Lágrima del Alba

CAPÍTULO 14

La luz parpadeante de la chimenea proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra del castillo. El silencio de la noche envolvía la sala con una calma engañosa, rota solo por el ocasional crujido de la madera quemándose en la chimenea.

El príncipe avanzó con pasos silenciosos, sus ojos dorados captando de inmediato la figura femenina sentada en un sillón cerca de la chimenea, envuelta en una gruesa manta de piel y el libro de herbolaria que le había sido devuelto por Imelda a ordenes de él abierto en su regazo.

Estaba absorta en la lectura, aunque sabía que mi semblante reflejaba cansancio, luchaba contra mis párpados pesados por el agotamiento de la noche en vela. El príncipe pareció notar las ojeras bajo mis ojos verdes y cómo mi respiración era más lenta de lo normal.

Sin decir palabra, tomó asiento a mi lado en el sofá de piel oscura, su presencia cálida pero firme. Apenas levanté la vista, lo miré por un instante y regresé rápidamente mi atención al libro, como si quisiera ignorar mi propio cansancio.

El príncipe apoyó los antebrazos en sus rodillas y me observó con detenimiento.

—¿Pudiste dormir? —preguntó en voz baja.

Agité la cabeza en negación, con un movimiento lento.

—No dejo de pensar en lo que pasó en el bosque.

Mis palabras parecieron flotar en el aire, llenas de incertidumbre. Había una vulnerabilidad en mi tono que el príncipe no solía escuchar. Por un instante, dudó en responder. Sabía que lo que estaba a punto de decir cambiaría muchas cosas. Pero la verdad ya no podía seguir oculta.

Con voz suave, calmada, me preparó para lo que estaba a punto de revelar.

—Lyra... creemos que dentro de ti vive la pieza perdida de la Lágrima del Alba.

Parpadeé incrédula levantando mi mirada hacia la del príncipe, mi cuerpo quedó inmóvil ante esas palabras.

—¿Qué...? —susurré, sin estar segura de si había escuchado bien.

El príncipe continuó, midiendo cada palabra con precisión, queriendo dar la verdad sin abrumar. Me habló de la leyenda, de cómo la Lágrima del Alba tenía propiedades que, en las manos equivocadas, podían provocar violencia y sufrimiento. Relató cómo la leyenda hablaba de que, hace años, la memoria de los habitantes del Reino de la Luz había sido manipulada, cómo algunos exiliados que aún conservaban la verdad susurraban historias sobre una traición, sobre una mujer que arrebató la corona con engaños y ahora disfrutaba de los placeres de la realeza... y finalmente, dijo lo que su padre le había revelado.

—Creemos que tú eres la hija perdida de los antiguos reyes... y por eso la Reina te está buscando.

Sentí mi estómago revolverse. Los fragmentos dispersos del pasado comenzaron a encajar en mi mente como piezas de un rompecabezas incompleto. La falta de recuerdos, la sensación de estar incompleta, mi conexión inexplicable con la sanación...

Era demasiado. Demasiado para procesar en una sola noche y sin embargo, en medio de la tormenta que se arremolinaba en mi mente, la presencia del príncipe me resultaba extrañamente tranquilizadora.

No respondí, apenas logré procesar el golpe de información que me había sido revelado asintiendo con un movimiento ligero de cabeza, solté mi libro con suavidad, mis párpados estaban pesados, mi cuerpo cedió al agotamiento que ya no podía ignorar. Mi cabeza cayó delicadamente vencida por la gravedad sobre el hombro más próximo del príncipe, acomodándome contra él sin pensarlo.

El príncipe se tensó por un instante, sorprendido por la inesperada cercanía. Pero cuando vio el rostro relajado de la joven, su respiración tranquila, sintió algo cálido instalarse en su pecho. Su brazo se movió con instinto, asegurándose de que la manta cubriera bien mi cuerpo y con una voz que apenas fue un susurro, pero que cargaba un peso inquebrantable, murmuró.

—Aquí estás a salvo, Lyra... no dejaré que nada te pase.

El fuego de la chimenea siguió crepitando suavemente, mientras la noche avanzaba en silencio. La calma de la sala se vio interrumpida por el eco de pasos sigilosos acercándose. Un soldado, cubierto con un manto oscuro, se detuvo en el umbral de la puerta, su respiración contenida mientras observaba la escena. El príncipe no necesitó girarse para sentir su presencia. Sus instintos estaban siempre alerta. El hombre se inclinó apenas y, en un susurro, dejó escapar la advertencia.

—Mi señor... han visto intrusos en las fronteras.

El príncipe tensó la mandíbula, su mirada oscureciéndose de inmediato. La frontera del Reino de las Sombras no era un lugar para viajeros imprudentes. Nadie se aventuraba allí sin una razón... y las razones nunca eran buenas. Volvió la vista a Lyra. Seguía dormida, su respiración tranquila, su cabeza aún apoyada en su hombro.

No podía despertarla, no ahora. Con sumo cuidado, deslizó su brazo bajo su cabeza y, con movimientos suaves, la acomodó contra el respaldo del sofá. Aseguró la manta de piel alrededor de su cuerpo, asegurándose de que el frío del castillo no la alcanzara. Se quedó un segundo más observándola. Parecía tan ajena al peligro que se cernía sobre ellos.

Pero en su interior, el príncipe sabía que la paz de esa noche no duraría mucho. Con un último vistazo, se puso de pie con sigilo y salió de la sala, siguiendo al soldado por los oscuros pasillos del castillo.

La noche envolvía el castillo en sombras espesas, apenas interrumpidas por las antorchas parpadeantes que iluminaban el patio principal. El aire helado mordía la piel, arrastrando consigo el aroma de la nieve que se acumulaba en las montañas distantes. Cinco soldados esperaban ya montados en sus caballos, listos para partir. El príncipe se ajustó el grueso abrigo de piel y tomó las riendas de su corcel oscuro y fuerte que exhalaba bocanadas de vapor en la fría noche.

—Muéstrame exactamente dónde los vieron —ordenó, su voz firme pero controlada.

El soldado que había dado la advertencia asintió y tomó la delantera, guiando al grupo a través de los rastros de nieve que perduraban en el frío suelo. El galope de los caballos resonó en la penumbra mientras se adentraban en los senderos helados que llevaban a la frontera. El príncipe no dejaba de pensar en las posibilidades: ¿espías? ¿Cazadores furtivos? ¿O algo peor?




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