Corrí hasta la explanada del castillo con el aire cortándome los pulmones. La mitad de la Lágrima latía contra mi pecho, caliente, caprichosa, como un animal que quisiera escapar de mi jaula de hueso. Mis botas resonaban sobre el mármol húmedo, la niebla venía del jardín como una boca abierta.
—¡Altheria! —la voz de Seraphine me alcanzó antes que su sombra.
Giré y ella ya estaba ahí. Decidida, como si el mundo tuviera la obligación de apartarse. Me sujetó del antebrazo con una fuerza que no era humana.
—Suéltame —dije, intentando apartarla.
—Eras mi llave —respondió— y fuiste mi torpeza. Dame la gema.
—No es tuya.
—No es de nadie —me miró a los ojos— vine a romper el mundo que te rompió a ti. ¿No es eso lo que siempre quisiste?
—No así.
Traté de retroceder, pero el pulso de la Lágrima me atravesó con un latigazo. Sentí un calor feroz bajar del esternón al vientre, y un hilo de luz empujar mi piel desde dentro. Caí de rodillas. La gema golpeó mi pecho por dentro como un puño.
Rhaziel llegó por el flanco, respirando hondo con la camisa desgarrada y la mejilla abierta.
—Aléjate de ella —ordenó a Seraphine.
—Llegas tarde, metrónomo —replicó sin mirarlo.
—Llego justo a tiempo —dijo él, y se colocó entre nosotras— está ardiendo.
—Debe arder —contestó Seraphine— eso es la vida.
—Eso es condena —escupió él.
La Lágrima empujó otra vez. Fue distinto: ya no era un golpe contra mí, era un anclaje. Noté la piel abrirse apenas bajo el hueso, un dolor íntimo, limpio, como una aguja tibia. Mis dedos buscaron el borde del corsé y se detuvieron cuando sentí el latido: no sobre mi mano, adentro. La mitad de la Lágrima estaba buscando sitio en mi cuerpo.
—No —murmuré— no.
—Sí —dijo Seraphine suave— es perfecta para ti. Sabe quién la llamó.
—Yo no la llamé.
—Tu sangre sí.
El viento trajo las campanas del patio interior: dos golpes sordos. En la escalinata principal se abrieron las puertas. Aurelisse apareció primero, de blanco con el cabello recogido y la espalda recta; detrás, Rowen con el acero en la mirada y apenas unos guardias.
—Altheria —la voz de mi hermana me encontró— ¿Qué está pasando?
Tragué saliva. Cada palabra me lastimaba la garganta, como si hablara con la boca llena de luz.
—Lo intenté —dije— pensé que podía... —busqué la frase que me salvara, pero no la encontré— quise traerlo de vuelta. A Elric.
El nombre cayó entre las dos como una piedra en agua quieta. Aurelisse bajó dos escalones. Sus ojos eran un espejo honesto.
—¿Estás herida? —exclamó Aurelisse alarmada a punto de acercarse pero los brazos de Rowen la detuvieron.
—Pensé que podía traerlo de vuelta —admití.
Rowen interrumpió con un rugido contenido.
—Retrocedan —mandó— nadie se acerca a la reina.
Seraphine sonrió, con una dulzura destrozada.
—¿Reina? —ladeó la cabeza— ¿La misma que dejó morir niños mientras celebraba su boda?
Los guardias tensaron las lanzas. Aurelisse no bajó la mirada.
—Hablas desde la pérdida... ¿Cierto? un niño, tal vez un hijo—dijo con voz serena—¿Cuál era su nombre?
—No vuelvas sagrado lo que nadie honró —contestó Seraphine con histeria, y su voz se quebró un segundo— se llamaba Mael, tenía tres inviernos.
Aurelisse cerró los ojos medio instante. Rowen apretó la mandíbula, como si mordiera un rayo.
—Lo siento —dijo Aurelisse, simple, sin adorno— llegamos tarde a tu dolor.
—No llegaste, nadie lo hizo —corrigió Seraphine— pero ahora, yo llego al tuyo.
Me aferré con las dos manos a mi pecho. El calor subía y bajaba como marea. Sentí el borde de la Lágrima encajar bajo el esternón. Un hilo de resplandor salió por mi piel como una vena de oro. Rhaziel se giró hacia mí; sus pupilas se ensancharon.
—Está entrando —susurró— si la absorbes, ella no podrá cerrar el ritual.
—No estoy absorbiendo nada —dije, rabiosa— me está devorando a mí.
—Resiste —pidió. Me rozó el hombro con dos dedos. El contacto fue un ancla— mírame.
Hice caso. Su voz bajó, precisa, como un metrónomo junto a mi oído.
—Inhala a tres... exhala a cuatro... acompasa el dolor. No bailes su música, haz que baile la tuya.
Obedecí. Inhalé. Exhalé. El dolor se ordenó en escalones. La luz golpeó, pero ya no a ciegas: al tiempo.
Seraphine frenó un paso, irritada por un obstáculo que no esperaba.
—Suelta lo que no puedes sostener, Altheria —dijo— si me entregas la mitad que llevas dentro, terminaré rápido. No sentirás nada.
—Nunca — respondí.
—Niña estúpida —escupió. Alzó la vista hacia Aurelisse y Rowen sonriendo con malicia— ¿Dónde está la heredera, altezas? ¿Dónde guardan a la niña que maman con oro mientras el pueblo bebe ceniza?
Aurelisse sostuvo su mirada.
—Donde tus manos no la alcancen —dijo— y no la alcanzarán.
—La encontraré —prometió Seraphine, casi con ternura— los hijos son la única verdad.
Rowen dio un paso. Con la mano sobre el mango de su espada sin desenvainar.
—Basta de palabras —sentenció— habla claro, mujer ¿Qué quieres?
Seraphine lo miró como se mira un muro antes de empujarlo.
—Quiero que deje de existir lo que los sostiene. Ustedes, su ley, su memoria. Quiero que el mundo que permitió que Mael muriera de hambre deje de respirar.
—Eso es matar a todos —dijo Aurelisse.
—Eso es dejar de matar de a pocos —devolvió Seraphine— tu compasión llega después. La mía llega con sangre.
—¿Y me usaste para eso? —le pregunté, sintiendo cómo el resplandor me punzaba las costillas— ¿Me prometiste a Elric para que te abriera la puerta a ese retorcido plan?
—Te prometí lo que necesitabas oír —admitió— y te di algo mejor: un enemigo visible.
—Me diste una mentira —dije.
—Te di un espejo.
El aire cambió. Una corriente fría nos cruzó como un animal grande. Las antorchas de la explanada se curvaron hacia Seraphine, obedientes. Ella extendió la mano. Sus brazaletes de cadena tintinearon como campanas descompuestas.
#2457 en Fantasía
#263 en Paranormal
#109 en Mística
poderes, drama amor romance infidelidad venganza, traicion amor
Editado: 14.02.2026