El viento azotaba con furia, transformándose en cuchillas de hielo que desgarraban la piel, pero en ese momento el dolor se desvanecía en el tornado de emociones que me embargaban. Mis sentidos estaban concentrados en la escena que se desplegaba a mis espaldas, la figura desgastada y frágil de Kael, cuyas manos estaban salpicadas por la cálida y pegajosa sangre, marcando cada línea de su agonía, y el retumbar constante de los cascos de los caballos resonando en la tierra congelada, como un tambor que anunciaba el incesante avance de la desesperación.
En medio de aquella penumbra helada, Kael se aferraba a la montura por pura fuerza de voluntad, aunque percibía en cada galope cómo su cuerpo temblaba y se apoyaba contra el mío, como si sus fuerzas vitales se desvanecieran lentamente. La herida en su costado, abierta y sangrante, desafiaba la tela improvisada que había presionado contra él, revelando una cálida humedad que traicionaba la aparente calma y mostraba la implacable realidad de su estado.
—Aguanta, Kael —murmuré con voz temblorosa y rota, como si cada palabra fuera un eco de mi propia desesperación, más para reconfortarme a mí misma que para infundir ánimo en el príncipe.
Los ojos de Kael, dorados y profundos como ámbar líquido, se entrecerraban en un esfuerzo por mantener viva la conciencia, mientras su mandíbula se apretaba con la obstinación de un guerrero que se niega a sucumbir. El sudor se mezclaba con la suciedad y la sangre seca en su frente, y cada respiración forzada se convertía en una lucha contra el inexorable avance del agotamiento. En un instante suspendido, Kael exhaló un débil suspiro y, con voz quebrada, afirmó.
—No... planeo... morir... aquí.
Aunque sus palabras eran débiles, en ellas aún ardía un espíritu invencible. Sin embargo, podía sentir, en el sutil temblor de sus manos y en el estremecimiento de su propio corazón, que el cuerpo del príncipe estaba cediendo ante la tortura, el frío y el inexorable desgaste.
Mientras la incertidumbre me consumía, el temor a no llegar a tiempo se apretaba en mi pecho con la fuerza de mil martillazos. La luna apenas se atrevía a iluminar el camino, y el bosque se convertía en un laberinto de sombras en el que cada cruce se volvía más confuso y amenazador, como si la noche quisiera ocultar la esperanza en cada recodo.
A lo lejos, Kaedan, cabalgaba a la cabeza, girando la cabeza con el ceño fruncido, escudriñando la penumbra en busca de señales que pudieran guiar su rumbo.
—Estamos más cerca, pero no lo suficiente. No podemos perder el rumbo —dijo, con voz grave cargada de responsabilidad.
Tragué saliva con dificultad, consciente de la verdad de sus palabras, aunque mi mente se hallaba saturada de pensamientos y emociones contradictorias. La imagen de la Reina se perfilaba en mi mente, una presencia oscura y amenazadora que había dejado una huella imborrable, la sensación de drenaje al utilizar mi propio don, la sombra que me gritó que me alejara, y esa mirada de satisfacción torcida que Altheria me dirigió cuando la curación comenzó a surtir efecto. Cada recuerdo de la Reina se volvió una espina clavada en mi interior, revelando con cada detalle la verdadera naturaleza de aquella figura que, a pesar de sus promesas, encarnaba algo mucho más siniestro.
Esa revelación me heló la sangre, la Reina sabía exactamente lo que llevaba dentro, y no me dejaría escapar tan fácilmente. Sin embargo, en ese instante crucial, forcé mi atención para concentrarme únicamente en la vida de Kael, en la urgencia de salvarlo a pesar de los horrores que nos rodeaban. Fue entonces cuando una luz tenue, dorada y casi etérea, comenzó a brillar entre los árboles, emergiendo como un faro silencioso en medio de la oscuridad. No era la luz de la luna, ni un juego del reflejo de la nieve; Había en ella algo sobrenatural, algo que parecía tener la misión de guiarnos.
Kaedan, también atento a ese misterioso resplandor, exclamó.
—¡¿Ves eso?!
Asentí con la cabeza, sintiendo en lo más profundo de mi ser que aquella luminiscencia era una señal, una guía en medio del caos. Sin otra opción, seguimos el camino marcado por aquella luz inusitada, dejando que nuestros pasos apurados se alinearan con el destino que parecía delinearse en el bosque.
En ese preciso momento, entre las sombras densas del bosque, apareció mi amigo felino. Con la elegancia silenciosa de una sombra viviente, su figura emergió, su pelaje oscuro capturaba el leve brillo dorado, y sus ojos, intensos y observadores, destilaban una inteligencia casi ancestral. La presencia del felino me infundió una mezcla de alivio y desesperación. La compañía era bienvenida, pero también recordaba que la amenaza acechaba a cada instante. El sonido distante de cascos resonaba de nuevo, un recordatorio ineludible de que soldados del Reino de la Luz estaban tras nosotros. Sin embargo, aquellos guerreros no cruzaron la frontera, permanecieron a una distancia prudente, observando y esperando.
Kaedan, se giró lo suficiente para verme de reojo y explicó.
—No quieren cruzar.
—¿Por qué? —pregunté, frunciendo el ceño mientras mis pensamientos se enredaban en la maraña de la noche.
—Porque esto ya no es su territorio... supongo —contestó Kaedan, apretando los labios en un gesto que revelaba la certeza de lo que implicaba haber entrado en el Reino de las Sombras. Al mirar hacia adelante, sentí que el bosque se abría lentamente ante nosotros, el aire se volvía más frío y pesado, pero también parecía ofrecer una protección tácita. Habíamos cruzado la frontera y, en ese instante, nos adentramos en el reino donde la oscuridad y la seguridad se entrelazaban en un delicado equilibrio que hasta ese momento no había percibido con tanta firmeza.
Con cada galope, el cuerpo de Kael se inclinaba más contra el mío buscando apoyo, y éste dejó escapar un gemido bajo, señal de un dolor que parecía detener el tiempo. Con una determinación férrea, lo sostuve con más fuerza, reafirmando la promesa interna que me hice a mi misma al verlo de no abandonarlo.