Lágrima del Alba

CAPÍTULO 04

El día del festival pasó desapercibido en la academia, como todos los años los estudiantes y profesores estaban tan inmersos en sus actividades que no parecía haber tiempo para celebrar, a pesar de eso la noticia de la visita de la Reina Altheria corrió como un incendio en los pasillos de la academia. No era común que la Reina saliera del palacio, mucho menos para asistir a una demostración militar en persona. La tensión y el entusiasmo se palpaban en el aire mientras los cadetes practicaban sin descanso en los días previos al evento, ansiosos por impresionar.

Durante los días previos al evento casi no vimos a los chicos, de vez en cuando les llevamos bocadillos para contrarrestar el intenso entrenamiento al que los sometían y los veíamos aunque fueran unos minutos.

El gran momento llegó, y la Reina hizo su entrada en un carruaje adornado con los emblemas del Reino de la Luz, seguido de un pequeño séquito. Al descender, su figura irradiaba elegancia: vestía un manto blanco brillante que parecía emitir luz propia, y una corona sencilla pero imponente adornaba su cabello negro como el ébano. Todos se inclinaron en reverencia mientras ella cruzaba la explanada hacia el estrado que habían preparado para ella.

Me hice camino entre la multitud para poder ver a los chicos lo más cerca posible con Elira a mi lado, entre risas logramos escabullirnos casi hasta la primera fila del escenario muy cerca de la reina. Había algo en su presencia que me provocó una punzada incómoda en el pecho, la mirada de la reina parecía gentil y saludaba a los alumnos que exclamaban por su atención, desvié la mirada al escenario donde daría lugar la demostración sin prestar atención a la ligera punzada en el pecho que sentía.

La demostración comenzó con enfrentamientos cuerpo a cuerpo entre los cadetes más destacados. Los tres chicos, Aerion, Tharen y Calen, fueron los protagonistas indiscutibles del evento.

Aerion deslumbró al moldear la luz en formas sólidas: espadas relucientes, dagas rápidas e incluso pequeños escudos que bloqueaban ataques precisos de sus oponentes. Su control era tan exacto que la audiencia quedó fascinada con cada movimiento.

Tharen, por su parte, demostraba una habilidad de predicción que parecía casi sobrenatural. Predecía cada ataque con segundos de antelación, esquivando con precisión y contraatacando con movimientos estratégicos que desarmaban a sus oponentes antes de que pudieran reaccionar.

Calen, utilizaba sus reflejos sobrehumanos para esquivar golpes con una velocidad que parecía imposible. Cada movimiento de su cuerpo era ágil y calculado, como si estuviera danzando alrededor de sus oponentes. Incluso desactivó una trampa durante la demostración, ganándose aplausos por su ingenio y rapidez.

Los tres no solo destacaban por sus habilidades, sino también por su porte imponente. Sus uniformes de azul obsidiana y detalles dorados resaltaban sus físicos atléticos, y su sincronía durante las demostraciones en grupo era impecable.

Mientras la demostración continuaba, sentí una mirada pesada sobre mí, en la búsqueda del dueño encontré a la Reina quien me miraba fijamente desde el estrado. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y el dolor en mi pecho se intensificó como si algo ardiera dentro de el.

Intente mantenerme de pie, pero la sensación era insoportable. Aparté la mirada y con una disculpa rápida, me retire entre la multitud, sosteniendo mi pecho mientras subía las escaleras hacia los dormitorios.

Una vez allí, me deje caer en la cama, respirando con dificultad mientras trataba de calmar lo que ardía en mi interior. ¿Qué había sido eso? La Reina parecía desconocer mi existencia, y, aun así, su mera presencia había provocado algo en mi que no entendía.

Los gritos de motivación y aplausos cesaron anunciando el final de la demostración. Un golpe en la puerta interrumpió mi privacidad seguido del chirrido de la madera, no me molesté en preguntar por le dueño de la inesperada interrupción.

—¿Estás bien, Lyra? —preguntó con suavidad, cerrando la puerta tras él y apoyándose ligeramente en el marco.

Desenrollé mis piernas y giré la cabeza en dirección a Aerion. La luz del atardecer se colaba por las cortinas, iluminando mi trenza dorada y el broche que aún llevaba puesto.

Tarde un momento en responder. Mi mirada regresó al horizonte, perdida entre los pensamientos que no había logrado ordenar desde que había salido apresuradamente de la explanada.

—Sí... bueno, no lo sé —respondí finalmente, evitando su mirada mientras mis dedos jugueteaban nerviosamente con el broche en mi trenza.

Aerion se acercó y se sentó en el borde de la cama, frente a mi.

—Te vi irte en medio de la demostración. ¿Qué pasó?

Suspiré profundamente. Por un instante pensé en inventar alguna excusa, algo simple que evitara preguntas, pero había algo en la calidez de Aerion que me hacía sentir segura.

—No sé cómo explicarlo —comencé, alzando la vista hacia él—Mientras presentaban la Reina me miró y sentí... un dolor en el pecho. Como si algo dentro de mí reaccionara a su presencia.

Aerion frunció el ceño, sus ojos llenos de confusión. Se inclinó ligeramente hacia mi, apoyando los codos en las rodillas, como si quisiera analizar cada palabra.

—¿Te ha pasado antes?

Negué con la cabeza.

—No. Pero... —hice una pausa, mordiéndome el labio antes de continuar— hay algo más.

Aerion no dijo nada, pero el leve movimiento de su cabeza le indicó que podía seguir.

—La semana pasada, en el hospital, un anciano llegó envenenado. Antes de morir, me dijo algo extraño... "Recuerda el pasado. Busca la verdad de tus padres".

Aerion la escuchó en completo silencio, sus ojos fijos en los míos. La forma en que su atención se centraba únicamente en mis palabras hizo que sintiera que podía continuar. Como si finalmente pudiera liberar todo lo que había estado guardando.

Las palabras comenzaron a fluir, desbordándose como un río que había estado contenido demasiado tiempo. Le conté sobre el caos de aquella noche, el dolor de ver al anciano morir sin poder entender lo que quería decir, y la creciente sensación de que algo estaba fuera de lugar en mi vida. Mientras hablaba, mis dedos se movían instintivamente hacia mi colgante, sujetándolo como si pudiera encontrar respuestas en él.




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