Lágrima del Alba

CAPÍTULO 11

Cuando el bardo rasgó las primeras notas del arpa, un silencio absoluto se extendió por el gran salón. Su voz surgió profunda y envolvente, como un susurro de los tiempos antiguos, y las palabras que brotaron de sus labios no eran en el idioma que conocía.

Era la lengua de los ancestros.

"Lutharaen... salvah'een...
Iira vel an doru shaal,"
"Averionth kaelor vael,"
"Luthara... aeluraen."

Los murmullos de la audiencia cesaron. Incluso los soldados endurecidos parecieron hipnotizados por la melodía; las cuerdas del arpa parecían estar hechas de plata y luz, danzando entre los dedos del bardo invitado sin preocupación que hipnotizaban a cualquiera, las notas musicales hacían eco en la madera sólida tallada a mano del arpa imponente y majestuosa.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No entendía las palabras, pero algo en ellas me estremecía, como si despertaran un eco en mi interior.

El príncipe, a mi lado, permaneció inmóvil, su mirada fija en el bardo con una intensidad oscura.

El bardo continuó:

"Luz en piedra, sombra en sangre,"
"El llanto del alba... sellado quedó,"
"Dividido en dos, el poder calló,"
"Uno escondido, el otro robado..."

Sentí mi respiración atraparse en mi garganta.

¿Dividido en dos?

Mis manos se aferraron a la tela del vestido en mi regazo sin darme cuenta. Algo en la letra resonaba con la historia que aún no conocía. El príncipe ladeó la cabeza y noté su mirada de reojo, como si estuviera esperando mi reacción. El bardo dejó caer las últimas notas del arpa con delicadeza, y la melodía se desvaneció en el aire frío del salón.

Por un momento, nadie se movió. Entonces, una copa chocó contra la mesa, y las conversaciones volvieron poco a poco, como si la magia de la canción se disipara lentamente.

El príncipe se giró hacia mi con una expresión indescifrable.

—No es común que se cante sobre la Lágrima del Alba en presencia de desconocidos—murmuró, con un tono más bajo de lo habitual.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Por qué?

El príncipe tomó su copa y giró el líquido oscuro en su interior tomándose un momento para contestar.

—Porque su historia no ha sido contada en generaciones... y porque muchos creen que es solo un mito.

Tragué saliva. Pero si era solo un mito, ¿por qué sentía que esa historia estaba hablándome directamente?

El evento había concluido, pero mi mente seguía atrapada en las palabras del bardo. Mientras los soldados y nobles se dirigían al comedor para la cena, permanecí sentada, mi mente navegando entre las sombras de una historia que sonaba demasiado intrigante para ser solo un mito.

El príncipe se puso de pie, listo para marcharse, pero no me moví.

—Cuéntamelo —dije en voz baja, sin mirarlo.

El príncipe frunció el ceño parando en seco.

—¿Contarte qué?

Levante la vista, mi mirada firme y exigente.

—La historia de la Lágrima del Alba.

El príncipe permaneció en silencio por un momento, evaluándome con sus ojos miel, como si intentara medir cuánto debía decirme. Finalmente, suspiró y se sentó nuevamente, esta vez más cerca.

—Esa historia no se cuenta a cualquiera —dijo con calma— no es un simple mito, y tampoco una verdad absoluta.

Esperé en silencio sin perder el contacto visual. El príncipe retomó su lugar y tomando un largo respiro se apoyó en los descansos de la silla con los codos y comenzó a hablar.

—Dice la leyenda que hace más de un siglo, antes de la guerra, antes de que existieran dos reinos separados... existía un solo territorio, una sola corona. Era una era de prosperidad, donde la luz y la sombra no eran opuestas, sino partes de un mismo equilibrio.

Sentí mi respiración volverse más pesada.

—La corona pertenecía a un rey y una reina —continuó el joven— se decía que su poder provenía de un artefacto sagrado llamado La Lágrima del Alba.

El príncipe hizo una pausa, su mirada vagando por la habitación como si estuviera observando fantasmas del pasado.

—No era solo una joya. No era solo un objeto. Era una fuente de poder, de vida, un fragmento de algo mucho más antiguo que los dioses habían regalado al mundo mortal.

Sentí que mi pecho se apretaba.

—¿Y qué pasó con ella?

El príncipe me miró con una expresión más sombría.

—La traición.

Su voz se tornó más grave y recuperando saliva continuó.

—Fue alguien en quienes los reyes confiaban.

Entrecerré los ojos, escuchando cada palabra con suma atención.

—Un aliado, alguien que había servido fielmente a los reyes, alguien con acceso al poder, alguien que... — el joven exhaló lentamente, como si contarlo en voz alta fuera suficiente para despertar a los fantasmas del pasado— los asesinó por sed de poder.

Mi corazón latía con fuerza.

—¿Sed de poder?

El príncipe asintió lentamente.

—No sabemos exactamente cómo ocurrió, pero cuando la traición se consumó, la Lágrima del Alba se fracturó en dos partes. Una mitad quedó en manos del traidor, y la otra...

Sentí como mi cuerpo se tensaba y fruncí las cejas con desconfianza.

—¿Desapareció?

El príncipe me sostuvo la mirada, un destello de incertidumbre brilló en sus ojos miel.

—Algunos dicen que fue destruida. Otros creen que fue escondida.

Hizo una pausa antes de añadir, con voz más baja.

—Y algunos... creen que su poder se unió a una persona.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda haciendo que la piel se me erizara.

—¿Una persona?

El joven me miró fijamente, pero algo en sus profundos ojos había cambiado. Había tensión en su mandíbula, como si la idea lo inquietara.

—Es solo una leyenda —dijo esbozando una ligera sonrisa tan breve que se desvaneció antes de alcanzar sus ojos, pero su tono indicaba que no lo creía del todo.

No aparté la vista. El príncipe estaba acostumbrado a que la gente le bajara la mirada por respeto o por temor, pero no hoy, no conmigo. No había miedo en sus ojos. Solo intensidad, una búsqueda de respuestas y muy dentro un desafío implícito.




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