Lágrima del Alba

CAPÍTULO 08

Cuando nos aproximambamos a Ashenbrook, la atmósfera cambió drásticamente. A diferencia de Mirkwind, donde fuimos recibidos con sonrisas y gratitud, este lugar parecía cargado de una tensión silenciosa. Las casas estaban aún más deterioradas, con ventanas rotas y puertas que colgaban de sus bisagras. Los campos alrededor del pueblo mostraban signos de saqueo: cultivos aplastados, herramientas esparcidas y cercas derribadas.

—¿Qué pasó aquí? —pregunté recorriendo con la mirada el paisaje devastado.

—Ladrones sin reino —respondió el príncipe con un tono sombrío— bandidos que no responden a ningún rey ni ley. Atacan donde pueden y desaparecen antes de que lleguemos.

¿Ladrones sin reino? Era la primera vez que escuchaba ese término, no había ladrones sin reino en el Reino de la Luz o cerca como para generar rumores. Al parecer presentaban un problema solo en el Reino de las Sombras.

A medida que avanzaban, comenzaron a ver a los aldeanos. La mayoría tenía heridas visibles: vendajes improvisados, cortes infectados y ojos cansados. Un hombre con el rostro cubierto de polvo y sangre se acercó cojeando, apoyándose en un bastón.

—Alteza... llegaron justo a tiempo —dijo con una reverencia torpe, su voz quebrada por la desesperación— anoche vinieron. Se llevaron lo poco que teníamos y nos dejaron esto.

El hombre señaló a un grupo de personas que estaban sentadas o recostadas cerca de una hoguera. Algunos gemían de dolor, mientras que otros estaban demasiado débiles para moverse. Sentí un nudo en el estómago al verlos.

El príncipe desmontó rápidamente para después girarse y ayudarme a bajar del caballo.

—Descarguen los suministros. Haremos todo lo que podamos para ayudarlos —ordenó a sus soldados. Luego, regresó hacia mi— aquí es donde realmente te necesito.

Asentí con nerviosismo por la inesperada frase del príncipe, mi piel se erizó, mis manos temblaban ligeramente mientras lo seguía hacia los heridos. Era diferente a lo que había visto en Mirkwind; aquí las heridas eran graves. Había cortes profundos, moretones que cubrían cuerpos enteros y niños con fiebre alta, pero nada que no hubiera visto antes en el hospital, la diferencia era que aquí no tenía remedios suficientes para tratarlos y comprendí que tendría que apoyarme casi por completo de mi don para ayudarlos a sanar.

—Comencemos con los más graves —dijo el príncipe, colocándose junto a mi como un ancla firme en medio del caos.

Respiré hondo, arrodillándome junto a un hombre que tenía un profundo corte en la pierna. La herida estaba infectada, y el olor a sangre y carne en descomposición me golpeó como una bofetada.

—Esto... esto va a doler un poco —susurré, colocando mis manos sobre la pierna del hombre.

El brillo dorado de mi don comenzó a aparecer, iluminando ligeramente la herida. El hombre gimió de dolor al principio, pero luego su respiración se volvió más tranquila. Se podía ver cómo la carne comenzaba a cerrarse, aunque el proceso no era tan rápido ni perfecto como desearía.

El príncipe observaba en silencio, su mandíbula apretada. Aunque no lo decía, sabía que estaba evaluando cada movimiento, cada decisión que tomaba.

A medida que avanzaba la tarde, atendí a tantos heridos como pude, alternando entre mi don y métodos más tradicionales con las pocas hierbas y ungüentos que había traído del castillo. Las mujeres del pueblo comenzaron a rodearme, ofreciendo ayuda.

—Déjanos encargarnos de los vendajes, muchacha. Tú descansa un poco —dijo una mujer robusta, con cabello gris con destellos oscuros atado en un moño apretado.

Otra mujer me ofreció un cuenco con caldo caliente, insistiendo en que comiera algo, era difícil recuperar mis fuerzas a base de caldos, aunque fuera el platillo más común en estas tierras debido a la falta de víveres necesitaba recuperar mis fuerzas lo más rápido posible.

—Estás haciendo más por nosotros de lo que nadie ha hecho en años. No podemos dejar que te agotes.

Acepté el caldo con una sonrisa cansada, agradecida por la calidez de las personas a pesar de las circunstancias.

El príncipe, mientras tanto, estaba hablando con un grupo de hombres del pueblo. Aunque no podía escuchar todo lo que decían, el tono grave de su voz y las expresiones sombrías de los aldeanos dejaban claro que estaba planeando algo.

Cuando el sol comenzó a esconderse detrás de las montañas, el grupo decidió quedarse en el pueblo. Los aldeanos ofrecieron sus hogares, pero el príncipe insistió en que acamparíamos junto a los soldados en la plaza central.

—No podemos ponerlos en peligro otra vez. Si los ladrones vuelven, estaremos listos —explicó mientras organizaba las patrullas nocturnas.

Estaba exhausta pero satisfecha con lo que había logrado, me senté junto a una pequeña fogata que los soldados habían encendido. El calor era un alivio bienvenido después del largo día.

Después de un rato de contemplación el príncipe se acercó sentándose a mi lado con su capa de pieles envolviéndolo como siempre.

—Hiciste un buen trabajo hoy —dijo, su voz baja pero sincera.

Lo miré, sorprendida por el elogio.

—No creo haber hecho suficiente. Hay tantas personas que necesitan ayuda...

El príncipe dejó escapar un suspiro, su mirada fija en las llamas.

—No puedes ayudar a todos. Pero lo que hiciste hoy les dio esperanza. Y eso es más de lo que muchos han tenido en mucho tiempo.

Permanecí en silencio, con mis pensamientos divididos entre la gratitud de los aldeanos, el peso de la responsabilidad que sentía y el deseo de regresar al Reino de la Luz a pesar de que en el fondo sabía que eso iba a ser más complicado de lo que pensaba.

El príncipe permaneció despierto la mayor parte de la noche, caminando entre los soldados y asegurándose de que las patrullas estuvieran en orden. En un momento, se detuvo a observar a Lyra, quien dormía envuelta en una manta junto a la fogata. Su rostro algo manchado por las cenizas de la hoguera parecía relajado, por primera vez en todo el día, mostraba un lado de ella que el príncipe no había visto antes.




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