Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 21

El bosque respiraba y no era un decir. Los troncos exhalaban un vapor tibio que olía a savia y a tierra negra. Entre las ramas, el viento llevaba una nota metálica, como si por el aire flotara un hilo de hierro. Caminábamos sin hablar, con el rostro levantado hacia la luna: enorme, roja, como un ojo abierto que no parpadeaba. A cada paso, las raíces—retorcidas y brillantes de humedad—hilaban un laberinto bajo nuestras botas, y mis dedos, sujetos al borde de la capa, temblaban lo justo, lo suficiente para saber que estaba despierta; lo suficiente para admitir que tenía miedo.

El claro nos esperaba como un anfiteatro de sombras. Habían colgado de los árboles espejos antiguos, de plata opacada, que devolvían la luz de la luna en fragmentos; era como si decenas de lunas, rotas, nos rodearan. A los pies, cuencos de barro humeaban con aceites amargos; el humo se elevaba en filamentos, y el aroma a resina me quemó la garganta como un secreto que no quería ser pronunciado.

La Corte del Eclipse había llegado antes que nosotros. Algunos se habían pintado los pómulos con líneas oblicuas de carbón. Darek y Milo, con esa sonrisa fácil y desobediente que siempre los separaba medio paso del resto, hicieron una reverencia exagerada cuando me vieron; Selene, en cambio, inclinó apenas la cabeza.

Seraphine apareció descalza, con un vestido negro que caía como agua oscura, tejido en la cintura por cadenas finas que tintinearon como risas discretas. En la penumbra, su piel olivo parecía dorarse con una luz que no nos pertenecía. Sonrió con su boca de pecado amable y el claro, que un segundo antes respiraba con nosotros, empezó a hacerlo a su ritmo.

—Hermanos —dijo, y el silencio fue inmediato— la luna ha sangrado para recordarnos que no existe decreto capaz de detener lo vivo.

Se escucharon risas: pequeñas, contentas de sí mismas. Darek silbó algo inadecuado. Selene le pellizcó el brazo y él fingió dolor. Seraphine tendió una mano y el claro, obediente, guardó silencio una vez más.

—Esta noche —continuó— cruzaremos el Velo de Pureza como quien atraviesa un paño mojado. Aprendieron a tensarlo con miedo; nosotros lo rasgaremos con verdad. El rey cree que el miedo preserva la vida, pero en realidad, solo la encierra para que se pudra.

Sus dedos hicieron un gesto y Milo trajo un cáliz de hierro al instante. El humo de los cuencos se inclinó hacia ella, como si aspirara su promesa. Seraphine levantó el cáliz para que la luna lo lamiera. Un hilo rojo, casi imperceptible, cruzó su muñeca. Nadie vio la cuchilla, solo el pequeño brillo, y una gota—tan pequeña como lágrima—cayó sobre el metal, en ese momento la bebida negra del interior comenzó a humear con fuerza.

—Tendrán que olvidar lo que les enseñaron sobre lo sagrado —dijo— lo sagrado no está en los altares: está en la sangre cuando obedece a la justicia.

Aplaudieron todos menos yo. La palabra justicia llevaba, desde hacía más de un año, una piedra dentro de mi boca. Pasé la lengua por mis dientes y la sentí, áspera. ¿Justicia? Para quién, contra quién y cuánto costaba.

—El plan —pidió alguien.

Seraphine se acercó al círculo de espejos. En la superficie opaca de uno trazó con la uña un mapa breve: el bosque, un muro, el jardín de rosas blancas. Mi estómago se contrajo al escuchar el nombre sin ser dicho. Los Jardines Olvidados. Si uno escucha con atención, hay lugares que todavía tienen voz.

—Las guarniciones estarán distraídas —explicó— los sacerdotes del Velo han convocado vigilia en el templo del sur, el miedo necesita sermones, nosotros, no —sonrió— entraremos por el paso de la colmena, bordearemos el muro hasta el arco enterrado y pediremos permiso como se le pide a los viejos dioses: con sangre.

Hubo risas, más de las que debía haber. Yo fingí que me reía también. Mis manos, sin embargo, no fingieron nada. Apreté la capa hasta que los nudillos se me volvieron blancos.

La voz de Seraphine volvió a cortarlo todo en dos.

—No nos verán, ni escucharán y mucho menos sabrán. Su tela se les pegará a los ojos y oídos, pero nosotros, no necesitamos ver por los ojos ni escuchar por las orejas; el corazón sabe el camino y la Lágrima, cuando escuche nuestra sangre, nos abrirá.

La Lágrima.

Se me cerró la garganta como si la palabra fuera un puño, el aire me supo a metal, pensé en mi hermana. Pensé—involuntariamente—en la niña. Mi sobrina. La idea se sujetó de mí como una hiedra, subiendo por los huesos con dedos dulces y tercos. Una criatura minúscula, respirando por primera vez ajena a los nombres y a la crueldad del mundo.

La reunión se disolvió con órdenes y pequeñas reverencias. Seraphine se tomó su tiempo para mirarme; ese mirar suyo, afilado y devoto de su propio filo. No me habló, en cambio, sonrió en su lugar.

Me alejé fuera del claro para respirar.

—Si sigue olvidando cómo respirar, va a marearse, princesa.

El tono, seco, contenía una ironía pulida. No tuve que darme la vuelta para saber que era Rhaziel. El bosque le hacía un hueco a su sombra, como si estuviera acostumbrado a cargarla.

—No me mareo —respondí, sin mirarlo todavía— solo necesitaba un momento.

Lo escuché acercarse. Su andar no tenía prisa, pero había en sus pasos un pulso al que el cuerpo quiere obedecer. A veces, cuando caminaba junto a mí, todo a mi alrededor se volvía más lento, como si el mundo lo escuchara contar.

—Ya veo —dijo deteniéndose a la altura de mi hombro— por un momento pareció que este espectáculo la hizo temblar.

Me volví hacía él, la luna lo bañaba de una luz roja difícil de creer. Sus ojos, sin embargo, seguían siendo pozos hondos sin brillo. Esa noche había prescindido de la armadura de cuero de siempre. Llevaba una camisa negra, mangas arremangadas, y las manos, vendadas en los nudillos.

—¿Cuántos juramentos piensa recitar antes de que amanezca, princesa? —preguntó, como quien pregunta si ya cenaste.




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