El reino tardó menos en sanar que yo. Pasaron los años y las murallas volvieron a cubrirse de estandartes, las plazas de mercados y risas, los templos de cánticos que ya no sonaban a súplica sino a costumbre. Las fuentes volvieron a correr con agua limpia. Los niños crecieron sin saber que se siente tener hambre.
Yo observaba todo desde lo alto, desde los balcones del castillo, y pensaba que, visto desde lejos, el Reino de la Luz parecía cumplir al fin con su nombre.
Pero la Lágrima nunca dejó de latir. No como lo hacía al principio, desbocada, hambrienta. Su pulso se volvió más lento, más profundo. Más parecido al de una cicatriz que al de una herida abierta. Aun así, cada vez que alguien pronunciaba la palabra "paz" en la sala del trono, sentía el eco sordo de la gema recordándome a cambio de qué se había comprado esa paz.
En medio de ese reino próspero, la que menos encajaba era su reina. Rhaziel, en cambio, parecía encajar en cualquier sitio donde lo pusiera. Lo cual, por supuesto, era una de las razones por las que sabía que debía irse.
Seguía a mi lado, silencioso, como una sombra a la que el sol nunca terminaba de borrar. Había envejecido poco en comparación con otros hombres: unas líneas nuevas en la frente, un matiz más grave en su mirada. Su don, el de marcar ritmos, lo mantenía extraño, contenido, como si pudiera regular su propio desgaste con la misma precisión con la que calmaba un corazón al borde del colapso.
Para el reino, era "el Guardián". Para mí, era la única persona viva que conocía toda la verdad y ese era el problema.
Lo llamé una noche sin luna, cuando las luces de la ciudad parecían más estrellas que fuego. Estaba en mis aposentos privados, no en la sala del trono. Había mandado apagar casi todas las velas. Solo quedaban unas cuantas, suficientes para dibujar sombras suaves en las paredes.
Él entró sin anunciarse. No necesitaba hacerlo; yo siempre sabía cuándo estaba cerca. El aire cambiaba de ritmo cuando Rhaziel cruzaba una puerta.
—Majestad —dijo, inclinando la cabeza.
—Cierra —pedí.
Obedeció. El clic de la puerta fue un sonido pequeño, definitivo.
Sin coronas, sin testigos, sin protocolo, el silencio pesó distinto entre nosotros. Me apoyé en la baranda del balcón, mirando la línea lejana donde el Velo se confundía con el horizonte. Sentí cuándo se detuvo a unos pasos, esperando.
—¿Recuerdas el día en que todo empezó? —pregunté, sin girarme.
—Lo recuerdo como si hubiera sido ayer—respondió— es mi maldición profesional.
Sonreí apenas. Seguía siendo él. Aunque habíamos cruzado demasiados inviernos desde entonces.
—El reino te debe mucho, Rhaziel —dije— más de lo que nunca sabrá.
—El reino no me debe nada a mí —contestó— lo debe todo a la forma en que decidiste sostenerlo.
La Lágrima se movió en mi pecho ante esas palabras, como si quisiera contradecirlo.
—No me halagues —repliqué, cansada— sabes tan bien como yo cuánto hubo de miedo en mis decisiones.
Rhaziel no me siguió el juego, no se apresuró a consolarme. Esa siempre fue una de las razones por las que lo toleré tan cerca. No mentía para hacerme sentir mejor.
—Me llamaste por algo más que nostalgia —dijo al fin.
Asentí, aún mirando el Velo.
—Sí.
Hubo un pequeño silencio, el tipo de pausa en la que él, sin necesidad de usar su don, dejaba que mi corazón marcara su propio compás.
—No puedo borrar tu memoria —dije, por fin, cada palabra pesándome en la lengua— no me trevo a hacerlo.
Noté cómo se tensaban sus hombros.
—Tampoco puedo permitir que la conserves —continué— no si quiero que este reino tenga una oportunidad real de vivir más allá de mis errores.
Me obligué entonces a girarme. Él estaba a oscuras, pero conocía de memoria el contorno de su rostro. Había estado ahí cuando dividí el mundo. Había sujetado mi pulso cuando distorsioné el Velo. Había visto caer a Aurelisse, a Rowen, a Seraphine. Había visto en qué me convertí.
Era el último testigo.
—No podría seguir... —busqué la palabra y no la encontré mejor que esta— ...viviendo, sabiendo que alguien recuerda cada detalle con la misma claridad que yo. No podría soportar más culpa de la que ya llevo —me aclaré la garganta— te ordeno, de corazón, que te marches. Y que olvides mi nombre por la eternidad.
No temblé al decirlo. Había ensayado esa frase demasiadas veces en la cabeza.
Él no respondió de inmediato. No preguntó "¿adónde?", ni "¿por cuánto tiempo?". Solo dejó que el silencio se acomodara entre nosotros.
—¿Es un deseo... o un decreto? —preguntó al fin.
—Ambas cosas —dije— no sé separar ya a la mujer de la reina. Y eso también es parte del problema.
La vela más cercana a su rostro dejó ver, por un instante, la sombra de algo que no le había visto nunca tan claro: dolor. No el de la batalla, no el de la pérdida estratégica. Un dolor personal.
—Podría quedarme y fingir —dijo Rhaziel— podría callar para siempre. Ya lo he hecho durante años.
—Lo sé —respondí— pero tú no mientes por fuera, Rhaziel. Lo haces por dentro, ajustas tu compás, acompasas tus latidos. Regulando lo que sientes hasta que pareces de piedra y no quiero... —me detuve, sorprendida por la emoción en mi propia voz— ...no quiero condenarte a seguir regulando tu vida para sostener la mía.
Él bajó la mirada. Sus manos, que habían detenido tantos corazones ajenos en el borde del abismo, se cerraron en puños breves.
—Te pido que te vayas —repetí, más bajo— no como reina. Como alguien que ha hecho demasiado daño como para seguir pidiéndole a su guardián que lo observe de cerca.
Alzó los ojos hacia mí. Durante un segundo, la formalidad se quebró. Lo que vi allí no era devoción, ni lástima. Era algo más callado, más peligroso. Algo que habíamos decidido nunca nombrar.
Tal vez por eso, su respuesta fue la de siempre.
—Como desee, mi reina.
El título esta vez sonó menos a protocolo, más a despedida. Me dijo que partiría al amanecer. No pregunté qué ruta seguiría, ni qué nombre usaría cuando dejara de ser Rhaziel, el Guardián de la Reina. No le pedí que jurara no hablar. No hacía falta. Para bien y para mal, siempre había sido el hombre más preciso que conocí. Si marcaba una hora, un compás, un adiós, lo cumpliría.
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Editado: 14.02.2026