Era sábado por la mañana, uno de los pocos días en que la academia nos permitía visitar la ciudad. El sol brillaba en un cielo despejado, y el aire fresco prometía un día perfecto. Nada podía salir mal.
Hoy llevaba un vestido verde olivo que realzaba el color de mis ojos, con delicados detalles blancos en los bordes y mi trenza estaba decorada con el listón nuevo que Elira me había regalado. A mi lado, ella lucía radiante con un vestido en tonos naranjas que hacía juego con su cabello castaño rizado, que caía despreocupadamente sobre sus hombros.
Nos dirigimos hacia los establos, donde habíamos quedado de encontrarnos con los chicos al amanecer. Cuando llegamos, ya estaban allí. Vestían los uniformes de la academia, pero con un toque especial, esta vez eran de un azul obsidiana profundo, con botones dorados que brillaban a la luz de la mañana, dándoles una elegancia solemne.
El uniforme parecía diseñado para resaltar las cualidades de cada uno. Aerion irradiaba confianza y autoridad; su piel clara contrastaba con su cabello negro azabache, y sus ojos ligeramente rasgados parecían observarlo todo con atención. Tharen, por su parte, se veía serio y distinguido, con sus anteojos redondos que enmarcaban su mirada analítica y una mandíbula firme que acentuaba su madurez. Y luego estaba Calen, con su sonrisa encantadora que desbordaba amabilidad y despreocupación, logrando que cualquiera se sintiera a gusto a su lado.
En el Reino de la Luz, formar parte del ejército no solo era un honor, sino un símbolo de prestigio. No importaba qué don poseyeras; vestir ese uniforme ya significaba que habías alcanzado un estatus importante en la sociedad.
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —dijo Elira, con un tono juguetón mientras se acercaba a los chicos. Yo, en cambio, me dispuse a ajustar mi pequeño equipaje sobre mi caballo. Hoy tendría que quedarme en el hospital para tomar el turno nocturno.
—¿Qué les parece, chicas? —preguntó Calen, posando dramáticamente y sonriendo como si fuera un héroe épico.
—Así que por eso no los vimos en el comedor anoche —comenté mientras me acercaba al grupo.
—Disculpen que no les avisamos. El comandante nos tomó por sorpresa, y cuando nos dio la noticia ya no las encontramos —dijo Aerion, rascándose la nuca con un gesto que mezclaba disculpa y nerviosismo.
—El ejército está reforzando sus fuerzas. Temen que los del Reino de las Sombras intenten algo pronto —añadió Tharen, ajustándose los anteojos y cruzando los brazos con aire pensativo—. Con el festival acercándose, podrían aprovechar para hacer su próximo movimiento.
—Entonces los rumores que escuchamos anoche eran ciertos, Lyra —dijo Elira, llevándose la mano al mentón mientras fruncía ligeramente el ceño.
—¡Vamos, chicos! Hoy no es día para preocupaciones —interrumpió Calen, abriendo los brazos con efusión y acercándose a su caballo— estamos aquí para divertirnos.
—Tiene razón, se nos hace tarde. ¡Andando! —ordenó Aerion, con esa voz autoritaria que siempre lo hacía parecer un líder natural. Todos nos apresuramos a montar nuestros caballos.
—¿Llevas todo lo que necesitas? —preguntó Aerion acercándose a mi caballo y verificando que las riendas de mi montura estuvieran firmes, no me dirigió una mirada directa pero en sus ojos podía notar preocupación. Desde pequeños siempre me procuraba, como un hermano mayor aunque últimamente no estoy segura si es así como realmente lo veo.
—Solo es una noche. Llevo todo lo que pueda necesitar —respondí, sonriendo antes de apurarme a montar. Aerion hizo lo mismo y ambos nos apresuramos a alcanzar al grupo.
Cabalgamos durante unas dos horas y media, haciendo una breve parada a petición de Calen, quien, con un tono exagerado, se quejaba de que el uniforme le quedaba incómodamente ajustado en ciertas áreas.
—¡Lyra, mira! —exclamó Aerion desviándose a un árbol de duraznos. Sujeté firmemente las riendas y me acerqué.
—Ya es temporada, se ven deliciosos. —Su mirada profunda se encontró con la mía, asentí con la cabeza acompañada de una sonrisa y sin conseguir sostener por más tiempo su mirada desvié la mía al árbol frente a nosotros.
Con un brazo tomó con facilidad la fruta a su alcance y me lo extendió.
—Todavía nos queda un buen tramo, deberías comer algo. —Me indicó al tiempo que los chicos nos hacían señas de seguir el camino.
—Gracias Aerion, aunque unas horas sin comer no me van a matar ¿sabes?
Aerion rió y continuamos el trayecto.
El camino hacia la ciudad era como siempre un deleite. Los árboles frutales y florales que bordeaban la senda llenaban el aire con dulces fragancias, y los colores vibrantes de la naturaleza parecían cobrar vida bajo la luz del sol. Cada rincón del Reino de la Luz estaba impregnado de una vitalidad que hacía imposible no sentir algo de paz, incluso con las tensiones recientes que parecían oscurecer el horizonte.
Al llegar a la ciudad, notamos de inmediato algo diferente. Había más guardias patrullando que de costumbre, sus armaduras brillaban bajo el sol, y algunos sostenían lanzas con una postura rígida que no dejaba lugar a dudas: estaban atentos a cualquier señal de peligro. Sin embargo, la gente parecía despreocupada, inmersa en sus actividades diarias, como si las tensiones en las fronteras fueran un rumor lejano que no podía perturbarlos.
Las calles, a pesar de la presencia militar, estaban llenas de color y vida. Probablemente era por el festival que se aproximaba, una de las celebraciones más importantes del año en el Reino de la Luz. Banderines de tonos dorados colgaban entre los edificios, ondeando suavemente con la brisa. Los escaparates de las tiendas lucían decoraciones brillantes, mientras los vendedores pregonaban sus productos con entusiasmo, sus voces mezclándose con las risas y las conversaciones de las familias que paseaban.
El aroma a pan recién horneado y flores frescas flotaba en el aire, entremezclándose con el dulce perfume de frutas caramelizadas que un vendedor giraba lentamente sobre un brasero. Más adelante, una banda callejera tocaba una melodía animada, y un grupo de niños se había reunido a su alrededor, bailando sin preocupaciones.