Lágrima del Alba

CAPÍTULO 21

El castillo estaba en calma, pero en la celda, el aire pesaba con la tensión de lo no dicho. Los murmullos del viento se filtraban entre las piedras antiguas, y el lejano sonido de los soldados en la patrulla nocturna resonaba como un recordatorio de que aún estaban atrapados en ese lugar.

Me encontraba sentada con la espalda contra la pared, observando las sombras moverse con el parpadeo de la antorcha. A mi lado, Aerion estaba recostado con su cabeza sobre mis piernas, mirando el techo con el ceño fruncido. Todos estaban agotados, pero nadie dormía realmente.

Elira abrazaba sus piernas, perdida en pensamientos. Tharen mantenía los brazos cruzados sobre su pecho, aunque su pie tamborileaba con impaciencia. Calen, a pesar de estar más recuperado, mantenía los ojos cerrados con la respiración acompasada, quizás pretendiendo dormir.

Y Kaedan, siempre distante, estaba apoyado en la pared con una mirada inescrutable, como si la discusión de antes no lo hubiera afectado en absoluto.

Pero yo... sentía que me desmoronaba en silencio.

Mi mente no dejaba de repetir las mismas palabras:
"La mitad perdida de la Lágrima vive en ti."

Primero Kael. Luego su padre, el rey. Y ahora Kaedan, un completo desconocido pero que parecía saber más de la reliquia que todos los presentes. Ya no podía seguir negándolo.

Me abracé a mí misma, sintiendo un vacío en el estómago. ¿Y si todo era cierto? ¿Y si dentro de mi latía algo que ni siquiera entendía? Pero en medio del caos, una verdad se abrió paso con una claridad inquietante. No estaba sola. Mis amigos... estaban conmigo. Siempre lo habían estado.

Aerion había estado conmigo desde el principio. Nunca había dejado de desafiar lo que parecía imposible, nunca había permitido que otros tomaran decisiones por mi. Elira, Tharen y Calen me habían seguido hasta aquí, habían sido capturados, y ni por un momento me habían culpado de su situación. Había confiado en mi misma durante demasiado tiempo, pero ahora debía confiar en ellos. Mis ojos recorrieron sus rostros que seguían inmersos en sus pensamientos. Tomé aire y, finalmente, tomé una decisión.

—Escucharé lo que la Reina tenga que decir.

Elira alzó la cabeza de inmediato. Tharen dejó de tamborilear con el pie. Aerion giró el rostro hacia ella, estudiando su expresión.

—¿Estás segura? —preguntó en voz baja.

Asentí, con mi mirada firme.

—El príncipe no nos dejará marchar tan fácilmente de todos modos —dije, con un deje de amargura— pero si la Reina tiene respuestas, las quiero. Quiero saber quién soy en realidad.

Por primera vez, dije en voz alta lo que me había estado carcomiendo en silencio. Aerion me miró por un instante más, luego suspiró y esbozó una sonrisa ladeada.

—Bueno, al menos eso suena más a la Lyra que conozco.

Elira me tomó de la mano con suavidad, dándome un apretón.

—Estaremos contigo —dijo con determinación.

Tharen soltó una risa breve.

—Alguien tiene que asegurarse de que no causes demasiado caos.

Calen, sin abrir los ojos, murmuró.

—¿Podemos dormir ahora que hemos decidido no huir sin plan?

Eso sacó una risa entre el grupo, ligera pero genuina. Por primera vez en toda la noche, el peso en mi pecho disminuyó un poco. Pero cuando cerré los ojos, los recuerdos volvieron, el recuerdo de la Reina Altheria.

Aquel día en la academia...

El aire estaba cargado de emoción. Los cadetes corrían de un lado a otro, asegurándose de que sus uniformes estuvieran impecables, de que sus armas estuvieran listas. La Reina Altheria iba a visitarlos. La Reina era imponente. Vestía un manto blanco que no reflejaba la luz... sino que parecía generarla. Su cabello negro, largo y suelto, caía como un río de sombras, y sobre su cabeza descansaba una corona sencilla pero majestuosa.

Había algo... algo en la presencia de aquella mujer que me había provocado una punzada en el pecho.

Dolor, algo ardió dentro de mi. No era miedo, ni emoción. Era otra cosa. No comprendí lo que pasaba, no entendí por qué mi corazón martilleaba con tanta fuerza y entonces, los ojos de la Reina se posaron en mi un solo instante. Una mirada entre miles de cadetes, pero fue suficiente para que el dolor se intensificara, y el recuerdo de que el suelo se desvanecía bajo mis pies regresó. Pareció que solo yo sentí aquel impacto. Algo había reaccionado dentro de mi al ver a esa mujer.

De vuelta en el presente...

Abrí los ojos de golpe, el recuerdo me golpeó con más fuerza que antes. Me llevé la mano al pecho. Aquel dolor... lo había sentido antes. Había sido la primera vez que vi a la Reina Altheria. ¿Y si no fue casualidad? ¿Y si realmente... había algo dentro de mi que me conectaba con esa mujer? La idea me llenó de un temor sutil. Pero también de determinación, miré a mis amigos que dormían o intentaban hacerlo, no estaba sola y ahora más que nunca tenía que descubrir la verdad. La Reina tenía las respuestas y yo iba a encontrarlas. Con ese pensamiento en mente, cerré los ojos nuevamente, preparándome para el día que vendría.

El alba apenas teñía de dorado los muros del castillo cuando los ecos de unas botas resonaron en el pasillo. El chirrido de la puerta al abrirse hizo que me removiera en la manta, sintiendo el peso de la noche en mis párpados.

Un soldado se detuvo en la entrada, con la postura rígida de quien estaba acostumbrado a recibir órdenes sin cuestionarlas.

—El príncipe solicita su presencia en la sala del trono.

Las palabras hicieron que mi corazón se acelerara. Me incorporé rápidamente, ignorando el frío que aún se aferraba a mi piel. Miré a mis amigos, que despertaron con la misma sorpresa.

—¿Por qué? —preguntó Aerion con voz ronca, aún adormilado, pero el soldado no respondió.

Me puse de pie sin dudar, era la oportunidad que había estado esperando. Quizás Kael finalmente cumpliría su palabra y nos liberaría.




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