"Hierba del susurro, hierba del susurro, hierba del susurro..." Me repetía mentalmente mientras cruzaba el bullicioso mercado del pueblo vecino.
El aire estaba impregnado de aromas dulces y especiados, y los colores vibrantes de los puestos hacían difícil concentrarse en la lista de productos que había olvidado anotar antes de salir apresurada de mi estudio en la academia.
En un rincón del mercado, un anciano vendía frascos con líquidos brillantes que cambiaban de color con cada movimiento. A unos pasos, un niño ofrecía panecillos horneados que desprendían un aroma florar y cítrico. Cada paso me hacía sentir que estaba en otro mundo, lleno de vida y pequeños secretos, aunque el mercado más cercano a la academia no fuera tan extenso como el de la ciudad mantenía su propio encanto.
Perfecto, pensé al detenerme frente a un pequeño puesto de pergaminos y libros viejos.
—Buen día —saludé con una sonrisa al hombre mayor que atendía el lugar.
—Buen día, señorita. ¿En qué puedo ayudarla? —respondió él, con amabilidad y un leve arqueo de cejas.
—¿Me podría dar un pergamino, por favor? Y si fuera tan amable, ¿una pluma? —dije, intentando recuperar el aliento después de haber caminado con prisa.
—Un segundo, señorita.
El hombre rebuscó en un gabinete polvoriento y sacó un pedazo de pergamino limpio, un frasco de tinta y una hermosa pluma de cisne.
—Aquí tiene.
—Muchas gracias —respondí mientras deslizaba una moneda en el mostrador.
Rápidamente escribí lo que había olvidado de mi lista de ingredientes:
"Flor de estrella, raíz de aurum, frutas de sombraluz, polen de flor lunar, cristales de sal, aceite de magnolia."
—Es usted muy amable. Que tenga un buen día.
El anciano asintió con una sonrisa de oreja a oreja, y me apresuré hacia mi sección favorita del mercado: el puesto de la señora Maelis Vernor.
Esquivando a la multitud, llegué con agilidad al quinto puesto, al fondo a la izquierda. Allí estaba la señora Maelis, rodeada de flores frescas y hierbas perfectamente ordenadas. Su cabello gris, recogido en un moño desordenado, y su vestido colorido siempre la hacían destacar.
Sus ojos azules brillaron al verme.
—¡Lyra! ¿Qué te trae por aquí a estas horas? ¿No deberías estar en clase? —preguntó, apoyando las manos en sus caderas con una sonrisa cálida.
—Señora Maelis, necesito urgentemente estos ingredientes —le tendí el pergamino con prisa.
La señora Maelis lo tomó y, sin decir nada, comenzó a reunir lo que necesitaba. Cada objeto iba apareciendo de sus gabinetes y estantes con precisión. Mientras ella los colocaba sobre el mostrador, yo los guardaba en mi canasta y preparaba las monedas para el pago dándome cuenta que iba a tener que hacer turnos extra en el hospital para poder costear mis siguientes compras.
—Aquí tienes, Lyra. Son siete monedas, linda. Me cuentas luego cómo te va en esta práctica, parece interesante —guiñó un ojo mientras extendía una mano.
—Muchas gracias, Mae. Aquí tienes—le entregué el dinero y me despedí agitando la mano.
Con el tiempo en mi contra, caminé rápidamente hacia la salida del mercado esquivando a las personas que se cruzaban despreocupadamente en el camino. Pero un quejido cercano me detuvo.
Una anciana había tropezado y yacía en el suelo, con una expresión de dolor en su rostro. Dudé por un momento, con la salida a solo unos metros, pero no lo pensé más. Me acerqué y la tomé del brazo para ayudarla a pararse.
Al tocarla, canalicé mi energía. Un destello dorado casi imperceptible emergió de mis manos, y una oleada cálida recorrió mi pecho. Mis manos temblaron ligeramente al sostenerla, pero lo ignoré. Sentí cómo el calor familiar se acumulaba en mi pecho, una chispa de luz que fluía hasta mis dedos. Cuando el destello dorado apareció, la anciana se enderezó de inmediato, con más fuerza de la que esperaba, mirándome con una mezcla de gratitud y confusión. Por un instante, me pregunté si había notado algo inusual.
—Gracias, niña —dijo ella, con la mirada entrecerrada.
Al notar que varias personas comenzaban a acercarse, aproveché la multitud para desaparecer rápidamente.
Mientras apresuraba el paso hacia la academia, me encontré pensando en cómo mi vida parecía dividirse en dos mundos: uno donde todo era normal y sencillo, y otro que intentaba mantener oculto. Mi don era una bendición, sí, pero también una carga. Había algo en esa luz dorada que siempre me dejaba inquieta... como si una parte de mí se desprendiera al usarlo.
—Todos a sus estaciones, la clase va a empezar —dijo el profesor mientras yo cerraba la puerta dorada del aula detrás de mí y me apresuraba a tomar mi lugar.
—Abrimos en la página 41 y empezamos con la hierba del susurro —la voz del profesor resonó en el aula.
—Mierda —susurré, enfadada conmigo misma. De todo lo que se me tenía que olvidar, tenía que ser justo esa hierba.
—¿Disculpe, señorita Lyra? —preguntó el profesor, cruzando los brazos y mirándome con severidad.
—Nada, profesor —respondí, avergonzada, bajando la mirada.
—Puede usar la dosis de prueba, pero que sea la última vez —advirtió antes de continuar la lección.
La sesión pasó volando y más tarde, en el salón principal, me encontré con mi mejor amiga, Elira.
—¿Elira Faryn, qué escondes ahí? —pregunté, cruzando los brazos mientras ella reía y se acercaba a mí.
—¡Lyra Auren! ¿De qué hablas? —respondió imitándome y riendo mientras hacía un pequeño baile de emoción.
—Feliz cumpleaños, Lyra —extendió un hermoso listón rosa de encaje floral con ambas manos, sonriendo de oreja a oreja.
—Elira, es precioso —respondí con lon los ojos bien abiertos lo admiré con una sonrisa.
—Date la vuelta, lo acomodaré en tu trenza. Lo puedes usar para el cabello, en el cuello o en la muñeca — me indicó al tiempo que tomaba mi trenza y, con delicadeza, separó con cuidado los mechones de cabello rubio y los volvió a trenzar, incorporando el listón. Elira nunca dejaba de sorprenderme. Su entusiasmo era contagioso, como una ráfaga de aire fresco después de un día pesado. Mientras acomodaba el listón en mi trenza, me contaba cómo había pasado la tarde leyendo sobre antiguas batallas del Reino de la Luz, interrumpiendo su relato con pequeñas risas.