantaba la tela.
El rey se inclinó y depositó un beso en mi frente y seguido otro sobre la de su hija. Eran besos distintos, pero igualmente desesperados: uno de amor, otro de promesa. Después, se incorporó con lentitud, como si cada movimiento cargara con el peso del universo.
—Aurelisse...—habló en susurros, y en su voz había más amor que miedo— perdóname por lo que estoy a punto de hacer.
Salió de la habitación sin mirar atrás. Su paso resonaba en los pasillos vacíos del castillo, y su furia —silenciosa y contenida— vibraba en cada eco. No contra los dioses, no contra los hombres... sino contra sí mismo. Contra su impotencia. Él, apenas un joven hijo de agricultores que logró hacerse un camino en el mundo y que hoy era rey, ahora era un hombre reducido al miedo de perder a las únicas dos vidas que daban sentido a la suya.
Al cruzar los jardines olvidados del castillo, la noche lo envolvió con un manto gélido. Las antorchas chisporroteaban bajo el viento, y el aroma a tierra húmeda se mezclaba con el perfume tenue de los rosales. Recordó el camino por donde siguió a Aurelisse en su noche de bodas, el camino que sin saberlo esa vez, lo llevó esa noche a su objetivo.
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Editado: 14.02.2026