Lágrima del Alba

CAPÍTULO 20

En la penumbra de la noche, cuando el frío de las celdas parecía abrazar cada rincón olvidado, Kael se debatía en un insomnio implacable. Incapaz de hallar reposo, abandonó su habitación y se deslizó en silencio por los angostos pasillos de piedra, donde el eco de sus pasos se perdía en la vasta oscuridad. La tenue luz de unas lámparas parpadeantes apenas lograba disipar las sombras, creando un ambiente cargado de misterio y melancolía.

Al llegar a la celda donde Lyra reposaba, la encontró sumida en un sueño tranquilo, rodeada por el leve murmullo del descanso de sus amigos. Sin embargo, fue la presencia de Aerion, posado a su lado con una fidelidad casi instintiva, la que hizo que el corazón de Kael se encogiera en un instante. Aquella imagen, tan serena y a la vez tan reveladora, lo obligó a enfrentar una dolorosa verdad: todas las ilusiones de un posible afecto se desvanecían ante la inmutable realidad.

El ambiente se impregnaba del aroma a humedad y a piedra antigua, y el sutil vaivén del fuego en las antorchas parecía marcar el inexorable paso del tiempo en que Kael había intentado, sin éxito, aferrarse a una esperanza efímera. En ese silencio casi sagrado, mientras observaba el perfil sereno de Lyra apoyada en el hombro del joven soldado, una sensación de desasosiego se apoderó de él. El calor que, en algún momento, había comenzado a abrirse en su pecho se cerró de golpe, como si un muro infranqueable se erigiera para protegerlo del dolor.

Con la mirada fija en la figura de Lyra, Kael sintió cómo su expresión se endurecía, volviendo a aquella faceta fría, calculadora y severa que siempre había defendido como escudo. Sin pronunciar palabra, dio media vuelta y se retiró lentamente, dejando atrás la escena impregnada de una quietud casi sagrada. Cada paso que lo alejaba de aquella celda parecía arrastrar consigo un fragmento de una esperanza marchita, mientras la atmósfera de la noche, densa y cargada, se convertía en el eco de sus desilusiones.

De vuelta en su habitación, en el refugio de su soledad, Kael selló su corazón una vez más. Allí, en la oscuridad, mientras el silencio y la soledad reinaban con absoluta autoridad, la determinación y el dolor se fusionaron en un mismo latido, marcando el inicio de un nuevo capítulo en el que la vulnerabilidad quedaba relegada al olvido.

Las primeras luces del alba se filtraban a través de los altos ventanales del castillo, dibujando tenues haces de luz que parecían perderse entre los muros de piedra. El aire olía a humedad y a leña apagada, un rastro de la hoguera que había ardido durante la noche para mantener a raya el frío. En aquel silencio casi reverencial, me incorporé despacio, sintiendo el peso de las horas sin mucho descanso.

Con pasos cautelosos, salí de la celda en la que había pasado la noche con mis amigos. El pasillo, largo y poco iluminado, se extendía como un corredor de sombras, y el eco de mis pisadas resonaba con inquietante claridad. A lo lejos, podía escuchar el goteo constante de agua en algún rincón lejano, un sonido que sumaba un matiz melancólico al ambiente ya de por sí cargado.

Mientras avanzaba en dirección a la cocina, me encontré con Imelda que, hasta hacía poco, significaba una presencia maternal para todos los que habitaban el castillo. Sin embargo, aquella mañana, sus ojos reflejaban una profunda tristeza. Al notar mi presencia, apenas asintió con la cabeza en modo de saludo y continuó su camino sin articular palabra alguna. Fue un gesto mínimo, cargado de una distancia que no recordaba haber sentido antes. Esa frialdad inesperada reforzó la impresión de que algo pesaba sobre todos en el castillo: un manto de tristeza que parecía envolver a sus habitantes y los muros por igual.

Al llegar a la cocina, la encontré menos bulliciosa de lo habitual. Nadie cuchicheaba ni corría para preparar desayunos apresurados. Un par de grandes ollas descansaban sobre las brasas apagadas, y el aire estaba impregnado de un vago aroma a pan que se había horneado horas antes. Sin perder demasiado tiempo, tomé un par de hogazas y algo de queso envuelto en un paño. Busqué también un jarro con agua fresca y recogí unas cuantas hierbas que solían usarse para aliviar dolores y desinfectar heridas. También tomé vendajes limpios y pequeños frascos de ungüentos que brillaban con la suave luz matinal que descansaban sobre un estante algo polvoriento.

Lo hice todo sin compañía alguna, con el único testigo de la penumbra y el crujido ocasional de la madera. Guardé los suministros en un morral, tomé prendas limpias para mis amigos y me dispuse a regresar cuando, de pronto, noté una corriente helada que me erizaba la piel. Algo no cuadraba. El castillo se sentía apagado, casi desierto. El murmullo constante de sirvientes y guardias se había convertido en un silencio que cargaba de tensión el ambiente.

Con el morral al hombro cargado de víveres, regresé a la celda donde mis amigos descansaban. Aerion, Elira, Tharen y Calen habían comenzado a desperezarse, aún con los restos de cansancio marcados en el rostro. El gato de guerra, ese felino compañero reciente, dormitaba a un lado, enroscado con elegancia felina y las orejas atentas a cualquier sonido sospechoso.

—¡Buenos días! —saludé, forzando una sonrisa y alzando el morral con provisiones—. Les traje algo de comer, un poco de ayuda para las heridas y algo más decente para usar con este frío.

El grupo me recibió con una calidez que pareció iluminar brevemente el espacio. Elira se incorporó con cautela, agradeciendo en voz baja cuando le ofrecí un trozo de pan y un paño limpio para cubrir la herida de su brazo. Calen, con un gesto ligeramente teatral, se llevó una mano al costado, fingiendo un dolor más intenso del que realmente sentía, arrancando unas risas suaves de Tharen y Aerion. Aquella broma, aunque breve, bastó para aflojar la tensión que pesaba sobre sus ánimos.

—Te lo cambio por el ungüento, Lyra —soltó Calen en tono bromista, extendiendo la mano para que se lo pasara.




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