Elira y Tharen se movieron con cuidado por los pasillos del palacio, conscientes de que cada paso debía ser calculado. Desde que la Reina los ascendió y los instaló en sus aposentos, sentían que siempre había ojos vigilándolos. Sin embargo, algo en el comportamiento de la Reina no cuadraba, aunque les costara admitirlo más a unos que a otros del grupo.
Aerion y Calen, por su parte, se encontraban en el patio principal entrenando con los soldados. Había un aire de camaradería forzada; los demás soldados aún los veían como nuevos, pero después de varios días de duro entrenamiento, comenzaban a aceptarlos poco a poco. Esto mantenía a los dos alejados de las miradas inquisitivas del palacio, lo que era exactamente lo que necesitaban para desviar sospechas.
Elira y Tharen, por otro lado, habían decidido usar ese tiempo para investigar en la biblioteca privada del palacio. Con las pistas que habían encontrado anteriormente, estaban convencidos de que allí había más respuestas ocultas, incluso si la Reina no quería que nadie las viera.
Cuando llegaron a la biblioteca, el lugar estaba en completo silencio, salvo por el crujido ocasional de una página al ser volteada por algún estudioso. Las estanterías se alzaban imponentes, cubiertas de libros y pergaminos antiguos que parecían estar cargados de secretos.
—Recuerda, actúa como si estuviéramos estudiando para nuestras nuevas responsabilidades —murmuró Tharen, ajustándose los anteojos.
Elira asintió, sosteniendo un par de libros viejos que había tomado de una mesa cercana.
—Si alguien nos pregunta, estamos revisando registros históricos del reino para entender mejor las tierras fronterizas.
—Buena excusa —respondió Tharen, con una sonrisa rápida— ahora, busquemos algo que realmente nos sirva.
Se dirigieron a una sección menos concurrida, donde los libros eran más antiguos y las páginas estaban amarillentas por el tiempo. Elira recorrió con los dedos los lomos de los libros, buscando cualquier título que pudiera llamar su atención.
—Aquí hay algo —susurró Tharen, señalando un estante alto.
Elira siguió su mirada y vio un pergamino enrollado, marcado con un símbolo que le parecía familiar: una estrella rodeada de curvas. El mismo símbolo marcado en el colgante que Lyra lleva siempre, pero no lo reconocieron de inmediato.
—Ayúdame a alcanzarlo —dijo Elira, poniéndose de puntillas mientras Tharen le ofrecía apoyo.
Cuando lo tomaron, lo desenrollaron con cuidado y vieron que era un mapa antiguo del Reino de la Luz, pero diferente a cualquier otro que hubieran visto antes.
—Mira esto —dijo Elira, señalando un pequeño pasaje marcado cerca de las montañas al norte, justo en la frontera con el Reino de las Sombras.
—Este lugar no aparece en los mapas modernos —murmuró Tharen, examinando los detalles—. debe ser una ruta oculta.
Elira asintió, comenzando a copiar los detalles del mapa en un pedazo de pergamino que había traído. Antes de que pudieran seguir investigando, un ruido de pasos cercanos los hizo congelarse.
—Guarda todo, rápido —susurró Tharen.
Elira enrolló el pergamino y lo deslizó en el bolsillo de su chaqueta mientras Tharen apagaba la lámpara. Justo cuando se escondían detrás de una estantería, la puerta de la biblioteca se abrió.
Una figura alta y elegante entró. Era uno de los oficiales de la Reina. Su mirada recorrió la sala lentamente, como si supiera que algo fuera de lo común estaba ocurriendo.
—Sé que alguien está aquí —dijo, con voz grave.
Elira y Tharen contuvieron la respiración, manteniéndose inmóviles mientras el oficial caminaba lentamente entre las estanterías. Por un momento, pareció que iba a descubrirlos, pero justo antes de llegar a donde estaban escondidos, una voz lo llamó desde la entrada.
—Señor, la Reina lo requiere de inmediato.
El oficial dudó, mirando una vez más alrededor antes de salir de la biblioteca. Cuando se aseguró de que estaban solos, Tharen suspiró aliviado.
—Esto fue demasiado cerca.
—Lo sé —respondió Elira, todavía con el corazón acelerado por la cercanía con su amigo— pero lo que encontramos vale el riesgo.
Esa noche, Elira y Tharen compartieron su hallazgo con Aerion y Calen en su habitación.
—Entonces hay una ruta oculta —dijo Aerion, mirando el mapa que Elira había copiado con cierta desconfianza, lo cual parecía normal al ser hijo de un miembro del consejo de la Reina su familia estaba en deuda con ella y sus padres eran fieles seguidores y súbditos.
—Sí, pero no sabemos si sigue existiendo. Y si lo hace, probablemente esté muy bien escondida —respondió Tharen.
—Entonces debemos actuar rápido —dijo Calen, con un brillo de determinación en los ojos.
Aerion asintió, mirando a sus amigos.
—Vamos a usar este mapa. Encontraremos esa ruta, y traeremos a Lyra de vuelta a casa.
Elira asintió, pero en el fondo, no podía sacudirse la sensación de que algo no cuadraba con la Reina.
La noche cayó sobre la ciudad del Reino de la Luz. Con sus equipajes listos y sus capas cubriéndolos del viento frío, se deslizaron entre las sombras de los jardines del castillo.
Aerion iba al frente, su cuerpo tenso, guiándolos con pasos seguros.
—El pasaje debería estar justo detrás de estas murallas —susurró Tharen.
Calen escaló con facilidad una de las vigas de piedra y echó un vistazo.
—No podemos fallar —murmuró Aerion para sí mismo, sintiendo su corazón latir con fuerza.
Lyra lo necesitaba. Y haría lo imposible por traerla de vuelta. Las calles dormían bajo la luz de la luna, con solo unas pocas antorchas iluminando los pasillos de piedra que rodeaban el castillo. El grupo avanzaba en silencio, manteniéndose en las sombras mientras se acercaban a la muralla que los separaba de su única salida secreta.
Desde su escondite entre los arbustos de los jardines, los guardias eran visibles: dos en la entrada principal, otros dos patrullando la muralla. No podían enfrentarlos directamente, no sin alertar al castillo.