Lágrima del Alba

CAPÍTULO 17

El amanecer bañaba los muros de piedra del castillo con una luz tenue y fría. El aire aún conservaba la brisa helada de la madrugada, pero dentro del castillo, el calor de las chimeneas encendidas hacía el ambiente más acogedor.

Desperté sintiéndome más descansada de lo que esperaba. A mi lado, mi compañero felino estaba hecho un ovillo sobre las mantas, su respiración acompasada y tranquila. Sonreí pasando una mano por su pelaje antes de levantarme y arreglarme para el día que me esperaba.

Cuando bajé a la cocina, Imelda ya estaba preparando el desayuno para los soldados del castillo. La cálida mujer me recibió con una sonrisa mientras me ofrecía un pedazo de pan recién horneado con miel.

—Hoy parece que tendrás un día diferente, querida —comentó Imelda con su tono maternal.

—¿Diferente? —dije arqueando una ceja, tomando el pan entre mis manos.

Antes de que Imelda pudiera responder, el príncipe apareció en la cocina con una expresión relajada, pero con un destello juguetón en sus ojos.

—Lyra, ven conmigo.

Lo miré con desconfianza.

—¿Para qué?

El príncipe inclinó la cabeza levemente.

—Para que experimentes la vida en el castillo más allá de la biblioteca y la cocina.

Imelda rió por lo bajo y me dio un leve empujón en el hombro.

—Vamos, niña. Será divertido.

Suspiré y terminé mi desayuno antes de seguir al príncipe fuera de la cocina.

—¿A dónde vamos? —pregunté, mientras alcanzaba al heredero por los pasillos de piedra.

El príncipe me dirigió una sonrisa enigmática.

—Primero, a las caballerizas.

El olor a heno y cuero impregnaba el aire en el amplio establo del castillo. Varios soldados ya estaban preparando a sus caballos para las patrullas matutinas, pero en una esquina, una criatura mucho más pequeña esperaba pacientemente.

Era un potro joven, de pelaje oscuro y ojos curiosos, que meneaba la cola con energía.

—¿Qué opinas? —preguntó el príncipe, apoyándose contra un poste de madera.

Lo miré alzando las cejas.

—Es... un caballo.

El príncipe resopló, cruzándose de brazos.

—Es más que un simple caballo. Es joven y necesita aprender a confiar en la gente.

Lo miré con incredulidad.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Quiero que lo alimentes y te acerques a él.

—¿Esto es alguna clase de prueba?

El príncipe sonrió con diversión.

—Digamos que quiero ver qué tan buena eres con los animales además de con ese felino que te sigue a todas partes.

Suspiré, pero al ver al potro tan inquieto y curioso, mi corazón se ablandó.

Tomé un puñado de manzanas pequeñas de un barril cercano y lentamente me acerqué al animal.

—Hola, pequeño... —susurré extendiendo mi mano.

El potro olfateó mi palma con desconfianza, pero tras unos segundos, empezó a mordisquear la fruta con entusiasmo.

El príncipe observó la escena con los brazos cruzados, sonriendo para sí mismo.

—Tienes buena mano para los animales —comentó.

Acaricié suavemente la cabeza del potro, sintiendo su pelaje suave.

—Supongo que me gustan más que algunas personas —dije con una leve sonrisa.

El príncipe rió bajo.

—Eso no me sorprende.

Una Pausa en los Jardines...

Después de pasar un rato con el potro, dimos un paseo en los jardines del castillo. Aunque el clima era frío y las plantas no florecían como en el Reino de la Luz, había pequeños brotes de vida entre las piedras y la tierra oscura.

—Aquí es donde mi madre solía pasar sus tardes —dijo el príncipe en voz baja.

Noté el cambio en su tono y con curiosidad lo escuché con más atención.

—No se habla de ella en el castillo.

El príncipe desvió la mirada por un momento, observando una flor pálida que crecía entre las grietas de una fuente de piedra.

—Murió cuando yo era joven. Mi padre solía traerla aquí y ella siempre encontraba la manera de hacer que todo floreciera, incluso en estas tierras frías.

Sentí un nudo en la garganta.

—Debió haber sido una gran mujer.

El príncipe asintió, con una leve sonrisa melancólica.

—Lo era.

Un viento frío pasó entre nosotros, pero yo apenas lo sentí. En un impulso, extendí la mano y toqué suavemente la del príncipe, un gesto breve pero sincero.

El príncipe me miró, sorprendido por el contacto, pero en lugar de apartarse, dejó que su mano permaneciera bajo la mía. Después de unos segundos, fui yo quien retiró la mano, bajando la mirada con algo de vergüenza.

—Deberíamos volver... —murmuré.

El príncipe me observó por un momento más, luego asintió.

—Sí, hay una última cosa que quiero mostrarte.

Cuando volvimos al patio de entrenamiento, el príncipe tomó una de las espadas de madera que estaban apiladas junto a un poste y la lanzó hacía mi.

Con esfuerzo la atrapé torpemente, tambaleándome por el peso.

—¿En serio? —pregunté, levantando una ceja.

El príncipe sonrió con diversión.

—Si vas a sobrevivir en este reino, necesitarás más que solo hierbas y palabras bonitas.

Resoplé, pero adopté la postura de como recordaba haber visto a los soldados hacerlo.

—Está bien. Pero si me ganas demasiado rápido, me debes una cena.

El príncipe alzó una ceja, intrigado.

—¿Y si tú ganas?

Sonreí con picardía.

—Me debes dos.

El príncipe rió y adoptó una postura más relajada con su espada de madera.

—De acuerdo, pero no esperes que te lo haga fácil.

El primer golpe de Lyra fue torpe, pero Kael la guio pacientemente, mostrándole cómo moverse con más fluidez. Aunque en un principio parecía una broma, la determinación de Lyra creció con cada intento, y Kael sintió algo parecido al orgullo al verla mejorar.

Cuando finalmente terminó la práctica, estaba sin aliento y adolorida, pero con una sonrisa en el rostro.

—No fue tan malo —admití, recargándome en la espada de madera.




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