El Rey del Reino de las Sombras ha muerto...
El impacto de aquellas palabras se hundió en mí como un golpe inesperado, parpadeé ingenua con el silencio confirmando lo que acababa de escuchar. El anuncio era ineludible, el Rey del Reino de las Sombras había muerto.
Aunque la noticia era reciente, su impacto había dejado una grieta invisible en cada rincón, como si la propia piedra del castillo se hubiera quebrado ante la pérdida. La atmósfera estaba cargada de un dolor silencioso y, al mismo tiempo, de una urgencia que amenazaba con encender nuevas llamas de conflicto.
Abrumada por la emoción y sin importar los protocolos ni el peso simbólico de la corona, eliminé la poca distancia que quedaba entre nosotros y lo abracé sin reservas. En ese instante, Kael se tensó, sorprendido por el gesto inesperado, un acto de ternura que chocaba con su acostumbrada rigidez. Durante un breve lapso correspondió el abrazo y pude sentir el calor de su cuerpo, la cadencia de su respiración, una conexión silenciosa que hablaba de comprensión mutua, del tipo de cercanía que solo aquellos que han sufrido pérdidas profundas pueden compartir.
Pero, en un suspiro profundo y con la resignación de quien conoce su deber, Kael me apartó suavemente. La efímera sensación de intimidad se desvaneció en el aire, dejando en su lugar una fría resolución. Levanté la vista, confundida, observando cómo ese contacto se rompía, como si se disipara junto al humo de un incienso.
Con voz baja pero cargada de convicción, Kael habló.
—No hay tiempo para lamentarse.
Sus palabras fueron un golpe que me sacudió, mientras Kael mantenía una distancia deliberada, su rostro se endureció en una máscara de resolución inquebrantable.
—Mi deber ahora es con el reino. No puedo permitirme distracciones —continuó, en un tono que no admitía réplica.
Deseé replicar, quise recordarle que la muerte de su padre no era algo que se pudiera simplemente dejar atrás, que el dolor era real. Pero sabía que Kael no permitiría que el duelo lo debilitara, no en este momento, cuando su reino necesitaba cada gramo de fuerza.
Kael se enderezó, adoptando la postura solemne de un líder que sabe lo que está en juego. Con voz firme y sin titubeos, anunció.
—Procederemos con los preparativos.
Su tono, claro y resonante, llenó la sala mientras explicaba que la tradición dicta que todo gobernante del Reino de las Sombras debe ser cremado, para que su espíritu no quede atrapado en la tierra, sino que ascienda a donde verdaderamente pertenece. Caldor, ya preparado para estas palabras, afirmó solemnemente.
—Los preparativos comenzarán de inmediato.
Kael prosiguió, ahora con un tono más calculador, explicando los detalles cruciales del luto.
—Según los acuerdos, tendremos seis días de luto, un lapso en el que la Reina Altheria no podrá atacar.
Levanté la vista con rapidez, comprendiendo que ese detalle era clave.
—Seis días sin que la Reina actúe —murmuré
Kael, cruzando los brazos y con la mirada fija en un punto distante, agregó con gravedad.
—Esto nos dará margen para actuar. Pero cuando termine el luto, la Reina no esperará.
Los presentes asintieron y todos se pusieron en marcha a realizar sus actividades correspondientes. El castillo del Reino de las Sombras se mantenía en un inquietante silencio. A pesar del bullicio en los pasillos y de los soldados que ya comenzaban los preparativos para el velatorio del rey, en el aire había una sensación de pausa, de contención. El luto traía consigo un respiro forzado, seis días en los que la guerra quedaría suspendida, pero después de eso... la tormenta llegaría.
No había tiempo que perder, todos en el castillo empezaron sus tareas asignadas, me separé un momento del príncipe mientras daba instrucciones y dejaba todo en marcha.
Cuando encontré el momento adecuado, le pedí al príncipe que me permitiera revisar sus heridas. Kael, visiblemente agotado, pero aún sosteniendo su postura inquebrantable, asintió sin discutir.
—Será mejor que lo hagas ahora —dijo con voz neutra— después de esto, habrá demasiadas cosas en marcha.
Asentí con seriedad.
—Vamos a tu habitación, ahí están los vendajes y tónicos.
Kael dio un último vistazo a Caldor, asegurándose de que todo estuviera en orden antes de seguirme. Ya en la habitación, las paredes de piedra oscura reflejaban la poca luz que entraba a través de los ventanales cubiertos con pesadas cortinas de tela gruesa. No había lujos innecesarios, solo lo esencial. La cama de madera robusta, un escritorio con pergaminos y mapas desordenados, la chimenea con las brasas a punto de perecer y una armadura negra perfectamente pulida en una esquina.
El único indicio de que este era el dormitorio del futuro rey era la espada real descansando sobre un soporte, con el emblema del Reino de las Sombras grabado en su empuñadura.
Kael cerró la puerta detrás de él y comenzó a desabrochar las hebillas de su ropa sin dudar.
Me giré hacia la chimenea, avivando el fuego y calentando el agua sin pensar demasiado en lo que ocurría detrás mío. Pero cuando regresé la mirada, mis pensamientos se desordenaron de golpe. Kael se había quitado la parte superior de su ropa, dejando al descubierto su torso marcado por la batalla.
Sus músculos definidos se tensaban con cada movimiento, y las cicatrices que adornaban su piel hablaban de años de guerra y entrenamiento.
Los moretones oscuros contrastaban contra su piel cálida, como la miel tostada al sol, con matices dorados que resaltaban bajo la luz del fuego, y aunque algunas heridas profundas ya habían cerrado, aún quedaban rastros de sangre seca en su pecho y brazos.
Traté de enfocarme en la tarea, pero mi mirada seguía regresando a él, observando el contorno de su cuerpo sin darme cuenta. Y en ese momento, el calor de la caldera en la chimenea me jugó una mala pasada.
—Ah—!