El pasillo se sentía más largo de lo normal, como si las sombras mismas quisieran alargar el trayecto. Cada uno de mis pasos resonaba en las paredes de piedra, creando un eco que se mezclaba con el latido acelerado de mi corazón.
No sabía cómo explicar lo que acababa de pasar. No encontraba palabras para traducir aquella sensación: ese impulso inexplicable de seguirlo, de buscarlo... de haber visto a Kael sin su máscara por primera vez desde que mis amigos llegaron al castillo.
Sin su arrogancia, sin su frialdad, sin el príncipe inquebrantable que todos respetaban.
Cuando crucé el umbral de la habitación donde mis amigos esperaban, lo primero que sentí fue la mirada de Aerion. Ya se encontraba cubierto de vendajes y su piel había recobrado algo de color, pero esos ojos —azul obsidiana, atentos y afilados— me atravesaron más profundo que cualquier hoja de acero.
Era una mirada intensa, directa y no era de pena, ni vergüenza por el resultado del duelo. Era desconcierto, era enojo. Era algo más, algo que ni él mismo parecía querer nombrar.
—¿Dónde estabas? —preguntó Aerion, su voz baja, neutra, pero con un filo oculto que no se molestó en disimular.
Me quedé quieta un instante, el peso de las palabras suspendido en el aire. No respondí de inmediato. Porque... ¿Qué podía decir?
Los chicos intercambiaron miradas tensas, sintiendo la electricidad en el ambiente. Kaedan, que hasta entonces había permanecido en silencio, se apoyó contra la pared con los brazos cruzados, observándome con atención.
—Fui a hablar con el príncipe —dije finalmente, cruzándome de brazos.
Aerion soltó un suspiro, cargado de algo que no quiso nombrar.
—Lamento lo del duelo —murmuró, clavando la vista en el suelo— encontraré la forma de regresarnos a todos a casa.
Levanté el mentón.
—Ya está arreglado —anuncié— el príncipe me ha concedido mi libertad a voluntad.
Un silencio se extendió en la habitación como una ráfaga helada. Calen, Tharen y Elira se acercaron de inmediato, sus rostros desbordando una mezcla de asombro y alivio.
Aerion abrió los ojos con incredulidad, separando los labios para articular palabra, pero Elira fue más rápida.
—¿Cómo que te ha dejado ir? —preguntó, su voz temblorosa, y en un segundo me envolvió en un abrazo apretado— ¡Lyra, pero qué buena noticia!
Solté una risa leve, dejando que ese momento de calidez se colara entre toda la oscuridad.
—Tal vez no es tan malo como pensábamos —añadió Elira, soltándome, para luego dirigirle una mirada significativa a Aerion, quien parecía haberse resignado a guardar silencio.
—¿Estás segura de que no pidió nada a cambio, Lyra? —intervino Tharen, frunciendo el ceño— no te hizo firmar algún contrato retorcido o prometerle tu alma, ¿cierto? Ya sabes cómo son estos tipos.
Solté un suspiro, negando con la cabeza.
—Nada de eso, chicos. Fue... distinto. No puedo explicarlo ahora, pero lo importante es que podemos irnos y debemos prepararnos. Los soldados del Reino de la Luz estarán aquí en cualquier momento —anuncié, apretando los labios.
—¿Y ahora qué? —intervino Calen, tratando de aliviar la tensión— ¿Nos dejarán salir por la puerta principal o tenemos que hacer otra de esas huidas épicas que casi nos cuestan la vida? Porque si es así, por lo menos déjenme ir al baño primero.
La carcajada escapó de mis labios antes de que pudiera evitarlo, y Elira negó divertida.
—Andando.
Por un instante, la tensión se disipó, solo por un instante. Aerion, sin esbozar palabra aún, desvió la mirada hacia la ventana. Su perfil recortado contra la luz dejaba ver una expresión cargada de algo que no supe descifrar. Algo que se parecía demasiado al desamparo.
Nadie más dijo nada. Porque no hacía falta. Todo estaba dicho en las miradas, en el apremio de las manos recogiendo pertenencias, en los pasos rápidos que no querían dejar espacio al pensamiento.
El sol ya estaba alto cuando los soldados del Reino de la Luz llegaron. Y con ellos, el peso de la decisión que nos aguardaba al otro lado de esas puertas. El sonido de los cascos de los caballos resonó por todo el patio, acompañado por el crujido de los estandartes ondeando con el viento. Una carreta elegante, decorada con los símbolos del reino, se detuvo frente a las escalinatas principales.
El príncipe estaba allí, esperándonos. Cuando mis amigos y yo llegamos, el príncipe no se tomó la molestia de mirarnos uno por uno. Su mirada y la mía se encontraron... tal vez por última vez.
Su expresión era neutra, pero supe que había algo más allí, después de dejarme ir a voluntad en su estudio su mirada parecía haberse endurecido. Pero antes de que pudiera decir algo, uno de los soldados del Reino de la Luz habló.
—Príncipe, la Reina desea agradecerle en persona.
Los murmullos entre los soldados aumentaron, el príncipe no reaccionó de inmediato sólo exhaló lentamente, sabía que no asistir sería una falta de respeto, sabía que negarse significaría crear un problema político innecesario.
Pero también sabía que esto le daría algo más, tiempo. Tiempo con Lyra. Así que, sin cambiar su expresión, asintió.
—Caldor —llamó con voz controlada.
El hombre mayor se adelantó de inmediato.
—Te dejo a cargo en mi ausencia.
Caldor sonrió con ese aire de calculada satisfacción.
—Como siempre, mi príncipe.
Kael no dijo nada más, se giró, montando su caballo con la facilidad de alguien que había hecho esto toda su vida. Pero cuando dirigió su vista al carruaje donde estaba subiendo, hubo un instante en que nuestras miradas se reencontraron.
No era el final, no todavía y mientras el viento movía su capa negra, Kael supo que aún le quedaba tiempo con la chica que había logrado mover las cadenas que inmovilizan su corazón y ese pensamiento fue lo único que lo hizo aceptar este viaje con una calma absoluta. Porque por mucho que intentara ignorarlo... Todavía no estaba listo para despedirse y si sus sospechas eran correctas este tiempo extra que el destino parecía regalarle no iba a ser desperdiciado.