El mundo olía a piedra húmeda y luna. El aire se había vuelto tan denso que cada respiración sabía a hierro. El bosque, aún bajo el resplandor de la luna roja, parecía contener el aliento. Las hojas no se movían; incluso los insectos habían dejado de cantar. Avanzábamos en fila silenciosa, envueltos en capas negras que se confundían con la bruma. Los pasos eran casi inaudibles, pero el suelo reconocía nuestro peso: crujía y suspiraba.
Yo iba al frente, con Rhaziel medio paso detrás. Podía sentir su mirada sobre mi nuca, ese mirar sin sonido que conoce las grietas de la piel antes que las del alma. Más atrás, Seraphine avanzaba con una calma inquietante, como si el bosque mismo se abriera para dejarla pasar. Nadie hablaba, no hacía falta. Todos sabíamos hacia dónde íbamos.
El castillo dormía al horizonte, una sombra inmensa, velada por la niebla. Las torres parecían hechas de hueso, y en los ventanales se reflejaban fragmentos de la luna, como si alguien hubiera incrustado brasas en el vidrio.
A cada paso, la neblina se hacía más espesa. Recordé los jardines, la voz de mi madre, dulce y severa: "Nunca cruces sola los muros donde florecen las rosas blancas. Son las guardianas del tiempo." Y sin embargo, allí estábamos, a punto de hacerlo. La luna temblaba sobre nuestras cabezas. La bruma, teñida de rojo, parecía respirar. Rhaziel rompió el silencio.
—¿Recuerda el camino princesa? —susurró, sin apartar la vista del castillo.
—Lo recuerdo —mi voz era más firme de lo que sentía.
Había caminado ese sendero muchos años atrás sin saber dónde terminaba, cuando el mundo olía a tartas de ciruela y no a ceniza. Pero entonces, los muros no respiraban. Ahora, cada piedra parecía viva, latiendo con un pulso lento, casi humano.
El aire se volvió más frío. Las ramas se arqueaban, formando un túnel natural. A lo lejos, se oía el murmullo del agua y la brisa salada. Seraphine levantó una mano, y todos se detuvieron.
—Ya está cerca —murmuró— ¿La sientes?
Asentí con la cabeza. Aun sin verla, su energía recorría el aire como un latido que atravesaba la tierra. Era un pulso suave, pero constante, casi maternal. Y dentro de mí, algo —mi sangre, tal vez mi culpa— respondía al compás.
—El muro está adelante —anunció Seraphine.
El sendero se estrechó hasta convertirse en una vereda de piedra cubierta de musgo. El olor cambió: ya no era el aroma dulce del bosque, sino uno más agrio, como incienso viejo mezclado con óxido y entonces lo vimos. El muro: un rosal blanco que cubría toda la muralla oriente del castillo. Miles de flores abrían sus pétalos inmóviles, tan perfectos que parecían esculpidos en cera. Entre las raíces, una niebla más densa reptaba, girando lentamente, como si respirara.
Me detuve frente a él. La vista me nubló un instante. No por miedo, sino por una sensación más profunda, más antigua. Las rosas parecían observarnos. Sentí en el pecho el mismo peso que una vez sentí cuando Aurelisse y yo aún éramos niñas y, ocultas entre los arbustos, jurábamos que algún día sabríamos qué había más allá de esos muros.
Seraphine avanzó hasta quedar a mi lado. Sus ojos brillaban con la misma intensidad que las flores.
—La sangre llama a la sangre —dijo con una calma que me erizó la piel— este muro fue fabricado por tu linaje. Solo tu voz puede pedirle que se abra.
Sacó de su cinturón una pequeña daga de hoja curva. El metal, oscuro y opaco, tenía inscripciones diminutas que parecían moverse cuando la luz de la luna las tocaba.
—Dame tu mano, princesa.
No fue una petición. La tendí sin más. La hoja rozó mi palma y un hilo de dolor, breve y preciso, me envolvió. La sangre brotó como un suspiro, Seraphine la recogió con la punta de los dedos y la dejó caer sobre una de las rosas. El pétalo la absorbió al instante, tiñéndose de un rojo pálido. Luego otro, y otro. En cuestión de segundos, todo el rosal respiraba.
Los tallos se contrajeron, crujieron, y con un sonido profundo —como el de un corazón abriéndose— resonó bajo tierra. El muro comenzó a separarse, girando sobre sí mismo como un velo arrancado por el viento. Los pétalos se desprendían al aire, flotando a nuestro alrededor como una nevada silenciosa.
—Toda pureza necesita una grieta —susurró Seraphine, admirando la escena— ningún jardín florece sin sangre.
Rhaziel me observaba, tenso, con la mano sobre el puñal que siempre llevaba oculto en la manga.
—La sangre es un idioma que nunca quise hablar —dije, casi para mí— y sin embargo, lo pronuncio con fluidez.
Seraphine sonrió.
—Y el muro te escucha. Entra, Altheria, tu herencia te abre el paso.
Traspasamos el umbral. Del otro lado, el aire cambió. La temperatura descendió varios grados. La luz roja de la luna se volvía más pálida, filtrada por un dosel de ramas que parecían moverse apenas, como si respiraran. El suelo estaba cubierto de hojas que crujían bajo los pies, y en el centro del jardín, una fuente de piedra se alzaba como un altar.
Y allí estaba. La Lágrima del Alba, la mitad de la gema. Fruncí él ceño al instante, confundida por la falta de su otra mitad, aunque la confusión duró poco, la luz que emanaba era hipnotizante ahí suspendida sobre un pedestal, flotando a unos centímetros del agua inmóvil. Su luz era distinta de lo que imaginé: no brillaba como una joya, sino que pulsaba. No era luz, era respiración. Un corazón líquido, vivo, latiendo entre el aire.
El silencio era absoluto. Nadie se atrevía a moverse. Incluso Seraphine pareció contener el aliento. Di un paso al frente y lo sentí, la gema pareció reconocerme.
No fue una voz, ni un sonido, sino una sensación. Como si algo en mi sangre se despertara, recordando un idioma que no usaba desde hacía siglos. Mi pecho ardió. Vi luces detrás de los párpados cerrados. Sentí que podía oír el latido del mundo.
Rhaziel se acercó, sin hacer ruido.
—No la toques —susurró.
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Editado: 14.02.2026