Lágrima del Alba

CAPÍTULO 05

En mi mente todo era un torbellino. Fragmentos de imágenes y voces danzaban en mi inconsciencia, como si mi propio pasado intentara revelarse entre sueños. Una voz suave y cálida, llena de ternura, sobresalía entre el caos.

—Lyra... el corazón que guía siempre encuentra el camino. Es hora de que recuerdes quién eres.

La frase resonó como un eco en mi interior, haciendo que mi cuerpo se estremeciera. Lentamente, comencé a recuperar la conciencia. Mis párpados pesaban como plomo, pero con un esfuerzo sobrehumano logré abrirlos.

Lo primero que sentí fue el frío. Un frío intenso que me golpeaba como dagas, calándose a través de la ropa y mordiendo la piel. Luego escuché el sonido constante de cascos galopando, cada golpe resonando como un tambor en mi cabeza.

¿Cuánto tiempo llevaba cabalgando? El incidente había ocurrido por la mañana, y ahora el sol se ocultaba tras el horizonte, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y morados. La luna ya empezaba a asomar tímidamente, y las sombras del bosque que atravesaban parecían alargarse, como si quisieran alcanzarme.

Intenté mover las manos, pero estaban atadas delante de mi con una cuerda áspera que me raspaba las muñecas, sangre seca cubría mis manos. Me encontraba sobre un caballo, eso era seguro, un soldado me sostenía cuya armadura negra relucía débilmente bajo la luz menguante.

—¿Aerion... estará bien? —me pregunté en voz baja. La preocupación por mis amigos ocupaba mi mente. ¿Habrían logrado escapar? ¿Estarían a salvo?

Reuniendo lo poco que me quedaba de fuerzas, levanté la vista hacia el soldado que cabalgaba conmigo.

—¿Cumpliste el trato? —pregunté con un murmullo apenas audible.

El soldado giró ligeramente la cabeza, como si le sorprendiera que estuviera despierta.

—Cumplí mi parte —respondió con voz grave— tu amigo vive. Pero no olvides que ahora tu vida le pertenece al príncipe y al Reino de las Sombras.

Las palabras cayeron como un peso sobre mi pecho, hundiéndome aún más en la realidad de la situación. "Mi vida ya no es mía..." Pensé, con un nudo formándose en mi garganta.

El soldado me miró de reojo y añadió con tono seco.

—Sé agradecida. Si no fuera por el príncipe, no estarías aquí viva. La mayoría de los prisioneros no tienen esa suerte.

No respondí. Me limité a bajar la mirada hacia mis manos atadas cubiertas de sangre seca, mientras mi mente luchaba por asimilarlo todo. Aerion estaba vivo. Eso era lo único que importaba ahora.

El paisaje cambió drásticamente al salir del bosque. Las tierras del Reino de las Sombras eran como un reflejo sombrío del Reino de la Luz. Los árboles eran oscuros y retorcidos, con ramas que parecían manos extendiéndose hacia el cielo. La nieve cubría el suelo en una capa delgada, pero el viento helado que soplaba hacía que el frío fuera aún más insoportable.

A lo lejos, el castillo apareció sobre una colina, imponente y amenazante. Sus torres altas y afiladas se alzaban como garras contra el cielo nocturno, y una leve luz emanaba de las ventanas, como si el castillo mismo estuviera vivo.

El galope de los caballos se ralentizó al acercarse a la entrada del castillo. Los soldados que custodiaban la entrada no dijeron nada, pero sus miradas penetrantes se clavaron en mi, estudiándome como si fuera una presa.

Una vez dentro, los ecos de los cascos resonaron en las paredes de piedra del patio central. Fui bajada del caballo con brusquedad, mis piernas tambalearon al tocar el suelo helado, el soldado que me había traído me sujetó del brazo para que no cayera.

—Cuidado, niña. El príncipe no tiene paciencia para debilidades.

Levanté la cabeza, esforzándome por mantener la compostura. No les daría la satisfacción de verme vulnerable.

—¿A dónde está llevándome? —pregunté, tratando de sonar más firme de lo que me sentía.

—A la sala del trono. El príncipe querrá verte enseguida.

El soldado me empujó suavemente hacia adelante, guiándome a través de los pasillos del castillo. Las antorchas iluminaban las paredes con un parpadeo inestable, proyectando sombras que parecían moverse por su cuenta. El frío del exterior había quedado atrás, pero el ambiente dentro del castillo era igual de opresivo, cargado con una energía que me erizaba la piel.

Finalmente, llegamos a unas puertas dobles de madera oscura, decoradas con intrincados grabados que representaban escenas de guerra y triunfo. Los soldados que custodiaban la entrada las abrieron, revelando una sala larga y majestuosa.

Al fondo, sentado en un trono de hierro ennegrecido, estaba el príncipe.

Kael Drayvar, el heredero del Reino de las Sombras, tenía una presencia que llenaba la sala. Su cabello castaño oscuro caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, y sus ojos color miel brillaban con un extraño contraste contra el gris de las paredes. No llevaba corona, pero su porte era tan imponente que no hacía falta.

—Así que esta es la chica que tanto interés despertó en mis soldados —dijo el príncipe con voz profunda, inclinándose ligeramente hacia adelante. Una leve sonrisa jugueteaba en sus labios, pero su mirada era fría y calculadora—. Acércate.

Tragué saliva, sintiendo como mis piernas apenas me respondían al andar. Sin embargo, con pasos firmes y la barbilla en alto me acerqué, negándome a mostrar miedo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el príncipe, su tono sereno pero cargado de autoridad.

—Lyra... Lyra Auren.

El heredero asintió lentamente, su mirada escrutándome como si pudiera ver a través de mi.

—Cuéntame, Lyra Auren... ¿Qué hace una chica como tú arriesgando tanto para salvar a un soldado del Reino de la Luz? y lo más importante... ¿Cómo lo hiciste?

Permanecí en silencio, con la mirada fija en el príncipe, quien me observaba desde su trono con una paciencia inquietante. La tensión en el aire era palpable, como si el mismo castillo contuviera la respiración.

El príncipe inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos miel brillando con una mezcla de curiosidad y frustración.




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