El mundo empezó a caerse antes de que yo entendiera que lo había roto. El mármol seguía temblando bajo mis rodillas, pero mi cuerpo ya no sabía si el temblor venía de la tierra o de mí. El aire olía a piedra quemada, a hierro, a lluvia que no caía. La luna roja colgaba sobre la balaustrada como un ojo enfermo que se negaba a cerrarse.
Aurelisse respiraba mal. Ese fue el primer hilo nítido en medio del caos. Su respiración, entrecortada, desigual, como si cada bocanada tuviera que convencer al mundo de que aún valía la pena entrar en sus pulmones.
—Althe... —susurró, la voz hecha hilachas.
Rowen la sostenía con ambas manos, como si su cuerpo entero fuera un vendaje inútil.
—No mires la herida —murmuró él, temblando— no la mires, Aurelisse, mírame a mí. Mírame.
Pero yo sí la vi. No quise, pero la vi. El costado de Aurelisse estaba abierto, bajo la piel, algo brillaba de forma antinatural, como brasas enterradas. Era una luz roja, la misma del ritual, anclada en sus órganos, bebiendo de ellos.
—No... —mi voz salió quebrada— no, no, no...
Aparte con torpeza la tela empapada. El olor era dulce y metálico, como fruta podrida sobre hierro. Aurelisse intentó incorporarse, pero el movimiento le robó el aire, y su rostro se contrajo en un gesto que nunca le había visto: puro, desnudo dolor.
—Hermana... —dijo, buscándome con la mano.
La tomé. La mano de Aurelisse siempre había estado tibia. Incluso en invierno. De niñas, siempre compartía ese calor. Ahora también estaba caliente, pero de manera equivocada: era un calor febril, urgente, desesperado. Un calor que sabía a final.
—Estoy aquí —le dije— estoy aquí. No te vayas. No te atrevas.
Quise usar mi magia. Quise invocar ilusiones que la convencieran de quedarse. Quise rehacer su cuerpo en la mentira perfecta de la salud. Pero la Lágrima me sujetaba por dentro como una mano. Cada intento de llamar a mi don chocaba contra ese brillo encerrado en mis huesos.
Rhaziel se acercó. Se arrodilló a mi lado, evaluando la herida con ojos entrenados y derrotados a la vez.
—¿Puedes...? —pregunté, sin aire— Rhaziel, dime que puedes...
Él negó una vez. Despacio. Como si la negación también le doliera.
—Se está alimentando... — dijo en voz baja mirando de reojo a Seraphine quien yacía tirada más lejos, sangrando, todavía viva— de lo que queda del ritual.
La risa ahogada de Seraphine llegó hasta nosotros.
—Es lo justo —murmuró, con la boca llena de sangre— que su casa se desangre por donde sangró la mía.
—¡Cállate! —rugió Rowen sin mirarla.
Intentó contener el temblor de su brazo para no empeorar la respiración de Aurelisse. Sus dedos presionaban la tela contra la herida, como si pudiera tapar una grieta en una presa con las manos.
—Rowen... —ella murmuró, y su mirada se suavizó, a pesar de todo— ya.
—No digas "ya" —la cortó— no se ha acabado. No se acaba mientras yo respire, ¿me oyes?
La voz se le quebró en la última palabra.
Yo apreté la mano de Aurelisse. Sentía cómo algo en su pulso intentaba seguir un ritmo que se deshacía. Como si la música de su cuerpo se estuviera olvidando de la siguiente nota.
—Aurelisse —susurré— fue un reflejo. Yo... yo lo desvíe. No quería...
Me miró y sus ojos, incluso empañados de dolor, seguían siendo de un caoba limpio. No había acusación en ellos. Solo una tristeza honda, enorme, como un lago al que le están robando el agua por debajo.
—Lo sé —dijo— te he visto... toda la vida —hizo una pausa de aire— sé que intentaste salvarme.
Las lágrimas me ardieron, saladas y densas. El mundo alrededor se difuminó: los pocos guardias gritando órdenes sin sentido; el cielo vibrando; la piedra resquebrajándose. Todo se volvió un ruido distante, como si estuviera debajo del agua.
—No te vayas —repetí, sin creatividad, sin nobleza— no te vayas, no me dejes sola, no me dejes con esto...
Mi mano libre se cerró sobre mi pecho. La Lágrima respondió con un latido violento. Por un momento creí que la gema también lloraba.
Rhaziel miró a Aurelisse con una mezcla extraña de respeto e impotencia.
—Hay algo que sí puedo hacer —dijo al fin.
Rowen lo fulminó con la mirada.
—Si vas a decir "aliviar su dolor", te juro por los ancestros que...
—No —lo interrumpió Rhaziel, suave, pero con firmeza— no voy a matarla.
Aurelisse sonrió, débil.
—Menos mal —susurró— no quiero morir... por obediencia.
Una tos le sacudió el cuerpo. Un hilo de sangre, denso y oscuro, le asomó por las comisuras de los labios.
—Lo que puedo hacer —continuó Rhaziel— es contener... un poco. Engañar al ritmo. Retrasar lo inevitable, unos compases. Nada más.
—Hazlo —dije, sin pestañear— hazlo ya.
Él asintió. Puso dos dedos en el cuello de Aurelisse, justo donde la piel palpitaba con la insistencia frágil de la vida. Cerró los ojos. Contó en silencio. Su expresión se volvió la de un músico que escucha una orquesta desafinada y trata de marcar un pulso nuevo.
Por un instante, el pecho de Aurelisse se estabilizó. Sus jadeos se volvieron menos agudos.
—Gracias —murmuró ella, casi inaudible.
—No me agradezcas —contestó Rhaziel— solo te estoy robando tiempo.
—El tiempo... —dijo Aurelisse, mirando hacia la luna sangrante— nunca fue nuestro.
El silencio que siguió no era silencio de paz. Era el silencio tenso de un campo de batalla que todavía no ha decidido quién queda en pie. Escuché el repiqueteo lejano de pasos. Guardias terminando de evacuar a las doncellas, a los sirvientes. Algunos se acercaban, titubeantes, con lanzas y espadas temblorosas, sin saber si debían defendernos, rematar a Seraphine o simplemente huir.
—¡Nadie se acerque! —ordenó Rowen sin mirar atrás, con la voz de rey que todavía le obedecía el castillo— ¡Nadie!
Su atención seguía clavada en Aurelisse. Se inclinó sobre ella. La frente casi tocando la suya.
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Editado: 14.02.2026