El aire matutino en el pueblo era helado, pero la luz tenue del amanecer teñía las cabañas de un dorado suave. Se escuchaban los últimos preparativos del viaje: los soldados aseguraban las carretas, los caballos resoplaban impacientes, y el murmullo de los habitantes que se despedían del príncipe y su escolta flotaba en el aire como un eco apagado. Nadie parecía estarme prestando atención.
Sentí un nudo en el estómago. La sola idea hizo que mi corazón latiera con fuerza en mi pecho mientras mis ojos se posaban en un sendero estrecho que se adentraba en el bosque. No era un camino marcado, más bien una grieta entre los árboles, pero algo en él me susurraba que podía ser mi única oportunidad. Nadie parecía estar prestándome atención.
La desesperación se aferró en mi como una garra invisible. No tenía un plan, ni siquiera sabía hacia dónde llevaba ese camino, pero mi instinto me gritaba que corriera. Mis manos temblorosas encontraron fuerza en mi colgante y mi respiración se volvía errática mientras mi cuerpo oscilaba entre dos decisiones: ¿arriesgarme y desaparecer en la espesura del bosque, o resignarme a seguir con el príncipe y su escolta?
Mis pies comenzaron a moverse por sí solos. Pasos lentos, silenciosos, cada uno más cauteloso que el anterior. Si lograba alejarme solo un poco más antes de que alguien me notara...
—No haría eso si fuera tú.
La voz grave y pausada me arrancó de mis pensamientos como un golpe de agua helada.
Me giré bruscamente, encontrando la silueta de un hombre apoyado contra un árbol, a pocos metros. Su ropa era diferente a las de los soldados; no llevaba armadura, sino prendas gruesas de piel y tela oscura, similares a las del príncipe. Su barba, entremezclada con canas, le daba una apariencia endurecida por el tiempo, y sus ojos oscuros me observaban con una calma que solo alguien con demasiada experiencia podía tener.
Tragué saliva recuperando la respiración.
—¿Hacer qué? —pregunté, forzando mi voz a mantenerse firme.
El hombre no respondió. Solo me miró por un instante más y luego, sin prisa, se apartó del árbol y caminó de regreso hacia los demás.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Lo seguí con la mirada mientras daba pasos lentos de regreso, observando cómo se acercaba al príncipe y le murmuraba algo al oído. Fue un mensaje corto, apenas un susurro, pero el cambio en la postura del príncipe fue inmediato. Su espalda se tensó y su mirada fría se encontró con la mía, analizándome con más dureza que antes.
Un segundo después, una mujer tomó suavemente mis manos guiándome hacía el grupo de mujeres de la aldea.
—Ven, querida —dijo con un tono bajo y amable, aunque había firmeza en su agarre.
No opuse resistencia, pero sentí como mi corazón caía en mi pecho. La torpe esperanza de escapar se desvaneció tan rápido como apareció.
El tiempo pareció dilatarse en los minutos siguientes. El príncipe no pronunció una sola palabra, pero su expresión se había vuelto más rígida, más severa. Sus soldados ya estaban listos para partir, algunos despidiéndose de los ciudadanos y acomodando sus pertenecías en sus respectivos caballos.
Cuando finalmente se acercó a mí, su mirada era impenetrable, sus movimientos firmes y decididos.
—Irás en la carreta.
Su voz no admitía discusión.
Antes de que pudiera reaccionar, sentí la áspera presión de una soga envolviendo mis muñecas. El tacto de la cuerda era rugoso y seco, enterrándose en mi piel con cada movimiento.
—¿Qué estás haciendo? —exigí, con voz mezclada de sorpresa e indignación.
El príncipe no respondió. Su agarre en la cuerda era fuerte, seguro, como si no estuviera dispuesto a ceder ni un centímetro de control.
Me llevó hasta la carreta sin esfuerzo, empujándome con la misma precisión con la que manejaba un arma. La madera crujió bajo mis pies mientras era guiada hasta el interior del transporte. Con un último tirón, la soga se tensó, asegurándose contra los duros tablones.
El aire frío me envolvió cuando el príncipe se apartó, sin mirarme una vez más.
—Nos vamos —ordenó.
Y con ese mandato, los caballos se pusieron en marcha, arrastrando la carreta y a mi lejos de cualquier oportunidad de libertad.
Mientras sentía el vaivén del camino, no pude evitar preguntarme si había cometido un error al no haber corrido cuando tuve la oportunidad.
Porque ahora, estaba completamente a merced del príncipe de las sombras...
No sabía cuánto tiempo había pasado. El traqueteo monótono de la carreta, el crujido de la madera bajo mi peso y el viento helado que azotaba mi piel habían convertido el mundo en una neblina de incomodidad y agotamiento. Mis muñecas ardían por la presión de la soga, y cuando intenté moverlas, una punzada de dolor me abrumó. Miré hacia abajo y vi que la cuerda había cortado mi piel, pequeñas líneas de sangre recorrían mis muñecas manchando la tela del vestido.
El cansancio y frío eran abrumadores, pero mi mente no me permitía rendirme. A pesar del dolor y la incertidumbre, me negaba a dejarme quebrar.
Entonces, algo cambió.
El ambiente, antes solo frío y silencioso, se volvió tenso.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Los caballos resoplaron inquietos y los soldados comenzaron a mirar al alrededor con cautela.
El príncipe fue el primero en reaccionar.
—Deténganse —ordenó en voz baja, alzando una mano.
Los soldados obedecieron al instante. Las riendas se tensaron, las carretas se detuvieron y el silencio del bosque se volvió sofocante.
Contuve la respiración y entonces sombras aparecieron de entre los árboles. Movimientos rápidos, demasiado coordinados para ser simples viajeros.
Antes de que pudiera reaccionar, un silbido cortó el aire.
La primera flecha impactó contra la carreta, justo a pocos centímetros de mi rostro.
—¡Emboscada! —gritó uno de los soldados.