Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 24

La voz de Seraphine todavía flotaba en el aire cuando la noche respiró hondo, como si el cielo entero hubiese retenido un suspiro demasiado tiempo.

—Mael, mamá está aquí... —repitió.

Y algo respondió, no fue un sonido, tampoco una presencia, fue un tirón leve, casi infantil en la magia, como si un dedo diminuto acariciara desde el otro lado del aire. Seraphine se quedó quieta, la brutalidad suspendida en ella como una espada en equilibrio.

La explanada (que momentos antes era mármol frío) se volvió un campo vivo, hinchado por el eco del ritual donde las grietas respiraban luz y donde el viento dejó de ser viento para convertirse en un murmullo de huesos frotándose.

Yo sentí el tirón también. Sentí un pequeño latido que no era mío. Una vibración suave, como una pluma rozando el borde de un abismo.

—¡¿Lo sientes?! —exclamó Seraphine.

No tuve tiempo de responder y la magia estalló. Desde las líneas que Seraphine había marcado en el jardín —ahora extendidas como venas sobre la piedra de la explanada— surgió una columna de luz roja. Subió como un grito, atravesó la niebla, cortó la noche. La luna respondió temblando, contagiada por esa hemorragia.

—¡Atrás! —ordenó Rowen, empujando a Aurelisse y planteándose frente a nosotras como un lobo.

La sangre del ritual corría por las líneas marcadas, alimentando la columna. El olor a hierro se mezcló con flores nocturnas trituradas. Las antorchas oscilaban, obedeciendo a Seraphine como si fueran parte de su respiración.

Rhaziel dio un paso adelante con convicción y preocupación. La Lágrima latía dentro de mi pecho, cada vez más profundo, más voraz.

—¡Seraphine, basta! —gritó él.

Ella no lo oyó, o sí lo oyó, ya no le importaba. Sus ojos brillaban como si el fuego la iluminara desde dentro.

—Mael —repitió más fuerte— ven.

El aire se dobló. Primero pensé que era una ilusión del calor en mis costillas, luego entendí que no era el aire, era el mundo. Se encorvaba hacia un punto invisible, como si alguien pequeño estuviera intentando abrir una puerta entre dos planos y entonces lo vi. Una figura menuda, apenas recortada por la luz. No tenía rostro, no tenía contorno firme, sólo la impresión de un niño compuesto de humo rojo. Sus manitas levantadas hacia Seraphine. Como si pidiera que lo cargaran.

Ella lloró sin ruido. Por primera vez, lloró lágrimas cristalinas.

—Mael... —susurró con una voz que me rompió una grieta que no sabía que tenía.

Rowen apretó los dientes.

—Es una ilusión —dijo con tono áspero— no lo escuches.

—No —contestó Rhaziel con un hilo grave— no es sólo ilusión. Es el eco de la magia impura.

Aurelisse se llevó una mano al pecho poniéndose completamente de pie detrás de Rowen asustada.

—Rowen... ¿puede...?

—No —respondió él firme— no puede volver, nadie puede volver.

Pero Seraphine ya no escuchaba razones humanas. Dio un paso hacia la figura, la luz la obedeció, estirándose como una lengua y ese movimiento fue el error.

Rowen lo vio.

—¡Ahora! —rugió.

La espada se elevó como un rayo en un arco perfecto hacia el corazón de Seraphine. Ella giró con velocidad sobrenatural. El acero pasó a milímetros de su mejilla. Los brazaletes tintinearon como risas rotas.

—Intentas matarme, rey profano —dijo con un filo de tristeza— qué fácil sería dejar que lo hicieras.

Rowen retrocedió un paso para preparar otro ataque y Seraphine levantó una mano. Sólo una y con gesto casi perezoso el aire entre ella y Rowen se quebró. Una línea brillante se disparó hacia él... y cambió de dirección a mitad del trayecto.

Aurelisse gritó.

—¡Rowen!

Pero no iba dirigido a él, iba a ella, al pecho de mi hermana. El hechizo viajaba con una velocidad imposible. Un latigazo de magia sangrienta que vibraba como si cantara. Aurelisse no tuvo tiempo ni de levantar la mano.

—¡NO! —grité, y no sé si gritó mi garganta o la Lágrima dentro de mí.

Mi magia se desató sola, no la invoqué, ni siquiera la guié. La ilusión se formó como un reflejo naciendo de un espejo roto: Aurelisse... y no Aurelisse. Un doble invertido, hecho de luz y fracturas, como un negativo del mundo. Se interpuso entre ella y la muerte en una fracción de aliento. El hechizo chocó contra mi ilusión y rebotó. Como una piedra lanzada contra el mármol pulido.

La línea de magia giró en un arco imposible... y atravesó el pecho de Seraphine.

Ella abrió los ojos en sorpresa y lentamente se llevó una mano al pecho sangriento. La sangre (o la magia) salió como un hilo oscuro y entonces el hechizo siguió de largo su camino descontrolado y en un pestañeo golpeó a Aurelisse de costado.

Ella no gritó, sólo se dobló, como si el aire hubiese desaparecido bajo sus pies.

—¡AURELISSE! —Rowen llegó a ella al instante.

Yo quedé petrificada.

—No... —murmuré— no, no.

Había desviado la muerte y aún así... la había tocado. Seraphine cayó de rodillas. El niño de humo se alejó de ella como si tuviera miedo.

—Mael... —susurró, con una voz hecha pedazos— Mael, espera...

La figura se disipó, como un puñado de ceniza soplada por un viento triste. Seraphine lanzó un grito que no parecía humano. La luna roja tembló. Se inclinó como si fuera a caer sobre la explanada. Las columnas vibraron. El piso empezó a abrirse en pequeñas fisuras largas, asimétricas, cada una brillando por debajo con luz rojiza, como si la tierra tuviera venas expuestas.

Rhaziel me sujetó de los hombros.

—¡Altheria! ¡Respira!

No podía. La Lágrima latía demasiado fuerte. Se hinchaba dentro de mí, buscando espacio, territorio, raíz. Mis costillas temblaban. El calor se extendía hacia la garganta, hacia la base de la columna, hacia los brazos.

—Me está partiendo —jadeé— Rhaziel... me está...

—Mírame —ordenó él, con el tono exacto que usó en el capítulo anterior— mírame.

Lo miré y el mundo dejó de temblar por un segundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.