Lágrima del Alba

CAPÍTULO 07

El amanecer era apenas un destello grisáceo en el horizonte cuando la señora Imelda entró en mi habitación. Su presencia avivó el fuego de la pequeña chimenea de la habitación y la cálida luz de una lámpara de aceite en sus manos iluminó mi rostro, y aunque, todavía sumida en un sueño ligero, apenas reaccioné al sonido de la puerta.

—Arriba, niña. El día será largo, y el príncipe no espera a nadie —dijo Imelda con su tono amable pero firme, mientras se acercaba para dejar la lámpara en la mesilla.

Abrí los ojos lentamente, parpadeando mientas me ajustaba a la luz.

—¿Ya es de día? —pregunté con voz adormilada mientras me incorporaba. Apenas hacía unas horas había logrado conciliar un ligero sueño después de todo lo sucedido del día anterior.

—No del todo, pero será mejor que te prepares. Tenemos mucho que hacer antes de que partan —respondió Imelda, sacando un vestido que había colgado junto a la puerta.

El vestido era distinto al que había usado la noche anterior. Estaba diseñado para soportar el frío implacable del Reino de las Sombras. Hecho de un tejido grueso y oscuro, caía con elegancia hasta los tobillos, pero sin sacrificar la comodidad. Las mangas largas y ajustadas estaban forradas con piel suave de algún animal, que parecía envolver mi cuerpo en un cálido abrazo. Un chaleco abrigador de cuero se añadía como capa extra, y el cuello del vestido estaba adornado con un borde de piel para proteger del aire helado.

—Esto te mantendrá caliente. Asegúrate de ajustarlo bien antes de salir —dijo Imelda, colocando el vestido sobre la cama.

Mientras me vestía, Imelda recogió un paquete que había traído consigo. Cuando salí del pequeño biombo de la habitación, ya lista, la señora me ofreció el paquete, en cuyo interior estaba el libro de herbolaria que había tomado de la biblioteca del Reino de la Luz.

—¿Cómo...? —pregunté, sorprendida al verlo.

—Es voluntad del príncipe que lo tengas de vuelta —dijo Imelda con una leve sonrisa, observando la expresión de gratitud en mi rostro— pero cuídalo bien, niña.

Sostuve el libro contra mi pecho, deje que mis dedos acariciaran la cubierta como si fuera un tesoro perdido.

—Gracias... —murmuré, aunque sabía que esas palabras no iban dirigidas solo a Imelda.

Imelda me llevó a la cocina del castillo, un lugar austero pero funcional, donde el calor del fuego avivado por la presencia de la señora y el aroma a pan recién horneado creaban un refugio temporal del frío que dominaba el resto del castillo.

Sobre la mesa de madera, Imelda colocó una bolsa de piel bien confeccionada, que al abrirla revelaba una serie de pequeños frascos de vidrio, esferas de cristal y divisiones cuidadosamente dispuestas para hierbas y otros ingredientes.

—Esto será útil durante el viaje. Llénala con lo que necesites, pero no la sobrecargues. Hay un pequeño jardín en el patio trasero. No es mucho, pero es todo lo que tenemos.

Asentí, siguiendo a la mujer por un estrecho pasillo que daba al patio trasero del castillo.

Al salir al exterior, el aire frío golpeó mi rostro despejando cualquier resto de sueño que aún pudiera quedar. Me detuve un momento a mirar el paisaje que se extendía. Desde ese punto elevado del castillo no había rastro alguno del Reino de la Luz, solo vastas extensiones de terreno árido y montañas oscuras que parecían levantarse como murallas naturales alrededor del Reino de las Sombras.

¿Cómo podría encontrar el camino de regreso? pensé, sintiendo un nudo formarse en mi estómago. Por primera vez, la distancia entre donde estaba y mi hogar se sintió abrumadora, aunque nunca hubiera llamado formalmente mi hogar al Reino de la Luz.

Imelda me apuró con un leve movimiento de cabeza, y volví mi atención al pequeño jardín frente a nosotras. Era un espacio modesto, rodeado por un muro bajo de piedra que lo protegía parcialmente del viento. Las plantas eran pocas, y aunque algunas mostraban signos de vida, muchas parecían marchitas o apenas sobrevivían.

Fruncí el ceño al inclinarme para examinar una planta. Había hierbas comunes, pero su estado era preocupante.

—Recoge lo que puedas —dijo Imelda— hazlo rápido, no tenemos todo el día.

Cuando la señora regresó al interior de la cocina, mi mirada recorrió el jardín con detenimiento. Algo dentro de mi no podía aceptar dejar esas plantas en ese estado, como si una parte de mi respondiera instintivamente al sufrimiento que veía.

Me arrodille junto a una de las hortalizas marchitas, cerré los ojos y deje que mi energía fluyera. Mis manos empezaron a temblar ligeramente mientras un suave resplandor dorado comenzaba a envolverlas. La cálida sensación de siempre llenó mi pecho mientras el don hacía efecto. Las hojas, que antes estaban flácidas y apagadas, comenzaron a recuperar un verde vibrante, y los tallos se enderezaron como si hubieran recibido nueva vida.

No utilicé demasiada energía; apenas lo suficiente para revitalizar las plantas más débiles y devolverles el color a los brotes apagados. No podía permitirme otro agotamiento, no después de lo ocurrido en el bosque.

Al terminar, respiré profundamente y comencé a llenar los frascos de la bolsa con las hierbas, las esferas con algunos pétalos de flores lunares y hongos que ahora estaban en mejor estado.

Cuando regresé a la cocina, Imelda estaba ocupada organizando un paquete con provisiones para el viaje. Al verme entrar, levantó instintivamente la mirada.

—¿Terminaste? —preguntó.

—Sí, hice lo mejor que pude con lo que había —respondí, entregándole la bolsa de piel llena de hierbas con cuidado.

Imelda asintió, pero sus ojos se detuvieron un segundo más de lo necesario en mi rostro, como si pudiera percibir que algo había cambiado en él.

—Buen trabajo, niña. Prepárate, el príncipe te estará esperando pronto.

Asentí, pero mi mente seguía en el jardín, en las plantas que había tocado con mi don. Había algo en ese pequeño acto de sanación que me recordó que, a pesar de todo, todavía tenía algo que podía ofrecer al mundo.




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