Ese mismo día...
Kael caminaba por los silenciosos pasillos del castillo, sus pasos resonando suavemente contra el frío suelo de piedra. Las antorchas parpadeaban en la penumbra, proyectando sombras que bailaban como espectros en las paredes. Había algo inquietante en el silencio del castillo, un eco constante de la soledad que siempre había rodeado al Reino de las Sombras.
El aire en los aposentos del rey era distinto. Cargado con un aroma medicinal y la sensación de un tiempo detenido, casi como si esa habitación existiera en un mundo aparte. Al entrar, Kael detuvo su mirada en la figura de su padre, el Rey Drayvar, que yacía pálido y frágil en la gran cama de madera tallada. Su presencia imponente de antaño parecía desvanecida, como si la sombra de la enfermedad hubiera consumido gran parte de quien fue alguna vez.
Kael se acercó despacio, arrodillándose junto a la cama mientras tomaba con cuidado la mano de su padre. La piel del rey era fría, sus dedos apenas respondían al contacto.
—Padre... —dijo Kael, su voz grave pero contenida, tratando de no dejar traslucir la mezcla de frustración y urgencia que sentía.
El rey abrió los ojos con dificultad, su mirada apagada buscando a su hijo.
—Kael... ¿Qué sucede? —preguntó con voz débil, como si cada palabra le costara un esfuerzo tremendo.
Kael apretó ligeramente la mano de su padre, inclinándose un poco más cerca de él.
—Es verdad, padre. Esa chica... salvó a un hombre de la muerte —sus palabras estaban impregnadas de asombro, pero también de la esperanza que no quería admitir del todo— vi cómo lo hizo. Con sus propias manos. Algo en ella... algo que nunca había visto antes.
El rey cerró los ojos por un momento, sus cejas fruncidas mientras procesaban lo que Kael le decía.
—El pueblo, Kael... —susurró con esfuerzo— el pueblo necesita ayuda... Ellos son nuestra prioridad. No lo olvides.
El príncipe apretó los labios, su frustración latente. Se inclinó más cerca, como si quisiera convencer a su padre con la fuerza de sus palabras.
—Padre, ella puede ayudarnos. Intercambió su vida por la de ese soldado. Ahora es prisionera del reino. Tendrá que obedecernos.
El rey negó lentamente con la cabeza, sus labios curvándose en una tenue sonrisa cansada.
—No, hijo... —murmuró, su tono suave pero firme— primero el pueblo. Esa es tu obligación como sucesor.
Kael sintió el peso de esas palabras caer sobre él, como tantas veces antes. Era el mismo consejo que su padre siempre le había dado desde niño, y en ese momento, el recuerdo de otra figura se deslizó en su mente: su madre.
Un eco del pasado...
Kael tenía doce años la última vez que vio a su madre. Recordaba cómo ella lo había abrazado con fuerza la noche antes de su partida, su cabello castaño cayendo como un manto sobre su rostro mientras susurraba palabras que él apenas entendía en ese entonces.
—Kael, algún día cuidarás de este reino... Y quiero que recuerdes algo. No importa cuán oscuras sean nuestras tierras, siempre habrá una luz que valga la pena proteger.
Esa fue la última lección que le dio, y al día siguiente, ella no regresó. Había liderado una expedición para defender las fronteras del reino, pero el frío implacable, la falta de recursos y la traición de un aliado acabaron con su vida. Kael había visto su cuerpo al ser devuelto al castillo, envuelto en una capa negra como la noche.
Desde entonces, su padre se había vuelto más reservado, más distante, pero también más sabio en sus palabras. Y ahora, mientras lo miraba allí, tan frágil como la última vez que vio a su madre, sintió que el eco de esa promesa volvía a resonar en él.
De vuelta a la realidad...
El rey levantó débilmente su otra mano y la colocó sobre la de Kael, dándole una leve palmada.
—Trata bien a esa chica... —susurró con un tono más suave— si ella está aquí, debe haber una razón.
Kael respiró hondo, tratando de calmar la tormenta interna que sentía. Las palabras de su padre y el recuerdo de su madre se entrelazaban en su mente, recordándole lo que significaba ser un líder, lo que significaba proteger a su gente.
—Lo haré, padre —dijo finalmente, su voz más controlada.
El rey asintió apenas, dejando que su mano cayera con suavidad sobre el lecho, y con un gesto débil le indicó a Kael que se retirara.
Kael se levantó, ajustando la capa sobre sus hombros mientras miraba a su padre una última vez antes de girarse hacia la puerta. Mientras caminaba por el pasillo oscuro, sus pasos eran firmes, pero su mente seguía llena de dudas.
"El pueblo es la prioridad," pensó. "Pero, ¿y si ella puede ser la respuesta que necesitamos?"
Sin embargo, las palabras de su madre también resonaban en su mente: "Siempre habrá una luz que valga la pena proteger."
Kael jugueteaba con el broche de Lyra mientras avanzaba hacia el comedor, sabiendo que, de alguna manera, tendría que equilibrar ambas cosas: el bienestar de su pueblo y la misteriosa llegada de la joven, que parecía más entrelazada con el destino de su reino de lo que estaba dispuesto a admitir.
La cena dio inicio, Kael estaba sentado en la cabecera del gran comedor, su postura relajada pero imponente, proyectando una autoridad que no necesitaba gritos ni movimientos bruscos. Mientras el murmullo de conversaciones y el tintineo de copas llenaban la sala, él permanecía en silencio, observando con ojos atentos todo lo que sucedía a su alrededor.
Frente a él, un plato intacto descansaba sobre la mesa. No había probado bocado en toda la noche, su apetito eclipsado por los pensamientos que rondaban su mente. En una mano, sostenía el pequeño broche en forma de flor, sus dedos jugueteando con el delicado objeto mientras escuchaba de reojo a uno de los soldados que le informaba de los preparativos para el viaje al día siguiente.
El broche le pertenecía a Lyra. Había sido entregado por los hombres que la trajeron al castillo junto con otras pertenencias, y aunque Kael no entendía por qué seguía teniéndolo consigo, había algo en el pequeño objeto que le recordaba la extraña conexión que sintió al mirarla por primera vez.