Lágrima del Alba

CAPÍTULO 19

El castillo del Reino de las Sombras solía ser un lugar de penumbra, pero aquella mañana tenía un aire distinto. Las cocinas bullían con actividad, los pasillos resonaban con pasos acelerados y las voces de los sirvientes se mezclaban en un torbellino de preparativos.

Desperté con los primeros rayos de sol filtrándose por la ventana de mi habitación. El aroma del pan recién horneado y el crepitar de la leña en las chimeneas me envolvieron mientras me desperezaba, sintiendo la suave textura de la manta de pieles sobre mi piel.

Al salir de mi habitación, los pasillos del castillo estaban inusualmente animados. Sirvientes iban y venían con cestos llenos de pan, carne curada y botellas de hidromiel. Otros cargaban grandes barriles de cerveza y jarras de barro con especias, listas para preparar las infusiones calientes que mantendrían cálido al pueblo cuando la noche cayera.

La señora Imelda supervisaba a un grupo de muchachas que amasaban pan en largas mesas de madera. El fuego ardía fuerte en los hornos, y la cocina estaba impregnada de especias, carne asada y hierbas frescas.

—¡Muchacha! —llamó Imelda al verme entrar— ven aquí, hazte útil.

Sonreí y me acerqué mientras me arremangaba las mangas del vestido para ayudar a cortar verduras.

—¿Siempre hay tanto movimiento? —pregunté mientras troceaba zanahorias.

—Cuando se trata del Baile de la Luna Roja, sí —respondió Imelda, sacudiendo la harina de sus manos— no hay lujos en este castillo, pero eso no significa que no sepamos celebrar.

Alcé la mirada, curiosa.

—¿Baile?

Imelda rio entre dientes.

—El príncipe no te dijo nada, ¿verdad?

Antes de que pudiera responder, una voz familiar resonó en el umbral de la cocina.

—No quería arruinar la sorpresa.

El príncipe estaba ahí, apoyado contra la puerta con los brazos cruzados. Su expresión relajada contrastaba con el torbellino de actividad a su alrededor.

—Esta noche se celebra el Baile de la Luna Roja —explicó, caminando hacia mi— es la única festividad que todos, desde los campesinos hasta los soldados, pueden disfrutar sin preocupaciones. Hay comida, música y bebida en abundancia.

—¿Y por qué Luna Roja? —pregunté sintiendo como el corazón se me aceleraba ante la presencia confiada del príncipe.

El príncipe me dedicó una sonrisa enigmática.

—Porque siempre lo hacemos en la noche en que la luna se alza con un tono carmesí.

EL príncipe señaló con la cabeza la ventana y mi mirada se desvió al patio principal del castillo, este se convirtió en el centro de los preparativos. Hileras de mesas largas cubiertas con manteles de lino y decoradas con ramas de pino y flores silvestres se alineaban en el espacio abierto. Las antorchas ya estaban listas, colocadas en grandes barriles llenos de aceite que iluminarían el lugar cuando el sol se ocultara.

Los soldados, que usualmente patrullaban las murallas con semblantes serios, ayudaban a cargar barriles de cerveza y a montar pequeños escenarios donde los bardos tocarían más tarde.

Observaba con fascinación cómo las mujeres preparaban enormes platos con carne asada, pan caliente y guisos espesos, y cómo los niños corrían emocionados, esperando la fiesta.

—No es un baile real como en el Reino de la Luz —dijo el príncipe acercándose a mi lado— pero aquí, celebramos a nuestra manera.

Sonreí observando el ambiente. No había oro ni mármol, pero había algo mucho más valioso: calidez. Cuando la tarde cayó, Imelda me llevó a mi habitación, donde un vestido me esperaba sobre la cama.

—¿Esto es para mí? —pregunté sorprendida.

El vestido no tenía la opulencia de los que usaban las damas del Reino de la Luz, pero era hermoso a su manera. Un tejido suave y ligero, en un tono rojo profundo con detalles en cobre y bordados delicados en las mangas.

—Lo hicimos especialmente para ti —dijo Imelda con una sonrisa maternal— no esperes joyas ni coronas, pero con este vestido te verás como una de las nuestras.

Pasé los dedos por la tela, sintiendo el trabajo hecho a mano. Nunca había visto algo tan hermoso. Imelda me ayudó a vestir y peinar, trenzó mi cabello con pequeñas cuentas de madera. Al verme en el espejo, apenas me reconocí. Parecía... parte del reino.

Me tomé mi tiempo para procesar la imagen de la chica que tenía delante. Cuando salí al patio principal, la música ya resonaba en el aire. El sonido de las flautas y los laúdes se mezclaba con el murmullo de las conversaciones y las risas.

El príncipe, vestido con una camisa de lino oscura y un chaleco de cuero, estaba esperando en el centro del patio. Al verme, sus ojos parecieron iluminarse con un destello que no supe interpretar, tal vez me lo estaría imaginando.

—¿Lista para abrir el baile? —preguntó, ofreciéndome su mano.

—No sé si soy la mejor opción para esto.

—Si puedes enfrentarte a bandidos en el bosque, puedes bailar conmigo —replicó el príncipe con una media sonrisa.

Asentí sin alternativa y tomé su mano, sintiendo el calor de su piel cosquillear contra la mía. Los músicos cambiaron de melodía, y la multitud se hizo a un lado mientras el príncipe y la forastera daban el primer paso.

El príncipe me guiaba con seguridad, moviéndose con naturalidad. Mientras tanto, yo intentaba seguirle el ritmo, concentrándome en copiar sus movimientos. El frío del lugar se filtraba bajo mis pies, pero el calor de la cercanía de Kael de algún modo me mantenía firme.

Las luces de las antorchas brillaban sobre nosotros, proyectando sombras danzantes en las paredes del castillo.

—No bailas tan mal —susurró Kael, inclinándose un poco hacia mi.

Lo miré con fingida indignación y una sonriso creció en mi rostro.

—Eso fue un cumplido o una ofensa disfrazada.

El príncipe rio y me giró con facilidad antes de acercarme de nuevo.

—Un cumplido, por supuesto.

El baile continuó, y, por primera vez desde que llegué al Reino de las Sombras, no me sentí extraña. Sentí que pertenecía...




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