Lágrima del Alba

CAPÍTULO 23

La cena con mis amigos debería haberme dado paz, pero en realidad solo me dejó con más preocupación. Regresé a la cocina con pasos pesados, sintiendo el eco de las palabras de Aerion aún vibrando en mi mente. Había actuado por instinto. Había apostado mi libertad.

Y ahora todo estaba en peligro de nuevo. La cocina estaba más silenciosa que antes. Imelda ya no estaba, solo quedaban las brasas apagándose en la chimenea y el aroma persistente de pan y especias impregnado en el aire. El felino seguía a mi lado, moviéndose como una sombra silenciosa, su pelaje oscuro reflejando el tenue resplandor de las antorchas en las paredes.

Pero la fatiga me golpeaba con cada paso, sabía que tenía que seguir, que no podía detenerme. Así que, sin dudarlo, recogí un cesto de mimbre y salí al jardín trasero, donde el aire nocturno era más denso, cargado con la fragancia de la tierra húmeda y las hojas recién revividas.

Las hierbas que había sanado ya estaban listas para ser cosechadas. Me arrodillé con cuidado, sintiendo cómo el frío de la noche se metía bajo mi piel. Mis manos recorrieron las hojas, mis dedos rozaron la suavidad de los pétalos cubiertos de rocío. Pero entonces, el sonido de unos pasos firmes resonó en la grava detrás de mi. No necesité girarme para saber quién era.

—Vaya, qué trabajadora —dijo una voz profunda, con ese tono burlón que solo pertenecía a una persona. El príncipe.

Sentí mi mandíbula tensarse. Inspiré hondo antes de incorporarme y girar para enfrentarlo. El príncipe estaba allí, de pie entre la penumbra, con las manos cruzadas a la espalda y la expresión de alguien que disfrutaba demasiado la escena. Su capa oscura ondeaba ligeramente con la brisa nocturna, y la luz de la luna recortaba los ángulos afilados de su rostro.

Pero lo que más me irritó fue su mirada con esa chispa de burla, esa satisfacción contenida en sus ojos dorados. Como si estuviera esperando ver mi reacción.

—Espero que tu amiguito ya te haya contado sobre su hazaña —dijo Kael con tono casual, inclinando apenas la cabeza.

Sentí cómo la ira subía por mi garganta. Por supuesto, lo sabía, Kael lo había disfrutado.

—Si te refieres a la estupidez de Aerion —respondí con voz controlada— sí, ya me enteré.

El príncipe dejó escapar una risa baja.

—Oh, no seas tan dura con él. Fue muy valiente. O al menos, eso quiere creer.

Apreté los puños.

—¿Lo provocaste?

El príncipe arqueó una ceja, fingiendo sorpresa.

—¿Yo? —colocó una mano sobre su pecho con dramatismo fingido— ¿Acaso crees que tengo que provocarlo para que se comporte como un idiota impulsivo?

Eso fue suficiente. Di un paso adelante, sintiendo cómo la furia me quemaba por dentro.

—No juegues conmigo, Kael. Tú sabías exactamente lo que estabas haciendo.

El príncipe no negó nada. Solo me miró con esa expresión de autosuficiencia, esa seguridad arrogante de alguien que tenía todas las cartas en su favor.

—No te equivoques, Lyra —dijo con una calma que me exasperó aún más— yo no lo obligué, él lo hizo solo.

Se inclinó levemente, sin apartar su mirada de la mía.

—Tú inspiras ese tipo de estupideces en la gente.

El golpe no fue físico, pero se sintió como uno. Me quedé sin palabras por un segundo con los ojos abiertos, incapaz de ocultar la sacudida que sus palabras me provocaron.

—¿Eso crees? —logré decir.

El príncipe sonrió.

—Lo sé.

El silencio se volvió espeso entre los dos. El felino se movió a mi lado, con las orejas tensas, como si pudiera sentir la hostilidad en el aire. El príncipe me observó por un instante más conteniendo con todas sus fuerzas una mirada fría, luego se enderezó, como si la conversación hubiera sido una distracción fugaz.

—En cualquier caso —continuó con indiferencia— supongo que ahora tienes aún más razones para asegurarte de que ese cargamento esté listo.

Sentí mi piel arder con rabia, porque él tenía razón, el trato original era la salida segura. Pero ahora había una apuesta que no podían ignorar y Kael lo sabía. Sabía que haría todo lo posible por salir de allí antes del duelo. Porque, en el fondo, me estaba dejando claro que él tenía el control. El príncipe me dedicó una última mirada, luego giró sobre sus talones.

—Nos veremos en tres días. No faltes al espectáculo.

Y con eso, se marchó. Sentí como el aire regresaba a mis pulmones solo cuando él desapareció en la oscuridad. Pero la rabia no se disipó. Porque ahora sabía que Kael no solo era peligroso por su poder. Lo era porque disfrutaba jugar mis amigos, porque disfrutaba jugar conmigo y lo peor de todo... Es que no sabía si iba a ganar.

El fuego en la chimenea había menguado hasta convertirse en brasas débiles, esparciendo un calor tenue que apenas mantenía la cocina habitable en la fría noche del castillo.

No recordaba el momento exacto en que mis ojos se cerraron, pero el agotamiento me había vencido antes de que pudiera regresar a la celda con mis amigos. Ni siquiera alcancé a moverme hasta un lugar más cómodo. Me había quedado dormida con la cabeza apoyada en la mesa de madera, mis brazos cruzados sirviendo de almohada improvisada. Mis músculos protestaban con un dolor sordo, mis dedos aún manchados con rastros de hierbas y ungüentos.

El felino se acurrucó a mi lado, su cálido cuerpo presionando contra el mío, como si entendiera lo mucho que lo necesitaba. El silencio en la cocina era distinto al de otros lugares del castillo. Aquí no había ecos de pasos, ni espadas chocando, ni órdenes gritadas a soldados. Solo el crujir de la madera, el aroma de hierbas y el sonido pausado de mi propia respiración.

El canto lejano de los cuervos marcó el inicio del nuevo día. Desperté lentamente, sintiendo cómo el frío matutino me envolvía en cuanto me aparté del calor de mi improvisado refugio. Un peso cálido se deslizó de mi regazo cuando el felino levanto su cabeza que reposaba en mis piernas. Mi cuerpo dolía. Mis músculos estaban agarrotados por haber dormido en una mala posición, pero no tenía tiempo para quejarme. Todavía tenía trabajo que hacer.




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