El reino había cambiado tanto en tan poco tiempo que a veces parecía otro lugar. Las guerras habían terminado, los velos habían caído y en el extremo sur del Reino de la Luz, allí donde los campos se mecían con un viento tibio, vivían aquellos que alguna vez fueron soldados... y que ahora solo deseaban seguir siendo hombres.
La cabaña de Tharen estaba rodeada de árboles frutales, gallinas perezosas, un pequeño huerto y un horizonte abierto que parecía no pedir nada a cambio. Una vida sencilla, elegida y ganada. Una vida que, en otra época, él jamás habría imaginado para sí mismo.
Aquel atardecer, las paredes de madera reflejaban un color naranja amable. Una olla humeaba sobre el fogón. Y en el umbral de la casa, con las mangas arremangadas y el cabello revuelto por el viento, Tharen llamó:
—¡Eli! ¡La cena está lista!
Una risita respondió antes que los pasos. Luego, la pequeña apareció desde el huerto, con la falda llena de semillas y las manos manchadas de tierra. Sus ojos, enormes y curiosos, brillaron al verlo.
—¡Papá! —corrió hacia él con la torpeza graciosa de los seis años.
Tharen la atrapó en el aire, levantándola con facilidad, como si todavía fuera una pluma.
—¿Has estado comiéndote las zanahorias otra vez?
—No —mintió Eli, con la boca tan naranja como el sol poniente.
Él soltó una risa suave, esa que solo había aprendido a tener después de la guerra, después del exilio, después de haber perdido tanto.
—Vamos, pequeñita. Tu tío Calen no tarda. ¿Puedes poner la mesita pequeña?
La dejó en el suelo y Eli corrió dentro de la casa con la dedicación solemne que solo los niños pueden darle a tareas aparentemente simples. Colocó tres platos desiguales —uno partido en la orilla, otro con flores pintadas, otro sin historia— y movió los cubiertos hasta alinearlos casi en orden.
—¿Así está bien, papá? —preguntó con la voz llena de orgullo.
—Perfecto —respondió Tharen— como si lo hubiera hecho un general.
Eli infló el pecho, satisfecha.
Y afuera, en el sendero que llevaba a la cabaña, comenzó a escucharse un silbido. Un silbido familiar. Uno que siempre venía acompañado de pasos fuertes, botas gastadas... y un saco lleno de regalos inútiles.
—¡Es él! ¡Es él! —gritó Eli, asomándose por la ventana.
Calen apareció justo en ese momento, cargando un paquete envuelto en telas de colores, y con su aire despreocupado de siempre. Su cabello, más largo de lo que Tharen recordaba, llevaba trenzado un pequeño amuleto de madera que un pueblo costero le había regalado "para espantar pesadillas". Y aunque Calen nunca admitía haber tenido pesadillas, nunca se lo quitaba.
—¡Pequeña terrorista! —Calen abrió los brazos— ven a recibir la ofrenda tradicional de los pueblos perdidos.
Eli corrió hacia él y abrió de un tirón el paquete apenas se lo tendió.
—¡Calen! ¡¿Qué es esto?! —preguntó Tharen, divertido al ver salir una especie de muñeco de tela con ojos enormes y alas diminutas.
—Un espíritu guardián —respondió Calen con seriedad exagerada— según dicen, espanta monstruos y mosquitos. Más útil lo segundo, supongo.
Eli lo abrazó con fuerza, encantada.
Calen despeinó a la niña con cariño y luego guiñó un ojo a Tharen.
—La encontré en el mercado de la frontera sur. No pude no traerlo.
Tharen negó con la cabeza, aunque una sonrisa asomaba en su boca.
—Algún día tendrás que explicarme por qué cada vez que vuelves traes algo distinto y absurdo.
—Es mi encanto natural —respondió Calen, levantando los hombros— además... —miró a Eli, que intentaba hacer que el muñeco "volara"— ...alguien tiene que traerle al mundo historias nuevas.
La cena fue sencilla, pero alegre. Eli contó historias inventadas donde los espíritus guardianes luchaban contra ardillas gigantes. Calen exageró sus aventuras por el sur hasta que Tharen arqueó las cejas en señal de "eso no pasó así". Y entre risas y cucharas chocando, la luz del hogar se volvió tibia.
Cuando terminaron, Calen salió un momento para revisar a Moon, su caballo —el mismo que había sobrevivido a la guerra y ahora parecía disfrutar más de las manzanas robadas que de las batallas.
Eli lavaba los platos con seriedad cuando se detuvo de pronto.
—Papá... —susurró.
Tharen, que secaba cucharas, levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
La niña frunció el ceño, como si algo le inquietara.
—Hay... alguien afuera.
Tharen dejó el paño. Su espalda se tensó de forma apenas perceptible. La guerra lo había vuelto demasiado sensible al silencio, a los pasos, a las presencias.
—¿Dónde? —preguntó, acercándose a la ventana.
—Allí —dijo Eli, señalando con su manita hacia la colina suave que rodeaba la cabaña.
Tharen siguió la dirección del gesto. Pero no vio nada. Solo árboles, sombras largas de atardecer y el ligero movimiento del viento entre los pastos.
—No hay nadie —dijo, para tranquilizarla— debe haber sido un ciervo, o...
—No —Eli lo interrumpió con voz extrañamente segura— era una mujer.
Tharen frunció el ceño.
—¿Cómo era?
La niña dudó. Luego trazó un gesto en el aire, como si copiara un movimiento que había visto.
—Tenía el cabello largo... muy largo... y... —susurró— ...triste.
Tharen sintió un golpe de aire frío en el pecho. Una punzada breve, inexplicable.
Pero Eli sonrió, como si lo que hubiera visto no le inspirara miedo, sino algo parecido a... reconocimiento.
—Le dije hola —añadió, levantando la mano y saludando al aire— pero creo que no me oyó.
Tharen se agachó, la sostuvo de los hombros y miró sus ojos.
—Eli... ¿conoces a esa señora?
La niña negó con suavidad.
—No. Pero se parecía a... —frunció el ceño— ...a la pintura vieja del cofre. ¿La de la chica que tenía tu medalla?
Tharen se puso rígido.
Elira.
El pequeño retrato que guardaba desde la academia, escondido en el fondo del baúl, donde solo Eli alguna vez había metido las manos curiosas.
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Editado: 14.02.2026