La ciudad despertaba lentamente, pero dentro de la habitación donde me encontraba junto con mis amigos, el aire seguía cargado de tensión. Los grandes ventanales dejaban entrar la luz matinal, proyectando sombras alargadas en las paredes de piedra clara. El silencio en la habitación era sofocante.
Nadie hablaba. Porque nadie sabía qué decir.
La Reina había mentido. La Lágrima del Alba no había desaparecido en la guerra, había sido robada y escondida por alguien dentro del Reino de la Luz y después de la conversación con la reina estaba segura en que versión creer.
Mis sospechas reforzaban el hecho de que la mitad perdida estaba dentro de mi.
Pero, ¿Qué podía hacer?
Tharen fue el primero en romper el silencio.
—No podemos quedarnos de brazos cruzados.
Su tono era firme, decidido. Pero cuando miró a los demás, supo que no todos compartían su urgencia.
Calen exhaló y se pasó una mano por el cabello, visiblemente tenso.
—¿Y qué propones? —preguntó—¿Qué vayamos al trono y le digamos a la Reina que sabemos que nos oculta algo?
Su voz tenía un filo de sarcasmo, pero nadie sonrió. Porque sabían que no era una opción.
Elira se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas.
—No podemos enfrentarnos a ella directamente —dijo en voz baja—. Es la persona más poderosa del reino.
—Y tampoco podemos huir —agregó Aerion, cruzando los brazos, quien había permanecido en silencio hasta ese momento— eso solo la haría sospechar más de nosotros.
El silencio volvió a caer sobre el grupo, la gravedad de su situación era innegable, si intentaban actuar sin un plan concreto, sería su fin. No tenían aliados, mucho menos pruebas y la única persona que podría haberles dado respuestas, el único que me había advertido sobre la Reina... se había ido. El pensamiento hizo que mi estómago se encogiera. Porque, por primera vez desde mi llegada, deseé con más fuerza que Kael estuviera allí.
—Si queremos hacer algo —dijo Tharen, rompiendo el silencio—tenemos que hacerlo solos.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Nadie lo contradijo. Porque sabían que era verdad. Pero... ¿cómo?
Cerré los ojos un instante, intentando calmar mi mente, había demasiadas piezas en este juego, demasiadas preguntas sin respuesta, pero una cosa era segura... si la Reina quería algo de mí, no se detendría hasta obtenerlo.
Me enderecé lentamente.
—Si no podemos enfrentarnos a ella directamente —dije con determinación— tenemos que averiguar la verdad por nuestra cuenta.
Elira la miró fijamente.
—¿Quieres decir...?
—Tenemos que encontrar pruebas —intervino Aerion— algo que revele sus verdaderas intenciones si queremos seguir haciendo acusaciones de este nivel.
Por su tono era más que obvio que Aerion no estaba del todo convencido. Y no era difícil entender por qué. Desde que tenía memoria, había escuchado a su padre —un miembro leal del consejo real— narrar historias sobre su sabiduría, su bondad y su sacrificio por el reino. Para Aerion, la Reina no era solo la monarca, era una figura casi mítica. Una mujer que había mantenido la estabilidad en medio del caos, que había protegido a su gente de los horrores de la guerra y extendido su mano a quienes lo necesitaban. Era difícil arrancar de raíz una imagen forjada desde la infancia. Quizá por eso, entre todos ellos, él era el único que aún vacilaba.
Aerion desvió la mirada hacia el suelo, su expresión sombría.
—He escuchado su historia toda mi vida —continuó, su voz más baja— mi padre juró su lealtad a ella antes de que yo naciera. Para muchos... la Reina siempre ha sido un símbolo de esperanza, de orden en medio de la oscuridad.
El silencio se instaló unos segundos, cargado de una incomodidad densa. Nadie lo juzgó. Porque, en el fondo, todos sabían lo que era tener que derrumbar ídolos.
Tharen asintió con lentitud.
—Y justo es por eso que necesitamos pruebas concretas, necesitamos acceso a los archivos privados del castillo.
Las palabras cayeron con un peso definitivo. Porque todos sabían lo que eso significaba. Significaba infiltrarse en la parte más protegida del castillo. Significaba descubrir algo que tal vez no querían saber.
Pero... ¿Qué otra opción tenían?
Inhalé profundamente y me levanté.
—Si queremos hacer esto —dije con firmeza— tenemos que ser cuidadosos.
Elira se cruzó de brazos, aún insegura.
—Si nos atrapan, será nuestra ruina.
Tharen dejó escapar una risa nerviosa.
—No es como si ya no estuviéramos metidos en un problema enorme.
Aerion me miró directamente a los ojos con un atisbo de preocupación y esperanza.
Porque tenían que ganar esta vez. Porque si fallaban... Si no encontraban algo que justificara sus sospechas, serían sólo peones en el juego de la Reina. Y eso no era una opción.
El sol se asomaba tímidamente en el horizonte, tiñendo el cielo con destellos ámbar y carmesí. La tarde avanzaba con una lentitud desesperante, como si el mismo tiempo supiera que algo importante estaba por suceder.
En la privacidad de la habitación, mis amigos y yo estábamos reunidos alrededor de un mapa extendido sobre la mesa. El plan debía ser perfecto, porque si fallabamos, no habría segundas oportunidades.
Tharen trazó con un dedo una línea sobre el pergamino.
—Aquí está la biblioteca principal —dijo en voz baja— pero los archivos reales no están en esta sección.
Elira asintió con expresión concentrada.
—Tiene que haber una entrada oculta o un nivel subterráneo. No guardarían documentos de esa magnitud en un sitio de fácil acceso.
Aerion, que había estado en silencio, finalmente habló.
—Si la Reina tiene documentos sobre la Lágrima del Alba, deben estar aún más protegidos, si los encontramos sabremos qué versión es la real.— Indicó fijando su mirada sobre mí.
Eso significaba que no podían simplemente entrar y buscar, necesitaban un plan.