Lágrima del Alba

CAPÍTULO 25

El amanecer llegó con un aire denso y cargado de expectación, como si cada brizna de viento y cada rayo de luz incipiente presagiaran un destino ineludible. Las sombras del castillo parecían haberse espesado durante la noche, adquiriendo una cualidad casi tangible, tan frías y densas que los muros parecían custodiar secretos oscuros y premonitorios. En el patio de entrenamiento, el incesante retumbar del metal chocando contra el metal se mezclaba con el eco de los golpes y esquives; cada sonido era un recordatorio de que lo que parecía un simple entrenamiento era, en realidad, una preparación meticulosa para la inminente realidad. Aerion, concentrado y determinado, repetía sus movimientos con una precisión casi mecánica, sabiendo que al amanecer su destino se definiría en el filo de una espada, y que Kael, implacable y sereno, lo esperaba en el umbral de la batalla.

Mientras tanto, en el interior del palacio, me encontraba inmersa en mi labor silenciosa y decisiva. Sin tiempo para detenerme, mis manos se movían con la exactitud de un ritual, triturando hierbas y mezclando ingredientes en un compendio de ungüentos y medicamentos que parecían ser mi único aporte para contrarrestar el caos que se avecinaba. El crepitar del fuego en la chimenea llenaba la estancia de un calor sofocante, pero en ese momento ese calor era solo un telón de fondo, una nota secundaria en la sinfonía de urgencia que dictaba mis acciones.

Desde la otra esquina de la cocina, Imelda me observaba en silencio, y en la gravedad de su semblante se leía la comprensión de que aquella noche, cada acto, cada mezcla, tenía un peso mucho mayor del que aparentaba. La tensión en el ambiente se fundía con el aroma a especias y madera, haciendo que cada segundo transcurrido en ese santuario de labor se sintiera tan fugaz como decisivo.

De regreso en la habitación que ahora servía como una especie de prisión "honorable", el resto del grupo intentaba distraerse del inminente peligro. Elira hojeaba un libro polvoriento, aunque sus ojos apenas captaban las palabras, perdidos en un intento de escapar de la realidad. Tharen y Calen, el segundo ya en mejor estado, en un esfuerzo por canalizar su nerviosismo habían improvisado un entrenamiento propio, realizando ejercicios con el peso de sus cuerpos, como si el sudor y el movimiento pudieran disipar la tensión que se había enraizado en sus músculos. Sin embargo, la ausencia de Kaedan se hacía notar; el joven vagaba por los pasillos, casi invisible, gracias a su don para desvanecerse en la nada.

Esa habilidad, que en otras circunstancias podía ser un don invaluable, aquella noche servía para buscar respuestas en silencio, hasta que el destino lo llevó a encontrarse con Kael, quien, aguardando en un pasillo solitario, le impuso su presencia con una mirada cortante. Kaedan había creído que se movía sin ser detectado. Pero cuando giró una esquina en un pasillo solitario, el príncipe estaba allí, esperándolo.

Su postura era relajada, sus manos detrás de la espalda. Pero su mirada... Su mirada lo atravesó como una hoja afilada.

—Tienes buen control sobre tu don —dijo el príncipe con voz fría y neutra— pero te falta sutileza.

Kaedan mantuvo su expresión impasible.

—No sabía que estabas interesado en la sutileza.

El príncipe no sonrió, simplemente se giró y comenzó a caminar, como si esperara que lo siguiera.

Kaedan, manteniendo una expresión impasible, replicó en tono irónico, y sin poder huir de la inevitable conversación, siguió a Kael hacia su estudio. Sabía que, si el joven heredero quería una conversación, no tenía sentido huir de ella.

El estudio del príncipe era un reflejo de su interior: frío, ordenado y meticuloso. Estanterías de madera oscura albergaban libros perfectamente alineados, y en un amplio escritorio reposaban mapas desplegados y pergaminos llenos de secretos, todo en un ambiente impregnado de un control absoluto. Al cerrar la puerta tras de sí, el príncipe se volvió hacia Kaedan con una mirada calculadora y sin parpadeos, proponiéndole un acuerdo que cambiaría el curso de sus destinos.

—Quiero proponerte un trato —dijo Kael, dejando entrever en su tono que sus prioridades habían cambiado de forma irrevocable.

Kaedan cruzó los brazos.

—¿Desde cuándo haces acuerdos con traidores?

El príncipe lo miró sin parpadear.

—Desde que mis prioridades han cambiado.

Kaedan frunció el ceño.

—¿Prioridades?

El príncipe se acercó, cada paso lento, medido.

—Quiero que no pierdas de vista a Lyra —dijo con voz baja, firme— si llega el momento, quiero que desaparezcas con ella y la protejas cuando yo no pueda.

Kaedan sintió una punzada de sorpresa. Pero no la mostró. En cambio, inclinó la cabeza.

—¿Y qué gano yo con eso?

El príncipe no respondió de inmediato. Simplemente lo observó, como si estuviera analizando hasta dónde podía presionar. Luego habló con esa voz controlada que escondía más de lo que decía.

—La traición de tu familia quedará olvidada.

Kaedan sintió un escalofrío recorrer su espalda. El príncipe no se detuvo.

—Si deseas volver, te recibirán como noble. No serás un exiliado. No serás un traidor.

Kaedan mantuvo su rostro neutral, pero por dentro... Por dentro, todo se agitó. No esperaba eso. No esperaba que Kael pusiera tanto en la mesa. Limpiar el nombre de sus padres, de su familia, era tentador sí... pero aún había algo más que quería y si Kael realmente estaba tan interesado en proteger a Lyra, entonces podía sacarle algo más.

—Si acepto —dijo lentamente— quiero saber todo sobre la Lágrima del Alba.

El príncipe se tensó por un instante, no lo suficiente para que alguien más lo notara, pero Kaedan lo vio.

—Tú también crees que la mitad perdida está en ella —continuó Kaedan, cruzándose de brazos— pero no sabes cómo.

El príncipe no respondió enseguida, porque Kaedan tenía razón. Finalmente, el príncipe exhaló y asintió.




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