Lágrima del Alba

CAPÍTULO 26

El castillo amaneció en un silencio expectante. No era el tipo de calma que se sentía en una mañana normal. Era la calma tensa, la que se forma antes de que caiga la primera gota de una tormenta.

Afuera, la luz del sol comenzaba a teñir las piedras del castillo de un dorado pálido, pero el aire aún era frío, cargado de una quietud opresiva.

Era el día del duelo, era el día en que todo cambiaría.

Cuando abrí finalmente los ojos, lo primero que sentí fue el peso de mi propio cuerpo. Mis brazos estaban entumecidos, mi cuello rígido por la postura incómoda en la que me había quedado dormida. El aroma de hierbas secas y ceniza de chimenea aún impregnaba la cocina. Por un momento, hubo un instante de confusión, hasta que lo recordé. Hoy era el día.

El aire dentro del castillo se sentía distinto, ya había movimiento en los pasillos, el sonido de pasos apresurados, de soldados armándose, de órdenes susurradas en esquinas alejadas. Todos sabían lo que iba a suceder.

Me incorporé lentamente, mi cuerpo protestando con una punzada de cansancio. Pero no tenía tiempo para debilidades. Me alisé la ropa con un movimiento rápido, tomé aire y salí de la cocina, dirigiéndome directamente al patio principal. Kael ya se encontraba allí, esperando.

Vestía ropa más ligera que su uniforme habitual, su capa negra ausente, su postura relajada. Pero en su mirada no había ni un solo rastro de despreocupación. Era la calma absoluta de alguien que sabía exactamente lo que estaba por hacer, la calma de un depredador antes de cazar. A su lado, Caldor intercambiaba palabras con uno de los soldados.

Me acerqué sin titubear, había cumplido con mi parte.

—Los remedios están listos en la cocina —dije con firmeza— tienen sus respectivas instrucciones.

El príncipe giró la cabeza lentamente hacia mi.

—Bien.

Su voz no mostró emoción alguna, como si esto fuera solo otro trámite. Se giró hacia Caldor y, con su tono usualmente seco, ordenó:

—Ve por el cargamento. Quiero que se reparta entre los pueblos del reino, pero dejen una parte aquí en el castillo.

Caldor asintió sin discutir, aunque en su expresión se asomó un leve destello de curiosidad. Sabía que esto era algo más que un simple cumplimiento de palabra. Cuando Kael volvió a mirarme, no aparté la mirada. No iba a mostrarme débil ante él.

—¿Eso es todo? —preguntó, su voz sin rastro de vacilación.

El silencio entre ambos fue denso, el príncipe inclinó la cabeza apenas, evaluándome y entonces, su respuesta fue simple.

—Solo falta el duelo.

Las palabras fueron un golpe seco en el aire.

—Ahí se decidirá tu destino.

Sentí una corriente helada recorrerme la espalda. No porque tuviera miedo. No porque dudara. Sino porque, por primera vez, Kael lo había dicho con tanta certeza, con tanta frialdad, que supe que no había marcha atrás. El príncipe no iba a ceder y si Aerion perdía... No, no podía pensar en eso ahora. Sin decir nada más, me giré y dejé el patio, con dirección a donde sabía que encontraría a Aerion.

Aerion estaba en el ala este del castillo, en la habitación asignada solitaria con una ventana abierta. El viento frío entraba en ráfagas suaves, levantando con lentitud los bordes de las cortinas.

Pero él no se movía. Estaba de pie, con la espalda recta y los ojos fijos en la nada, sumido en sus propios pensamientos. Cuando entré, él supo que era ella antes de que hablara.

—No pensé que vendrías —dijo sin girarse.

Crucé los brazos.

—¿Y qué esperabas?

Aerion soltó una risa baja, pero no de burla, de resignación, tal vez de nerviosismo. Porque, aunque se mostraba confiado ante los demás, lo conocía demasiado bien. Sabía que estaba nervioso. Sabía que esto no era solo otro combate, esto era vida o muerte.

—El príncipe está listo —dije después de un momento— no piensa contenerse.

Aerion finalmente se giró.

—Lo sé.

No desvié la mirada.

—¿Y estás listo?

Aerion se quedó en silencio por un segundo más largo de lo necesario, alzó su mano y en movimiento tranquilo y contenido acomodó uno de los mechones sueltos de mi trenza detrás de mi oreja esbozando una leve sonrisa.

—Lo estaré.

Contuve el aliento por un momento analizando la profundidad de sus ojos y asentí devolviéndole la sonrisa, pero no pude creerle del todo. Porque, aunque Aerion era fuerte, aunque había entrenado sin descanso, aunque estaba convencido de que podía ganar...

No estaba segura de que lo lograra y eso me aterraba. Por primera vez, no pude ocultarlo.

—Si algo sale mal...

Aerion se acercó un poco más tomando mi mano, su expresión volviéndose más seria.

—No lo pienses —dijo con suavidad— no voy a perder.

Apreté los labios, quería creerlo, quería confiar en él, pero algo en mi pecho se sentía demasiado pesado porque la verdad era que... no era solo el resultado del duelo lo que temía. Era lo que este duelo significaba. El príncipe no solo quería ganar, quería dejar una marca ylo peor de todo... era que aún no entendía del todo cuál era la verdadera batalla que se estaba librando.

El aire en el patio principal era espeso, denso, cargado de una tensión que se aferraba a cada piedra del castillo. Los soldados del príncipe se mantenían en formación, sin necesidad de instrucciones para entender la importancia del momento. Todos sabían que lo que estaba a punto de ocurrir no era un simple combate. Era una declaración, una prueba de poder.

Mis amigos y yo llegamos juntos, pero en cuanto pusimos un pie en el patio, nos sentí más separados que nunca. Porque esto no se trataba de nosotros. Se trataba de Aerion y Kael.

El príncipe ya estaba allí. De pie en el centro del patio, su postura recta, su expresión serena. No vestía su capa, ni armadura pesada. No la necesitaba, para él, esta pelea no era sobre protección, era sobre control.

Daba órdenes a sus soldados, asegurándose de que sus responsabilidades estuvieran cubiertas antes del duelo. Porque incluso en un enfrentamiento como este, su deber como príncipe no podía ser ignorado. En cuanto llegamos, su atención se desvió hacia nosotros.




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