En los días que siguieron, el Reino de la Luz despertó de un sueño demasiado largo. El Velo, herido por la muerte de Altheria y por lo que había pasado con la Lágrima, empezó a perder densidad. No se desvaneció de golpe. Pero se adelgazó lo suficiente para que la gente soñara cosas que "no debían recordar": una reina anterior, un joven rey de corazón tierno al que algunos ancianos llamaban Rowen sin saber por qué, rumores de una niña perdida, hija de una reina con risa contagiosa y cantos de historias sobre sombras que también pertenecían a este mundo.
En el Reino de las Sombras, la noticia de la muerte de Altheria corrió como fuego sobre aceite. Algunos lo celebraron. Otros temieron que fuera el inicio de una nueva guerra. Muchos miraron a Kael y muchos, en ambos lados, me miraron a mí.
"Es la heredera." "Cayó la reina, alguien tiene que tomar su lugar. ""La princesa perdida."
La idea de sentarme en el trono me quemaba por dentro. Una noche, nos reunimos en la misma sala donde todo había terminado: Kael, representantes del consejo del Reino de la Luz y emisarios del Reino de las Sombras que habían cruzado la frontera bajo bandera de tregua...y Aerion. No había estandartes, solo velas y cansancio.
Un consejero de la Luz, de barba cana y ojos agotados, habló primero.
—La corona te pertenece por sangre —dijo— el linaje se cierra contigo. Nadie más puede reclamarla.
Lo miré.
—La sangre fue lo que nos trajo hasta aquí —respondí— no pienso repetir el patrón.
—Alguien tiene que gobernar —insistió otro— el reino no puede estar en manos de comités eternamente. Ya vimos lo que hace el vacío de poder.
—No habrá vacío —dije— solo no habrá una única cabeza sosteniendo todo.
Todos se giraron hacia Kael, como si fuera la solución evidente.
—Kael ya es rey —añadí— y lo seguirá siendo. En el Reino de las Sombras. Si ahora lo ponemos también en este trono, lo que Altheria temía se volverá excusa para otro ciclo de violencia. Y no hemos llegado hasta aquí para reconstruir el mismo monstruo con otro rostro.
Kael se quedó en silencio, dejándome hablar.
—Entonces, ¿qué propones? —preguntó Riven, cruzando los brazos, tenso— porque si dices que no al trono y no quieres que él lo tome, aquí más de uno va a empezar a ponerse nervioso.
—Propongo esto —dije— el Reino de la Luz tendrá sus propios gobernantes, elegidos, no impuestos por una sola sangre. Yo no seré su reina, seré su guardiana. De la Lágrima, de la memoria y de todo lo que no debe volver a repetirse.
Un murmullo recorrió la sala.
—Y el Reino de las Sombras —continué— seguirá bajo el mando de Kael. No como enemigo, sino como aliado. Dos reinos, dos formas de vivir. Pero sin velos, sin mentiras, sin fronteras de humo. Con un puente real entre ambos.
Me volví hacia él.
—Ese puente... somos nosotros.
Los ojos de Kael se clavaron en los míos.
—Si acepto seguir siendo rey —dijo— no quiero que nuestras tierras sigan siendo un mito maldito en las historias del Reino de la Luz. No voy a permitir que nos vuelvan a convertir en pesadilla para controlar a los niños de la Luz.
—No lo permitiré —respondí— el Velo ya no es una herramienta de miedo. Es una herida en el cielo que todos podemos ver. Nadie podrá usarlo para ocultar lo que hacemos.
Riven soltó una exhalación que sonó casi a risa.
—Ya oyeron señores, manos a la obra —dijo despreocupado chocando el hombro con un consejero.
Una tensión leve se deshizo. Algunos consejeros sonrieron sin querer.
Kael, en cambio, siguió con su mirada sobre la mía.
—¿Y nosotros? —preguntó, ya no como rey, sino como hombre— tú y yo.
La pregunta llevaba mucho tiempo flotando, aunque ninguno la hubiera dicho tanto en voz alta. Lo miré y sentí que el futuro no era solo un peso, sino también una posibilidad.
—Nosotros elegimos nuestro futuro—respondí.
Kael bajó la cabeza, como si aceptara no una orden, sino una verdad que quería desde hacía mucho.
—Juntos— dijo sonriendo.
Los años siguientes no fueron fáciles. La gente no olvida de un día para otro que vivió bajo un hechizo. Ni perdona tan rápido a los que lo permitieron. Hubo revueltas pequeñas, miedos grandes, historias contradictorias. El Velo siguió ahí, como una cicatriz visible en el cielo, recordándonos que el mundo había sido distorsionado una vez y que podíamos volver a hacerlo si no éramos cuidadosos.
Yo me convertí en algo que nadie había sido antes: guardiana de una memoria compartida. Cuando el consejo del Reino de la Luz discutía leyes que repetían patrones antiguos, yo les contaba cómo habían terminado esos patrones la última vez. Cuando las Sombras dudaban de si valía la pena confiar en la Luz, Kael y yo nos mostrabamos juntos, sin máscaras, sin símbolos de superioridad.
Con el tiempo, mi nombre dejó de sonar en todas las discusiones. Dejó de estar en cada boca, en cada sospecha, en cada temor y descubrí que eso significaba un buen comienzo.
La Lágrima siguió en mi. En noches tranquilas, cuando el mundo callaba, podía sentir en ella ecos muy lejanos: la risa de Aurelisse, mi madre, la culpa de Altheria, la voz de mi padre y la oscuridad.
Un día, muchos inviernos después, decidimos irnos del castillo. Kael y yo dejamos los cargos formales en manos de quienes habíamos ayudado a preparar para ello: líderes, consejeras, representantes de ambas tierras. Él siguió siendo un símbolo para su gente; yo seguí siendo un nombre al que acudir en crisis. Pero nuestra vida diaria dejó de ser una sala de tronos.
Nos mudamos a una cabaña en el campo, en una franja de tierra que no era claramente ni Luz ni Sombra. Un lugar donde el Velo apenas era una línea tenue en el cielo, y donde los días pasaban midiendo cosechas, no conspiraciones. Allí nacieron nuestros hijos.
Los vi crecer sin marcar su frente con responsabilidades que no les correspondían. Les contamos una hermosa historia sobre una gema, un regalo de los dioses a los mortales que la gente llamaba: Lágrima del Alba, de una reina que se convirtió en mito, de dos hermanas traicionadas y de un reino que de la verdad renació.
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Editado: 14.02.2026