Partida al amanecer...
El alba llegó con un cielo cubierto de tonos azul acero y nubes pesadas, como si el sol dudara en alzarse sobre el Reino de las Sombras.
Desperté con el sonido de los preparativos en el patio principal: el relincho de caballos, el entrechocar de armas y el murmullo de los soldados que afinaban los últimos detalles antes de la partida.
Procedí a vestirme con la ropa de viaje que la señora Imelda me había dejado preparada descansando en una esquina de la habitación la noche anterior: un abrigo de lana gruesa con refuerzos de piel en los hombros y muñecas, botas resistentes y una capa que protegía el cuerpo del frío mordaz. No era elegante, pero era funcional.
Cuando bajé al patio, vi que el príncipe ya estaba montado sobre su corcel negro. Llevaba su capa oscura de piel y el cabello suelto, desordenado por la brisa helada. Esa imagen de él, con el rostro endurecido y la mirada fija en el horizonte, me hizo recordar que él no era solo un príncipe, sino un guerrero.
El príncipe giró la cabeza cuando me vio acercarme.
—Puntual —comentó con una media sonrisa— sube a tu caballo.
Un soldado me entregó las riendas de un corcel castaño oscuro, más pequeño y ligero que el del príncipe .
—Que no se te ocurra caer —bromeó Caldor, el soldado de mayor rango en el grupo, ajustando su montura. El mismo hombre que me había detenido en mi torpe intento de nulo escape.
Le dirigí una mirada firme antes de subir al caballo.
—No lo haré —respondí, acomodándome en la silla con facilidad.
—Bien —intervino el príncipe, observando a su grupo con su habitual seriedad— partimos.
Con un gesto de mano, los soldados hicieron avanzar sus caballos, y el sonido de los cascos resonó en el aire gélido mientras el grupo se adentraba en el bosque.
El paisaje cambió drásticamente en cuanto dejamos atrás el castillo.
El bosque era denso y oscuro, con árboles altos y nudosos cuyas ramas parecían arañar el cielo. La nieve cubría parcialmente el suelo, aunque en algunos lugares se podían ver los vestigios de hojas caídas y raíces retorcidas.
Inhalé profundamente, sintiendo el aroma terroso de la vegetación y el leve toque de humedad en el aire. No había estado en un bosque desde el último viaje con mis amigos en el Reino de la Luz. Por un momento, el peso de la nostalgia me golpeó como una ráfaga de viento helado.
Aerion.
El pensamiento llegó de golpe, arrastrando el recuerdo. Las incontables veces que caminamos juntos entre la maleza, con él siempre unos pasos adelante, apartando las ramas con facilidad para que no me lastimara.
—"Eres pésima para orientarte, Lyra" —su voz resonó en mi memoria, divertida pero firme—"si un día te pierdes en un bosque, al menos dime que recordarás cómo volver."
Sonreí sin darme cuenta.
—"No me perderé" —se había burlado de mi aquella vez— "para eso te tengo a ti."
Aerion había resoplado, fingiendo fastidio.
—"Siempre cuentas con eso, ¿eh?"
Lo había mirado con diversión.
—"Siempre."
El pensamiento me envolvió en nostalgia... y también de dolor. ¿Dónde estaría ahora? ¿Estaría buscándola? Sacudí la cabeza transformando mi semblante, enfocándome en la tarea. No podía darme el lujo de distraerme.
Descendí de mi caballo cuando el príncipe indicó que la primera parada sería en un claro donde algunos soldados ya habían comenzado a rastrear presas pequeñas.
—Tienes media hora —dijo el príncipe— busca lo que necesites mientras seguimos cazando.
Asentí y me alejé unos metros, buscando entre la nieve y las raíces expuestas. Pronto encontré lo que necesitaba.
Lágrimas de cuervo – una planta oscura con hojas ovaladas, utilizada para aliviar el dolor.
Raíz de lirio gélido – una raíz retorcida con propiedades anticoagulantes.
Muscaria de luna – un pequeño hongo brillante, excelente para reducir la fiebre.
Me arrodillé en el suelo, cortando las hierbas con cuidado con una navaja pequeña y guardándolas en la bolsa de cuero, ambas regaladas por la señora Imelda. Mi mente repasaba cada utilidad, cada combinación posible, tal como Elira mi mejor amiga lo habría hecho.
Cuando regresé con el grupo, el príncipe ya tenía cuatro conejos colgando de su caballo y los soldados discutían sobre una huella grande que indicaba la presencia de un venado cercano.
—¿Lista? —preguntó el príncipe al verme.
—Sí —respondí, ajustando la correa de la bolsa.
El príncipe me observó por un momento, con una expresión que era difícil de descifrar.
—Bien, vamos —dijo finalmente.
Continuamos avanzando, y el bosque se hizo más denso. Los soldados encontraron rastros de un ciervo grande y comenzaron a rodear el área con cautela.
El príncipe se movió con la precisión de un depredador, su cuerpo relajado pero atento. Sus ojos escaneaban cada rincón, sus sentidos agudizados. Observé a lo lejos con fascinación su destreza. El príncipe de las sombras no solo era un líder, sino también un cazador nato.
Pero entonces, algo salió mal. El ciervo, que había estado oculto entre los matorrales, saltó de repente, corriendo con una velocidad increíble. El príncipe reaccionó en un instante, alzando su arco y disparando una flecha precisa que rozó el cuello del animal.
En su huida, el ciervo pisó una raíz oculta y cayó de golpe... justo cuando un soldado intentó acercarse para acabar con él, el animal desesperado pateó con fuerza, y el príncipe con un movimiento ágil apartó al hombre tomando su lugar en un acto protector, la pezuña afilada del animal golpeó la pierna del príncipe con un impacto seco.
El sonido del hueso fracturándose resonó en el aire. El príncipe gruñó de dolor y cayó de rodillas. Los soldados reaccionaron de inmediato, rodeando al animal, pero en un impulso casi involuntario corrí hacia el príncipe sin pensarlo.
—¿Estás bien?—susurré, arrodillándome a su. Mis pupilas se dilataron y los ojos se me abrieron de golpe ante la sangre que brotaba de la herida empapando la tela oscura de su pantalón.