Todo se volvió blanco. Un vacío tan absoluto que por un momento dudé si seguía teniendo cuerpo, si seguía teniendo nombre. El salón del trono desapareció. Kael, Riven, Aerion, la reina, la daga... todo se disolvió como si nunca hubiera existido.
Entonces llegaron las grietas. No en el suelo, no en las paredes: en el propio blanco. Fisuras finísimas, negras, que se abrían como venas en la nada. A través de ellas, empezaron a filtrarse imágenes: dos muchachas corriendo bajo la lluvia en un jardín, un rey enfermo en una cama demasiado grande, una gema dorada oculta, una corona partida entre sangre y lágrimas.
Aurelisse. Altheria. El reino unificado. La caída. El Velo. La Lágrima.
Vi todo lo que había amado, sufrido, soñado y perdido como si fueran recuerdos míos... y no lo eran. Eran de ella. Eran de ambas. Eran de la gema.
Comprendí, con un vértigo brutal, que todos los recuerdos —el pasado de Altheria, la traición, la gema, el reino olvidado— no eran solo memoria. Era una ilusión completa, un tejido perfecto en el interior de la Lágrima. Un lugar donde ella se había escondido para no enfrentarse a lo que hizo. Un lugar donde yo había sido arrastrada en el momento en que nuestras mitades se encontraron.
Habíamos estado atrapadas juntas dentro de una historia, repetida, revivida y reescrita hasta el cansancio.
El blanco empezó a resquebrajarse más deprisa. Las escenas se superponían: Aurelisse cayendo, Rowen gritando, la princesa perdida, yo en la explanada de aquel pasado imposible, yo en el salón del trono de ahora, la daga en mi mano, la piedra en su pecho.
Dos tiempos, dos vidas, plegándose una sobre la otra. Sentí que algo en mí se arrancaba de ese tejido. Como si me estuvieran separando de una telaraña pegada a la piel desde hacía años.
«No eres de aquí», susurró algo en mi interior. No sé si fue mi propia voz, la de la Lágrima, la de Aurelisse o la de Altheria cuando todavía eran jóvenes.
Y entonces la ilusión se rasgó como un telón. El mundo volvió con un golpe, caí de rodillas sobre el mármol frío del salón del trono que me recibió como un puñetazo. El aire regresó a mis pulmones de golpe, mezclado con polvo, humo y olor a sangre reciente. Mis manos temblaban. Sentía el metal de la daga todavía entre los dedos.
La reina Altheria estaba frente a mí, ya no en el centro de una visión, sino en la realidad. Había caído de espaldas, un poco ladeada, arrastrando su vestido marfil por los escalones. La daga estaba clavada en su pecho, exactamente en el centro de la piedra oscura que la había corrompido durante años.
La mitad de la Lágrima que ella llevaba chisporroteaba alrededor del filo. La mía, disuelta en mi propia esencia, palpitó al reconocerla. Mis lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas. Solté el mango de la daga incrustada en su pecho con urgencia.
Detrás de mí escuché un jadeo brusco. Kael. El hechizo que lo inmovilizaba se rompió en el mismo instante en que la ilusión se hizo pedazos. Su espada cayó también, resonando en el suelo. Oí a Riven desplomarse de rodillas y luego levantarse, respirando como un animal recién liberado de una trampa. Aerion seguía en la entrada, con la puerta semiabierta y la mirada fija en la escena.
Pero todo eso era ruido de fondo, lo único que veía era a ella. Altheria intentó incorporarse, pero apenas consiguió apoyarse sobre un codo. Tenía la piel pálida, los labios entreabiertos. La sangre emanaba alrededor del cuchillo, oscura, mezclándose con el resplandor quebrado de la gema.
Y entonces me miró, no como la enemiga de antes, ni como reina. Sus ojos, por un instante, fueron los de una mujer que acababa de despertarse de una pesadilla demasiado larga.
—Aurelisse... —murmuró.
La palabra me atravesó.
—No —quise decir— soy Lyra — pero mi voz se quebró. Ella no me estaba viendo a mí, veía a su hermana.
El golpe de la revelación seguía vibrando dentro de mí: todo el pasado que acababa de recorrer no era una lección neutra; era el recuerdo vivo de crímenes entrelazados, repetidos hasta el agotamiento. Ella había mantenido a Aurelisse viva en la ilusión, una y otra vez, para no aceptar del todo su muerte y ahora, al borde del mismo destino, su mente mezclaba lo que fue con lo que tenía frente a los ojos. A mí, su sobrina. La hija de aquella a quien había traicionado.
—Lo siento... —sus labios temblaron— Aurelisse, lo siento tanto.
Su voz se quebró con una sinceridad que nunca creí conocer. No había máscara, ni autoridad, ni retórica de reina. Solo culpa.
—No debí escapar. No debí dejar que esa mujer me engañara. —tragó saliva, con esfuerzo— no debí condenarnos al olvido... no debí condenarte a ti.
Una parte de mí quiso gritarle. Recordarle a Elira, a mi padre, a todos los que habían muerto por sus decisiones. Quise decirle que no tenía derecho a pedir perdón.
Pero el eco de la ilusión seguía fresco en mi pecho. Yo había visto cómo empezó todo. No justificaba nada. Pero lo explicaba. El miedo, el error, la cobardía. La elección que se convirtió en cadena, la cadena que se convirtió en reino. Entendí otra cosa también: si alguien no rompía ese ciclo, la historia volvería a empezar. Conmigo. Con Kael. Con cualquier otro.
—No merezco tu perdón —susurró Altheria— lo sé...
Respiré hondo. Mis lágrimas caían sin parar, mezclándose con el polvo en el suelo. No era a mí a quien se dirigía, era a Aurelisse. Y sin embargo... yo era lo único que quedaba de ella.
La Lágrima vibró dentro de mí, cálida. No era la furia de la batalla, ni la amenaza del poder, ni la tentación del control. Era otra cosa. Algo parecido a ternura, pero desgarrada.
—Te escucho —dije poniéndome de rodillas a su lado.
Mi voz sonó más grave de lo que esperaba. Altheria parpadeó. Sus ojos buscaron los míos como si se esforzaran por enfocar.
—Perdóname —repitió, casi sin aire— por no haber sido la hermana que merecías...—jadeó mientras un hilo de sangre salía de la comisura de su boca.
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Editado: 14.02.2026