El mundo tardó en darse cuenta de que estaba muriendo. Yo, en cambio, lo supe al instante. En cuanto la Lágrima terminó de sellarse dentro de mi pecho, el aire cambió: se volvió más denso, más frágil, como si cada respiración fuera un hilo que mantenía a la realidad unida a la fuerza.
La explanada permanecía cubierta de humo y de un silencio indecente, casi cruel, después de toda la violencia que había estallado allí. Aurelisse y Rowen yacían donde la muerte los había dejado, inmóviles como estatuas derribadas. Seraphine, a unos metros, apenas era una sombra ennegrecida entre los restos candentes de su propia magia.
Yo temblaba. Quizá por la sangre seca que aún me manchaba las manos. Quizá por el dolor. O quizá porque podía sentir cómo la Lágrima sincronizaba su pulso con el mío, sustituyendo fragmento a fragmento a la mujer que había sido horas antes.
La respiración de Rhaziel llegó desde atrás. Su voz le siguió un instante después.
—Altheria.
No pude mirarlo. No pude mirar nada que no fuera el suelo bajo mis rodillas.
—Ayúdame a llevarlos dentro —susurré— no puedo dejarlos aquí, no así.
Él bajó a mi lado. Su sombra me cubrió un momento, dándome un amparo que no pedí pero agradecí.
—Los llevaremos —respondió— pero debe ser ahora, antes de que el resto del castillo despierte.
Tenía razón. Ya podía escucharse el amanecer romperse en murmullos: campanas descompasadas, órdenes gritadas sin convicción, los ecos de un pueblo que creía que el cielo acababa de desplomarse sobre sus techos. Pero yo sabía que la verdad era peor: el mundo no se venía abajo, estaba reescribiéndose sin rumbo.
Entre los dos levantamos los cuerpos. Ya no tenía lágrimas. Había cruzado un umbral donde llorar era un privilegio de quienes aún podían quebrarse. Yo ya me había roto todo lo posible.
Cuando cruzamos la puerta principal, una ráfaga helada nos siguió como si tuviera vida propia. El cielo sobre nuestras espaldas se retorcía en auroras rojizas, serpientes hirientes iluminando las torres agrietadas con un resplandor febril.
—El cielo está sangrando —murmuré.
Rhaziel miró brevemente hacia la explanada ennegrecida.
—La magia de Seraphine no murió con ella —dijo— sólo cambió de dueño.
La Lágrima palpó con fuerza en mi pecho, casi arrogante, como si confirmara que él tenía razón.
Atravesamos los corredores sin hallar a nadie. Algunos tapices ardían en silencio, consumidos por brasas que aparecían y desaparecían sin explicación. Las pocas doncellas que aún quedaban, demasiado aturdidas para sentir miedo, nos ayudaron a preparar los cuerpos. Yo misma acomodé el cabello de Aurelisse como lo hacía cuando éramos niñas. Al cerrar la puerta de la cámara funeraria, algo dentro de mí se cerró también.
Rhaziel me siguió por el corredor. La suciedad, las grietas, el polvo suspendido... nada pesaba tanto como la incertidumbre que nos envolvía.
—¿Y ahora qué? —pregunté, sin fuerzas para pretender que sabía qué seguía.
No contestó de inmediato. Miró por la ventana hacia la ciudad rojiza, temblando bajo el cielo enfermo.
—La gente está empezando a olvidar —dijo al fin.
—¿Olvidar... qué?
—Todo. Nada. Fragmentos. Aún no lo saben. —se frotó el puente de la nariz, exhausto— están intentando llenar los huecos con historias que no encajan. Si alguien no interviene... estallarán contra el primero que encuentren.
—¿Y quién sería ese alguien? —pregunté con un amargor que sabía a hierro.
—Tú —respondió.
Solté una risa baja, rota, casi ajena.
—Acabo de matar a Seraphine. Perdí a mi hermana. El rey murió. Absorbí una gema que jamás debió existir. ¿Y quieres que reine?
—No quiero —corrigió él, tranquilo— es necesario, para el reino, para la gente. Cuando la verdad se rompe en pedazos, alguien debe ofrecer una historia nueva para sostenerla. Si no la das tú... el caos dará una peor.
A través de la ventana, el cielo parecía estar ardiendo desde adentro.
—¿Qué orden propones? —pregunté.
Rhaziel respiró hondo, como si cada palabra pesara demasiado.
—El olvido.
La palabra cayó entre nosotros como una sentencia.
—No hablo de borrar mentes una por una —aclaró— nadie puede. Hablo de redirigir. Suavizar. Desviar las imágenes más peligrosas. Que recuerden lo justo para seguir adelante, pero no lo suficiente para despedazarse con la verdad.
—No soy una diosa, Rhaziel.
—No. Pero llevas dentro algo que lo fue alguna vez. Y tu don es ilusión, imagen, reflejo. Si proyectas tu magia sobre el Velo de Pureza...
No terminé de escucharlo. La Lágrima ardió con un latido que me cortó el aliento. Mi magia se desplegó dentro de mí como un animal despertando, extendiendo hilos, raíces, memorias que no eran mías.
—Puedes reescribir lo que el reino cree haber vivido —dijo Rhaziel, suave pero firme— no para siempre. Pero el tiempo suficiente para sostenerlos.
Un escalofrío me recorrió.
—¿Reescribir... la memoria colectiva?
—Modificarla, ordenarla, protegerlos de lo insoportable, protegerlos de ti —añadió.
Lo miré, herida.
—¿De mí?
—Eres el punto donde todo converge: la Lágrima, la muerte, la ruptura del cielo. Nadie sabrá qué ver cuando te miren. Debes darles algo que puedan comprender. Si no... el reino inventará una verdad más cruel.
Todo en mí quería negarse. Pero sabía que negarlo condenaría al reino entero.
—Hagámoslo —susurré.
Subimos a la sala del trono. La sala nos recibió como un organismo que despierta. El aire vibraba entre las columnas, las sombras parecían inclinarse, las antorchas temblaban como si contuvieran el aliento.
Rhaziel señaló el estrado.
—Ese trono... puedes usarlo, como quinto vértice del Velo — pensó en voz alta.
Asentí con la cabeza avanzando hacia él. La Lágrima respondió con un pulso que me recorrió la espalda. Subí los escalones y me senté. La madera se tensó debajo de mí, como si reaccionara a mi presencia. Una corriente fría y después cálida subió por mi columna vertebral.
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Editado: 14.02.2026