El sol apenas se asomaba sobre el horizonte cuando fui conducida a la cocina del castillo después de la conversación con el príncipe. El aire estaba cargado con el aroma tenue de pan recién horneado y especias, pero el ambiente era todo menos acogedor.
El silencio de la señora Imelda era tan cortante como el filo de un cuchillo. La mujer, con su delantal impoluto y el rostro severo, no me miró ni una sola vez. Se movía entre las mesas de madera con la eficiencia de alguien que había trabajado toda su vida en ese lugar, pero sin el más mínimo interés en hacer conversación.
A pesar de la distancia de la mujer, no estaba sola. El felino que me había acompañado, mi silencioso compañero de ojos dorados, caminaba a mi lado con la elegancia de un depredador. Sus patas no hacían el menor ruido sobre las losas de piedra, pero su presencia me reconfortaba más de lo que quería admitir.
Había un nuevo tipo de cansancio en mi cuerpo. No el agotamiento de las noches en vela o el estrés de no saber qué ocurriría con su destino. Era algo más profundo, algo que me drenaba desde el interior. Pero no tenía opción.
—Tienes que cosechar lo que necesitamos en el jardín de hierbas —dijo Imelda de repente, con voz fría— las medicinas del cargamento dependen de eso.
Asentí sin esperar más explicaciones. Me ajusté la capa alrededor de los hombros y salí al patio trasero, donde el jardín yacía en un estado lamentable. El aire afuera era denso y húmedo, cargado con el aroma de tierra vieja y hojas podridas. El jardín de hierbas medicinales estaba en ruinas.
Había sido descuidado durante demasiado tiempo después de que lo había visitado por última vez. Las plantas, que alguna vez florecieron con ayuda, ahora estaban secas, quebradizas, apenas sosteniéndose en sus raíces.
Sentí un nudo en la garganta. No había manera de que cosechara suficiente material con lo que tenía a la vista. La única opción era fortalecer el jardín y eso significaba usar mi don. Después del incidente de Calen traté de no utilizarlo nuevamente, y mucho menos en un estado de agotamiento como el que cargaba ahora, pero no tenía alternativa. Me arrodillé junto a los lechos de hierbas marchitas y cerré los ojos.
El felino se sentó a mi lado, en completo silencio, observándome con una paciencia inhumana. Inhalé hondo, y cuando exhalé, sentí la energía recorrer mi cuerpo. La magia no era un acto sin consecuencias. No era solo un canal por el cual mi voluntad se manifestaba. Era un intercambio. Un sacrificio. Y en este caso, el sacrificio era yo misma. Mis dedos se hundieron en la tierra sintiendo el latido débil de la vida en las raíces. Un susurro de algo que todavía no estaba muerto, pero que necesitaba más para volver a florecer.
Les di mi fuerza. La sentí abandonar mi cuerpo, deslizándose como un río invisible desde mi interior hasta la tierra y entonces, las raíces respondieron.
El cambio fue sutil al principio. Un leve cosquilleo en la yema de mis dedos. Un temblor en los tallos. Pero luego... Las hojas, que antes estaban marchitas y quebradizas, comenzaron a vibrar con una energía nueva. El color regresó a sus bordes, primero en parches débiles y luego expandiéndose como tinta derramada en el agua. Los tallos se alzaron, enderezándose. Las flores medicinales que habían sido engullidas por la sequedad despertaron, extendiendo sus pétalos como si estuvieran respirando después de un largo letargo.
Sentí que la energía me dejaba con más rapidez de la que había esperado, mi piel se enfrió, mi respiración se volvió pesada, pero no detuve el flujo. Cuando finalmente solté la conexión con la tierra, me tambaleé hacia delante. Mi visión se tornó borrosa. Mis músculos dolían con una intensidad insoportable.
El felino se movió en un parpadeo. Su peso cálido se apoyó contra mi costado, ayudándome a mantener el equilibrio. Sentí su suave pelaje contra mi piel y respiré hondo. Todavía estaba allí. Todavía estaba consciente. Miré alrededor y supe que había valido la pena, el jardín había revivido. No por completo, tampoco era perfecto, pero era suficiente. Admiré por un momento el resultado tratando de estabilizar mi respiración.
Cuando regresé a la cocina, Imelda la estaba esperando. Apenas podía mantenerme en pie. Cada músculo de mi cuerpo dolía, y sentía la cabeza ligera, como si la energía me hubiera abandonado por completo, pero no dije nada, Imelda tampoco.
El felino se deslizó a mi lado, tan silencioso como siempre. El sonido del cuchillo golpeando contra la madera era lo único que rompía la quietud. Las ollas burbujeaban en el fuego, y el aroma de hierbas recién cortadas comenzaba a llenar el ambiente.
Me dejé caer en un banco de madera, sintiendo el calor del interior envolverme, pero el peso del cansancio era abrumador. El silencio continuó. El crepitar del fuego y el lejano sonido del cuchillo contra la madera llenaban la cocina con una cadencia monótona. El silencio entre Imelda y mi persona se mantenía suspendido en el aire, hasta que la voz de la anciana lo quebró con una simple pregunta.
—Entonces te vas niña. ¿Es cierto?
La voz de Imelda era grave, pero no tenía la dureza de siempre, alcé la vista lentamente. Había algo en los ojos de la anciana. Algo que no había visto antes, no era frialdad, ni desdén, parecía algo más profundo. Algo parecido a tristeza.
No supe por qué la pregunta me golpeó tan fuerte. No era algo inesperado. Se suponía que esa era la meta. Salir de allí. Regresar con mis amigos. Pero la forma en que Imelda lo dijo... como si estuviera lamentándolo más de lo que le gustaría admitir. Me obligué a levantar la vista, mi cuerpo aún temblando por el desgaste de la magia.
—Eso parece —respondí con suavidad.
No lo dije con alegría. Ni con alivio. Lo dije como quien pronuncia un hecho inevitable. Imelda dejó el cuchillo a un lado y se limpió las manos en su delantal, sin mirarme de inmediato. Era la primera vez que parecía buscar las palabras con cuidado.