Lágrima del Alba

CAPÍTULO 15

Elira fue separada de su grupo. El agarre firme del guardia en su brazo le impedía resistirse, y el temor se instaló en su pecho como un nudo sofocante. Su respiración era errática, su mente inundada de preguntas y peores escenarios. Cada paso que daba lejos de los chicos la hacía sentirse más indefensa, más vulnerable.

El pasillo de piedra por el que la guiaban estaba apenas iluminado por antorchas parpadeantes, proyectando sombras alargadas en las paredes irregulares. El eco de sus propios pasos le recordaba lo sola que estaba. Finalmente, el guardia la empujó suavemente dentro de una habitación pequeña, cerca de la cocina de la fortaleza. El olor a pan horneado y leña quemada flotaba en el aire, un contraste inesperado con la angustia que pesaba sobre ella.

Elira se quedó inmóvil, temblorosa, con las lágrimas nublando su visión mientras el guardia cerraba la puerta tras él sin decir una palabra. Había esperado una celda oscura y fría, cadenas, gritos... pero lo que encontró la dejó momentáneamente paralizada.

Dos mujeres estaban allí, de pie junto a una mesa de madera, observándola con expresión neutra. Sus rostros marcados por el tiempo y la fatiga contrastaban con la suavidad de sus movimientos. Llevaban ropas sencillas, y cuando se acercaron, hablaron en un dialecto que Elira no entendió. Las palabras fluyeron con un tono bajo y tranquilo, como si no quisieran asustarla.

Elira retrocedió un paso instintivamente, su cuerpo aún en alerta, pero el cansancio la venció. Su mirada pasó de las mujeres a sus propias manos, a los cortes rojos y las marcas en sus muñecas, a sus tobillos hinchados y ensangrentados. Su vestido, sucio y desgarrado, dejaba ver las huellas del cruel trayecto hasta la fortaleza: espinas que habían rasgado su piel, ramas que la habían golpeado sin piedad.

Una de las mujeres se inclinó con cautela y tomó sus manos, su tacto cálido y firme, sin rastro de violencia. Sus dedos hábiles comenzaron a envolver sus muñecas en vendas limpias, mientras la otra mujer murmuraba algo en su lengua. Era un gesto simple, pero tras todo lo que había pasado, se sintió como un pequeño respiro en medio de la tormenta.

Elira parpadeó varias veces, conteniendo el sollozo que luchaba por salir. No sabía quiénes eran estas mujeres ni por qué la estaban ayudando, pero en ese momento, su amabilidad inesperada era suficiente para hacerla sentir, al menos por un instante, segura.

Después de vendar y calmar sus heridas el guardia de antes llevó a Elira a una celda vecina a la de los chicos, Elira se dejó caer contra la fría pared de piedra de su celda, el alivio por volver a ver a los chicos chocando con la incertidumbre de su situación. El aire en la fortaleza era denso, cargado con el aroma a humedad y ceniza. Desde su celda, podía ver los rostros tensos de sus amigos, pero lo que más la sorprendió fue la expresión relajada de Tharen, recargado contra la reja mientras hablaba con Kaedan. Era como si hubieran pasado de la hostilidad a la camaradería en cuestión de minutos.

Frunció el ceño y se acercó lo más que pudo a los barrotes.

—¿Qué está pasando? —preguntó, su voz aún temblorosa por el miedo que la había acompañado todo el trayecto.

Tharen se giró de inmediato al escuchar su voz y caminó hasta quedar frente a ella. Sus ojos oscuros recorrieron su figura, notando los vendajes en sus muñecas y tobillos.

—¿Te hicieron daño? —preguntó, su voz tensa.

Elira negó con la cabeza y levantó las manos, mostrando los vendajes frescos.

—No. Solo curaron mis heridas.

Tharen dejó escapar un suspiro, su postura relajándose apenas.

—Bien.

Elira miró más allá de él y notó cómo Kaedan hablaba con Aerion y Calen, con gestos serenos, como si no estuvieran prisioneros en una fortaleza enemiga.

—¿Y ustedes? ¿Desde cuándo son amigos? —preguntó con incredulidad, mirando fijamente a Kaedan.

Calen, que estaba sentado en el suelo con los brazos cruzados detrás de la cabeza, soltó una risa seca.

—Parece que Kaedan tiene una historia más complicada de lo que pensábamos.

Aerion asintió, pero su expresión seguía seria.

—Nos está ayudando a encontrar una forma de salir de aquí. Y de llegar hasta Lyra.

Elira observó a Kaedan con una mezcla de duda y curiosidad. El muchacho había pasado de ser un aliado dudoso a la única persona con información útil sobre su escape.

—¿Podemos confiar en él? —susurró a Tharen.

Tharen la miró con detenimiento antes de responder.

—No lo sé. Pero por ahora, es nuestra mejor opción.

Elira cerró los ojos por un momento, tomando aire. No tenía otra alternativa. Debían salir de ahí. Debían encontrar a Lyra.

—Está bien. ¿Cuál es el plan? —preguntó finalmente, preparándose para lo que venía.

Kaedan sonrió de lado, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

—Nos escapamos al amanecer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.