El ambiente en las habitaciones contrastaba radicalmente con la tensión acumulada durante el viaje y la llegada al palacio. Por primera vez en días, el grupo se permitía bajar la guardia. Las estancias asignadas eran espaciosos refugios de calma y elegancia: techos altos que parecían acariciar el cielo, y amplias ventanas a través de las cuales se filtraba la luz dorada del atardecer, llenando la habitación de un brillo suave y reconfortante. El aire estaba impregnado con el delicado aroma de la madera pulida, matizado por el perfume sutil de velas de cera perfumada y un leve rastro de flores frescas que invitaban a olvidar, aunque fuera por un instante, el rigor del camino. Cada detalle parecía diseñado para evocar la sensación de renacer; las bañeras repletas de agua caliente, las toallas recién lavadas y la ropa fresca que aguardaba en silencio, todo contribuía a la idea de un descanso merecido y la promesa de una noche sin preocupación.
Al entrar en el baño de mi habitación asignada, cerré los ojos por un instante y me permití disfrutar del contacto revitalizante del agua tibia que caía suavemente sobre mi piel. La fragancia de aceites cítricos se mezclaba con el vapor, creando un ambiente casi etéreo que parecía lavar no solo la suciedad física, sino también el peso acumulado del largo camino. Cada gota llevaba consigo un eco de frescura, borrando la fatiga y recordándome la pureza de estar limpia y con la mente en blanco.
El baño se convirtió en un refugio, un santuario donde los fríos restos del Reino de las Sombras se disipaban por unos momentos, permitiéndome respirar y recuperar el calor de mi cuerpo en un abrazo cálido. Después de sumergirme en ese ritual de renovación, salí y me encontré con un vestido que esperaba exhibido en un busto de costura. Era un vestido verde esmeralda, confeccionado en un tejido ligero y elegante, adornado con delicados detalles dorados y bordados de pequeñas flores que parecían florecer con cada destello de luz. Cada puntada y cada curva en el diseño evocaban la gracia y la fuerza de la naturaleza propia del Reino de la Luz.
Me dirigí al escritorio aún maravillada por la abundancia de la habitación, donde reposaban frascos con cremas, esencias y rubores, auténticos tesoros del momento que solo se encontraban en la ciudad. Con manos cuidadosas, abrí un pequeño recipiente y dejé que el aroma a jazmín se expandiera por mi piel, hidratándola con la suavidad de una caricia. Apliqué un ligero rubor en mis mejillas y labios, pensando en cómo Kael, tan meticuloso y crítico, podría reírse si me viera tan delicadamente arreglada. Por un instante, la imagen de su mirada me invadió, pero fui interrumpida por un golpe seco en la puerta.—Señorita Lyra, la cena ya está por empezar. Reúnase con sus amigos. Anunció un guardia, con voz firme pero distante, desde el otro lado de la gran puerta.
Ese llamado me devolvió a la realidad, recordándome que, aunque la noche me ofrecía un breve respiro, el mundo y sus conflictos no esperaban. Con un suspiro, dejé atrás la habitación, sabiendo que el momento de enfrentar a la Reina había llegado.
Mientras cada uno se preparaba para la cena, la atmósfera se fue relajando gradualmente, disipándose poco a poco los recuerdos de la travesía. Las voces comenzaron a mezclarse en un murmullo cálido; Calen, al dejarse caer sobre una de las grandes y cómodas sillas acolchonadas de la sala común en él vestíbulo de las habitaciones asignadas, exclamó con cierta incredulidad.
—Dioses, ¿siempre huele así de bien aquí?
Elira soltó una risa suave, casi terapéutica, respondiendo.
—Es increíble cómo algo tan simple como ropa limpia puede hacerte sentir como una persona nueva.
Aerion, apoyado casualmente contra el marco de una puerta, cruzó los brazos y esbozó una media sonrisa.
—Tal vez es porque llevábamos días oliendo como establos —comentó, provocando la risa y el asentimiento de sus compañeros.
El alivio se palpaba en cada rincón, era un bálsamo para los cuerpos y las almas fatigadas por el constante estado de alerta. Al cruzar al gran comedor, fuimos recibidos por una opulencia casi mística. El techo, coronado por imponentes lámparas de cristal, parecía sostener cientos de velas flotantes, cada una destilando una luz tenue que realzaba la riqueza de los tapices dorados y las antiguas pinturas que narraban la historia del reino. Pero lo que realmente dominaba el espacio era la larga mesa central, de madera oscura y reluciente, vestida con un mantel de seda blanca y adornada con delicados platos de porcelana, copas de cristal talladas y fuentes rebosantes de comida humeante. El aroma a pan recién horneado, carne condimentada con especias y frutas dulces llenaba el ambiente, despertando en cada uno un apetito casi primitivo.
La presencia de la Reina Altheria, ya sentada en la cabecera de la mesa, añadía una dimensión de solemnidad y misterio ante nosotros. Su porte majestuoso, impecable en cada detalle, contrastaba con la mirada calculadora que destilaba una determinación fría, aun cuando una suave sonrisa jugueteaba en sus labios.
—Por favor, tomen asiento —dijo con voz serena, casi imperativa, y obedecimos, ocupando los lugares asignados. Antes de que pudiera decidir dónde sentarme, la Reina me hizo un gesto sutil con una invitación.
—Lyra, querida, siéntate aquí junto a mí.
La invitación, se sintió como un peso en el aire. Mis amigos me miraron en silencio, y para evitar que la invitación pareciera demasiado evidente, la Reina dirigió una sonrisa también hacia Elira, invitándola a sentarse a su lado también. Con ello, la atmósfera se impregnó de una mezcla de camaradería forzada y expectación.
Poco a poco, mientras los sirvientes llenaban las copas con un vino dulce y repartían la comida con una precisión casi ritual, la tensión comenzó a disiparse. Las conversaciones se encendieron entre risas y anécdotas, y por un breve lapso, la fatiga del viaje fue olvidada.